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Lunes, 5 de enero de 2004

En cancha de papel

No es casualidad que sean once los cuentos que integran De puntín, el primer libro de Ediciones Al Arco, el emprendimiento que hace dos años editara la revista de ese nombre, en la que el fútbol era una excusa para la reflexión. “Son once. Juegan con palabras, en cancha de papel, y los dibujos de Fontanarrosa comentan el partido”, explica Eduardo Galeano desde la contratapa, y, en el prólogo, Jorge Valdano asegura que “es mentira que en el fútbol esté todo dicho”. Con semejantes técnicos, el equipo de cuentistas –uno de ellos, Ariel Greco, editor de Líbero– sale a la cancha con este libro, ojalá el primero de muchos. Como muestra, reproducimos una de esas once piezas, Las Palmas.

Por Marcos Gonzalez Cezer

Hace unos días vino a verme el Abrojo Sánchez: un verdadero personaje, un tipo entrañable, simpático y muy entrador.
Era un buen jugador, un mediocampista zurdo con criterio, pero nada del otro mundo. Uno más de los miles que hay en Argentina.
El Abrojo jugó en All Boys durante muchos años y después pasó a Argentinos Juniors, cuna de Diego Maradona y Fernando Redondo, donde tuvo un nivel regular.
Una temporada hizo seis goles, uno de tiro libre, que lo repitieron durante meses por la televisión y nada más destacable.
El Abrojo sabía que era un jugador de medio pelo y rápidamente asumió que jamás llegaría a ser una estrella.
Por eso lo fue a ver a Fiche, mi representante. Le dijo, hábilmente, que quería encarar su carrera hacia el dinero, para no pasar sobresaltos en el futuro.
Mi representante lo ayudó porque yo salía mucho con el Abrojo. Salimos juntos varias veces y nos divertimos mucho. Ibamos a las discotecas. A él le gustaba la noche y siempre estaba rodeado de mujeres lindas.
Me contó que lo habían impresionado las historias de los jugadores que habían derrochado sus vidas y dinero y que habían terminado en la miseria.
Y que por eso ahorraba, ahorraba mucho.
El Abrojo vivía solo en un departamento de un ambiente, con mucha luz, que tenía un pequeño balcón al contrafrente y no pagaba expensas.
Era un tipo de gran contextura física que se alimentaba bien y barato: compraba frutas, verduras, el pollo, la carne y el pescado en el supermercado a menor precio porque los dueños eran hinchas de Argentinos Juniors y le hacían descuentos.
Su vida cambió cuando el Cubano, un entrenador trotamundo, le dijo que había una posibilidad para ir a jugar a las Islas Canarias.
–Si agarro la manija, te llevo –le dijo el Cubano.
El Abrojo me contó que llegó a rezar para que se hiciera la transferencia.
Pasaron las semanas y el pase no se concretaba. El Cubano se hizo cargo del equipo y volvió a la Argentina con un dirigente del equipo para observar a varios mediocampistas para incorporarlos a Las Palmas.
Pero el tipo salió espantado por las fortunas que le pidieron.
Antes de regresar a España, el Cubano citó al Abrojo a un hotel del centro.
–Avispate. Vendete bien. Si el tipo viene a verte, decile que no tenés otro objetivo que triunfar en Las Palmas, al igual que el Turu Flores, Quique Wolff y Miguelito Brindisi.
–Gracias Cubano –le dijo Sánchez.
–¡Qué gracias, boludito! ¡Aterrizá! Si embocás ese contrato, te salvás. Es por tres años. Si el tipo te tira alguna onda para firmar, no dudés, que el resto lo arreglamos. Esas islas son un paraíso y saldrías de este infierno, la violencia, las barras bravas, los dirigentes que prometen y no te pagan.
Mi representante intercedió en la negociación y el pase se hizo. El Abrojo firmó por tres años, cuatro mil dólares por mes, una prima pequeña, casa y auto.
Siempre hacía cuentas. Antes de irse a Las Palmas, en la casa del Fiche, me dijo:
–Con el porcentaje que me tocó por el pase me voy a comprar tres departamentitos, para alquilarlos. Le voy a encargar a mi hermano que compre dólares y que los deposite en Uruguay. Hacé la cuenta Andrés –explicó entusiasmado–: trescientos dólares cada uno, son novecientos por mes. En diez meses son nueve mil dólares. Al año, más de diez mil.
–¿Te parece hacer todo eso? –Andrés, yo no soy una estrella. Soy un jugador de medio pelo. Con esa plata me garantizo vacaciones todos los años en cualquier playita del Caribe, con sol y arena blanca. Y lo que junte en España lo guardo para el futuro.
En su primera temporada en Las Palmas jugó, según me contó mi representante, como siempre: es decir cinco puntos, pero –explicaba– tenía una vida envidiable y tranquila.
En su segundo año en España se rompió los ligamentos cruzados de la pierna izquierda en la fecha once y estuvo varios meses inactivo.
En la última temporada de su contrato, mejoró, hizo algunos pocos goles y –según contó– sus posibilidades de quedarse eran pocas.
El Cubano ya no estaba para protegerlo. Lo habían echado y el nuevo entrenador, un croata hosco y de pocas palabras, le avisó:
–Usted, Sánchez, le costó mucho dinero a la sociedad y, francamente, no cumplió las expectativas. Espero que mejore.
El Abrojo se asustó. Se veía jugando otra vez en algún club del ascenso en Argentina, con canchas de mierda y peleando con los dirigentes para cobrar.
Y lo llamó otra vez a Fiche, mi representante, para ver qué podía hacer.
Fiche le dijo que se pusiera a trabajar en serio, que se esforzara, que él, por su parte, iba a pelear para que le extendieran el contrato.
El Abrojo subió tímidamente su nivel, pero siempre seguía en los cinco puntos, a lo sumo seis. Hizo cuatro goles, dio varias asistencias, algún tiro libre o cambio de frente correcto y no mucho más.
Así llegó al final de la temporada y de su contrato.
En esos años, se había enganchado con una estudiante de arquitectura, guapísima, hija de un dirigente de tercera línea del club, que presionó tanto que logró que le extendieran el contrato por otro año.
El Abrojo vegetó en el banco de suplentes, pero ya no le importaba.
Mucho tiempo después, lo encontré en Madrid y dijo que había hablado con sus ex compañeros de Argentinos Juniors. Contó que estaban mal, que no cobraban, con sus sueños rotos, pulverizados.
–¿Qué sugerís que haga? –preguntó angustiado.
–No sé. Ya está jugado en tu historia para juntar guita y no creo que a esta altura de tu vida puedas o quieras cambiarla.
–Ya no, y si tomo como referencia lo que me cuentan mis amigos de Argentina, yo estoy en la gloria, no me puedo quejar: cobro todos los meses a término, vivo bien, estoy con una mujer linda, buena casa, auto.
Cuando terminó su contrato, el club quiso despacharlo a una institución de Austria, pero el Abrojo se negó. El suegro le consiguió un puestito en las divisiones inferiores, con un buen sueldo y está ahí hace años.
Ahora, el Abrojo Sánchez vino a verme hace unos días. Hacía muchísimo que no nos encontrábamos.
Me contó que se puso un restaurante en Las Palmas frente a la playa, cerca del centro, al que van muchos turistas, se sirve buena comida y tocan bandas de salsa con músicos venezolanos. Y que vive muy, muy bien.
–Abrojo, ¿y el fútbol?
–Andrés –dijo como molesto–, de eso no me acuerdo.

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