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Domingo, 19 de noviembre de 2006

MIéVILLE

El espejo desordenado

Una página de Borges inspiró esta fábula posapocalíptica de China Miéville

 Por Martín Pérez


El Azogue
China Miéville
Interzona
106 páginas.

Un hombre descansa a la orilla del Támesis, pero su imagen no es reflejada por las aguas. Londres está vacío y destruido, y él se pasea por las ruinas a su gusto. Manteniéndose lejos tanto de invasores como de defensores, Sholl se ha declarado neutral en una batalla que ya está perdida. Hasta que al fin se decide a actuar: se acerca a un grupo de defensores que aún mantiene una cierta disciplina y los convoca a su causa. Porque Sholl cree que sabe qué hay que hacer para que la guerra termine.

A no confundirse: a pesar de semejante resumen, El azogue no es una novela de acción. Para empezar, no es una novela sino una nouvelle. Inspirado por una página de El libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges, el escritor británico China Miéville escribió un relato posapocalíptico en el que funde sus dotes de escritor de ciencia ficción, fantástico y de terror al servicio de una trama que desarrolla su alegoría al tiempo que va contando su historia: la de la guerra entre los humanos y aquellos que durante mucho tiempo se vieron obligados a ser su reflejo desde el otro lado del espejo. Hasta que decidieron rebelarse.

Tal como lo hicieran con Steven Millhauser y su August Eschenburg, la colección Línea C de Interzona (dirigida por Marcelo Cohen) parece tener una afición por las nouvelles. En este caso, se trata de presentar en Argentina a un autor que –como M. John Harrison, también incluido en la colección con el extraordinario libro de relatos Preparativos de viaje– es indispensable a la hora de hablar de la ciencia ficción y fantasía contemporáneas. Nacido en 1972, Miéville se transformó en un referente dentro del género por la saga de novelas iniciadas con La estación de la calle Perdido (2001).

Sin ser representativa de su escritura, El azogue es sin embargo una eficaz carta de presentación acerca de los intereses ideológicos y la capacidad literaria del nuevo gran socialista de la ciencia ficción británica. Tanto en la descripción de los sobrevivientes así como en el retrato de los eternamente sojuzgados reflejos convertidos en conquistadores –cuya avanzada, en un giro magistral, asimila a los vampiros, razón por la cual no se reflejan en los espejos–, Miéville se esfuerza en darle vida a una parábola que en cuanto va acercándose a su final va perdiendo capacidad de asombro, pero que logra estar a la altura de los mejores momentos de sus libros más conocidos.

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