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Lunes, 7 de julio de 2003

LO QUE CADA UNO DE LOS GRANDES SUPO TENER PARA SER CAMPEON

Boca y River, gloria a medida

Cada uno a su manera, con su estilo y capacidades equilibradas respecto de necesidades puntuales, Boca y River mostraron rasgos diferenciados. Que son históricos, casi ideológicos: la rotunda eficacia inteligente de Boca frente a la voluntad ofensiva y jugadora de River. El incomparable Bianchi y el circunspecto ingeniero Pellegrini comandaron –a su manera– dos grupos de jugadores que reúnen parte de lo mejor del fútbol argentino.

 Por Gustavo Veiga

Son, pese a todo, como piezas de un mismo mecano. Boca y River, cada uno con su título, cada uno a su manera, glorifican a sus héroes y menoscaban los ajenos. La negación de la existencia del otro, esa fórmula perenne que lleva adosado el menosprecio, repiquetea todos los fines de semana: “No existís, no existís...”, se desgañitan las hinchadas cuando cantan. Ahora bien, por enaltecer la figura de Carlos Bianchi, ¿se puede minimizar a Manuel Pellegrini? Por exaltar el desparpajo de Andrés D’Alessandro en cada gambeta, ¿alguien osaría relegar a Carlitos Tevez al papel de comparsa? La reivindicación de la mística copera, ¿inhabilita soñar con un campeonato casero o de cabotaje, en la versión maradoniana de la sorna? Si la Copa se mira y no se toca, ¿el Clausura debe ir a parar a la basura con rima y todo? Las individualidades de River elevadas a la categoría de divinidades futbolísticas, ¿permiten satanizar el juego utilitario, no exento de precauciones excesivas que caracteriza a Boca?
Las preguntas llegan hasta el infinito tratando de encontrar respuestas que pondrían de bruces a la intolerancia que nos rodea. Admitir las diferencias que separan a los dos grandes es comenzar a comprender que también se nutren mutuamente. La impugnación de la identidad del otro, por estos días, abruma y no esclarece. Es entonces el momento de analizar por qué Boca subió hasta el primer peldaño en la Libertadores y por qué River ganó su título 31º que lo torna inalcanzable entre todos los equipos de la Argentina. Dos hegemonías distintas que tampoco deberían desdibujar el derecho que tienen los demás (Independiente, Racing, San Lorenzo y Vélez, entre otros) a ocupar un lugar en la historia de este fútbol bipolar que vende demasiado y no entusiasma lo suficiente.
Ser moderno o modernista
Nuestra primera y rebatible provocación es muy sencilla: Boca es un equipo moderno y River es apenas modernista. No pretendemos garabatear silogismos, pero sí sostener que la de Bianchi es una formación más acomodada a los tiempos que corren. ¿Cuáles son esos tiempos? Nada garantiza en el fútbol de hoy, ni siquiera el acaparamiento de talentos (si no, véase al Real Madrid en la Champion League) el dominio de los torneos más importantes. Contribuye, pero no asegura la obtención de títulos. Si convenimos que River posee los mejores jugadores en el medio local –incluso por encima del campeón de América–, esa ventaja nunca resultó determinante.
Parece obvio, pero no lo es: el deporte masivo que les mueve el piso a los argentinos, y todo lo puede, es un juego de conjunto. Y si a Boca se le reconoce el funcionamiento y la sabia mano del técnico, entonces una primera lectura ya le otorga ventajas sobre cualquier elenco de dotados. Además, el equipo es moderno porque, como alguna vez dijo Marcelo Bielsa en una conferencia de prensa, “el problema del fútbol actual es defender en espacios amplios y atacar en espacios reducidos”. Boca jamás pasa por ese dilema porque achica muy bien el terreno cuando se repliega y lastima porque cuando avanza, abre la cancha como un pulpo cuando estira sus tentáculos. Va de suyo que tiene los intérpretes para conseguirlo, pero no se mueve como indica el aprieto que plantea el técnico de nuestra Selección. River, en cambio, sí.
La historia y un estilo hecho marca registrada –que condensado significa: no importa sólo ganar, si no cómo hacerlo– modelaron en Núñez la idea de que, ser defensivo, es casi un acto de lesa humanidad. Por lo tanto, con las herramientas con que cuenta, el ingeniero Pellegrini no tiene otra alternativa que ir al frente. El problema de River es que cuando repara en el cómo –cómo jugar de cara al arco contrario–, soslaya un tanto el problema de cómo cuidar sus espaldas. Le ocurría a Ramón Díaz, le sucedió a Américo Gallego –un tanto más conservador– y acontecería con cualquier técnico. En consecuencia, River es modernista porque repara en cuestiones estéticas que a Boca no le alteran el metabolismo. Laeficacia, por ese camino, es más difícil de lograr. Siempre tendrá un porcentaje mayor de efectividad el equipo que ataque tres veces y convierta un gol, que otro que genere una docena de situaciones y convierta un par. El de Bianchi es el primero; el de Pellegrini, el segundo. En la actualidad son más los equipos que juegan como lo hace Boca, que los más osados imitadores de River.
Eduardo Galeano no equivocó su ruego cuando escribió: “El fútbol a sol y sombra”. Pedía “una linda jugadita, por amor de Dios”. Y sólo un puñado es capaz de darle ese gusto.
Diferencias y semejanzas
Este Boca flamante campeón de América es más electrizante que el de las dos primeras Copas. La diferencia nace de lo que son capaces de producir dos muy buenos jugadores como Riquelme y Tevez. No se trata de establecer un control de calidades, ni del talento para asistir a los compañeros o marcar goles. Ni siquiera de virtuosismo en el manejo de la pelota, un rubro en el que Román saca ventajas. La cuestión clave, la que hace de Boca un equipo hecho a medida para contraatacar como sugiere la búsqueda de efectividad en el fútbol moderno, es que el chico de Fuerte Apache se torna mucho más peligroso en los espacios amplios que menciona Bielsa. ¿Por qué? Su velocidad y pique corto no son atributos que caractericen al volante del Barcelona. En las condiciones de Tevez y en la sintonía que tuvo con Delgado y el Mellizo Barros Schelotto, se encuentra la razón de que Boca haya liquidado a sus rivales con una amplitud desacostumbrada (4 a 1 a Paysandú, 4 a 0 al América y 3 a 1 al Santos, todos en condición de visitante).
Contra lo que sugiere el imaginario colectivo, River sufrió más los partidos de la Copa. Incluso los que ganó muy bien, pero nunca cómodo. Vale recordar un ejemplo: contra Corinthians, en San Pablo, jugó su mejor partido del torneo sudamericano y, sin embargo, tuvo que dar vuelta un 1 a 0 adverso. Demasiado dependiente del fútbol y el humor de D’Alessandro, el equipo también vivió padecimientos para clasificarse en la primera ronda, luego en casa (otra vez ante el Corinthians y el América) y quedó eliminado después de soportar una paliza en Cali (4 a 1). Por consiguiente, es un engaño suponer que “River jugó una buena Copa”, como sostuvieron en los medios los jugadores y Pellegrini. Deberían haber dicho: “Jugamos dos o tres partidos bien”. Por el contrario, contra Emelec en Ecuador, Deportivo Cali en Colombia y en su despedida, el equipo fue un desastre. Cuando las individualidades no rindieron, a River no lo salvó nunca el funcionamiento.
Otra fue la historia en el campeonato local. Boca padeció más que su clásico rival, incluso cuando se enfrentaron ambos. Esa tarde, en la Bombonera, un descascarado equipo de Bianchi jugaba con la música de fondo del tango “Los mareados”. Pero expulsaron a Martín Demichelis y cambió el desarrollo. Boca empató a lo Boca... El Virrey no es que desistió de pelear el título con toda su tropa en las últimas fechas y a medida que se acercaba a su tercera Copa. Nada que ver. Ya en la segunda jornada había colocado suplentes ante el descendido Unión en Santa Fe. Los tres puntos que perdió significaron partir de atrás en el torneo Clausura. Y, a la larga, pesaron tanto como los tres que dejó en Córdoba contra Talleres.
River, en cambio, sostuvo una campaña brillante después de su única derrota ante Vélez en la segunda fecha. Goleó a varios equipos, ganó en Rosario, Córdoba y Bahía Blanca, y fiel a su estilo frontal, a buscar los partidos a cara descubierta, sus individualidades hicieron la diferencia. Archivado el sistema de doble cinco que había utilizado el ingeniero en los comienzos, y pese a dar ventajas en el arco durante un par de partidos con el tambaleante Buljubasich, al campeón del Clausura no lo paró nadie. Boca se bajó solo y a Vélez, su otro competidor, le arrebataron puntos rivales a priori inferiores (Arsenal, Banfield, Olimpo). La solidez defensiva de Boca –que debe empezar a computarse desde el confiable Abbondanzieri– y sus intrépidos de adelante, con dosis macrobióticas de fortuna en algunas ocasiones (recuérdese el partido con el Santos en la Bombonera), le sobraron para obtener la Copa con holgura después de aquel partido bisagra que fue la victoria en Paysandú. Por su parte, las oleadas ofensivas del campeón del Clausura, en la medida en que levantaron vuelo sus creativos D’Alessandro, Lucho González, Coudet, Ludueña y un delantero con recursos técnicos de sobra como Cavenaghi, también le sobraron al equipo del chileno ante planteos timoratos y rivales bastante inferiores. No es casual que Lanús y River hayan jugado el mejor partido del torneo y sin darse tregua, gol a gol. Boca no es tan generoso con el juego, aunque sí más inteligente.
La marca de los técnicos
Si a Reinaldo Merlo los hinchas de Racing le ofrendaron un busto como tributo a que terminó con 35 años de sequía, un artesano boquense debería esculpir a Carlos Bianchi de cuerpo entero. Tres Copas Libertadores, una Intercontinental, la posibilidad intacta de quedarse con la segunda ante el Milan –le ganó otra a los italianos cuando era técnico de Vélez– y el hecho de que se convirtió en el técnico más ganador en la historia de Boca, son pergaminos casi imposibles de igualar. Acaso pasen décadas para que se repita una trayectoria semejante. Por eso nadie está en condiciones de discutir la influencia que tuvo el entrenador en la sucesión de títulos. Armó algo más que un equipo: sus jugadores transmitieron una fuerza superior, una mística copera que sólo es comparable con la de aquel Independiente que en los años ‘70 se llevó cuatro Libertadores consecutivas.
Fuera de Boca, a Bianchi es difícil imaginarlo en otro club. En el futuro, a cualquier sucesor –como ya le ocurrió a Oscar Tabárez en la temporada anterior– no le resultará sencillo reemplazarlo. Su apellido pesa demasiado, como la presión que Boca les traslada a los rivales cuando los rodea con esa telaraña de defensores y volantes que reducen espacios, no dejan pensar y hasta obligan a jugar para atrás al rival que viene con pelota dominada. El Santos, que avanzaba invicto en la Copa, lo sufrió demasiado, y el América de Cali ni hablar. A los dos, entre semifinales y finales, les marcó once goles, apenas recibió uno en contra, y desde afuera del área. Esos números abruman. Son los de un equipo sólido, que espera siempre agazapado a su presa, que no se impacienta cuando sale de caza con el Mellizo Guillermo, Tevez o Delgado, quien ya no estará más porque lo compró el Cruz Azul.
Más módico es lo de Pellegrini aunque, a juzgar por los números, no estuvo del todo mal. Ganó un campeonato y su equipo se mancó en los cuartos de final de la Copa, en vísperas de lo que pudieron ser dos clásicos con Boca, que había eliminado al Cobreloa. La Libertadores era el objetivo principal, los dirigentes le trajeron los refuerzos que pidió y el equipo fracasó. Pero el chileno renovó el contrato gracias al título local, de lo contrario hubiera tenido que hacer los petates. Su continuidad pendía de un hilo.
Lo apuntalaron sus jugadores, el cambio de sistema táctico y una idea difusa de juego ofensivo que interpretaron bien en la cancha las sociedades que prohijó: D’Alessandro-Lucho González; Cavenaghi-Fuertes, D’Alessandro-Ludueña. El ingeniero nunca se metió en el corazón del hincha. Ahora tiene seis meses de cielo diáfano por delante, un torneo internacional que no es trascendente como la Copa Sudamericana y otro certamen local. Salvo una hecatombe, arrancaría el 2004 con el compromiso ineludible de mejorar la calidad de su cosecha.
Boca y River se miran y no se tocan. Pendientes como viven el uno del otro, se refriegan las banderas que enarbolan de títulos y copas. Opuestos en todo, sin embargo se atraen. Y son los indiscutibles protagonistas de una hegemonía nacional e internacional que los demás miran con la ñataapoyada contra el vidrio. Es como si dos potencias se hubieran repartido el mundo nuevamente, aunque esta vez sólo se adueñaron del fútbol.

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