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Domingo, 18 de diciembre de 2005

ALAN BADIOU: EL SIGLO

Tiempos violentos

Recién terminado, el siglo XX empieza a ser motivo de juzgamientos y controversias. El filósofo Alain Badiou lanzó su piedra y habla de lo que ha sucedido en los tiempos de “pasión de lo real”: un siglo signado por la guerra.

 Por Norberto Cambiasso

El siglo
Alan Badiou
Manantial
232 páginas

Para Badiou, el siglo XX ha sido el siglo de la acción, de una pasión de lo real que contrastó con el profetismo de la centuria precedente, y manifestó su vocación por lo que era practicable de inmediato: el aquí y ahora de un presente revolucionario, la convocatoria de un comienzo radical, de un hombre nuevo. Un siglo indiferente a los costos que debían pagarse por ello, que absolutizó lo político a expensas de una devaluación de lo moral. Lo real, vivido como antagonismo, puso al siglo bajo el paradigma de la guerra. La emancipación total, en el entusiasmo del presente absoluto, se situó más allá del bien y del mal: “La política, cuando existe, funda su propio principio en lo concerniente a lo real y, por lo tanto, no necesita de nada salvo de sí misma.”

Badiou no se arredra ante esta conclusión. Recupera al corto siglo XX –para parafrasear a Hobsbaum– al contrastarlo con lo que denomina la “segunda Restauración”: los últimos 20 años, donde la pasión de lo real retrocede ante la aceptación, resignada o feliz, de la realidad. Se cuela aquí la acepción lacaniana de lo Real: una esfera de lo inefable que nada tiene en común con la mera realidad, lo real en su absolutidad contingente, como algo que escapa siempre al sentido.

Es este concepto el que le permite al autor desplegar su arsenal teórico, aquel que anticipara en su libro El ser y el acontecimiento: el problemático intento de plantear una ontología sin sustancia; un sujeto como efecto del acontecimiento; la política, el arte, el amor y la ciencia como procedimientos genéricos de verdad y, en última instancia, la Verdad –con mayúsculas– como apuesta indecidible pero necesaria.

Desde esta perspectiva, Badiou construye un siglo XX que se despide de toda certidumbre y configura, a la vez, una única e intangible certeza: la de nuestra incertidumbre crónica. Un siglo donde los sustitutos seculares de Dios (la Libertad, la Revolución, la Historia, la Política) que habían sido abrazados con pasión, acabaron por desmoronarse como un castillo de naipes. No es casual que el epílogo del libro retome el tema, siempre caro a cierto antihumanismo de ineludible raigambre gala, de las desapariciones conjuntas del hombre y de Dios.

Siglo que no retrocedió tampoco ante las consecuencias de la apuesta, que en su nihilismo activo y en su voluntad por depurar lo real de las construcciones ideológicas que lo ocultaban (lo que el autor denomina “el semblante”), no dudó en sacrificar a los individuos en favor de un supuesto valor más alto cada vez que lo juzgó necesario. Resulta difícil sustraerse a la sensación de que Badiou parece bien dispuesto a la hora de absolver la carencia de moral que aqueja a la pasión de lo real. Después de todo, para alguien que del tópico de la “inexistencia del hombre” concluye la vacuidad de los derechos humanos, el sacrificio de la vida en aras de un ideal superior adquiere cierta legitimidad ominosa.

Así, Badiou repite el error del siglo: el de una separación tajante entre la política y la moral, que lo lleva a equiparar la depuración stalinista de los procesos de Moscú con otra de signo muy distinto, la de ciertos procedimientos reductivos propios del arte abstracto.

Cabe preguntarse entonces si la erosión de todo fundamento normativo podrá liberarnos de la presión de su búsqueda. Porque sólo en la opción con arreglo a ciertos valores podrá desplegarse la política. Allí está el siglo para ilustrarnos acerca de lo que ocurre cada vez que perdemos de vista esa enseñanza básica.

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