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Domingo, 8 de abril de 2007

LIPOVETSKY

Agente de la recontramodernidad

Gilles Lipovetsky ataca de nuevo con un repaso de su propio pensamiento teórico.

 Por Jorge Pinedo


Los tiempos hipermodernos
Gilles Lipovetsky

Anagrama
140 páginas.

Fervor por el presente, el fashion como modelo teórico, el hedonismo en tanto lógica, el consumo hecho imperativo categórico...tales son los ejes con los que Jean-François Lyotard, en La condición postmoderna (1979) nominó una época. Neologismo que cobró buena prensa entre la aburrida pequeñoburguesía europea, los yuppies norteamericanos y, claro, sus émulos subdesarrollados. Sistema de creencias facilitador de las soluciones prêt-à-porter, como la hermosura (o su ideal), abre puertas sin importar mucho hacia dónde conduzcan: “La homogeneización de los gustos y los modos de vida no se canaliza hacia una vida política y social consensuada, los conflictos continúan, pero a través de una pacificación individualista del debate colectivo...”

Quien esto último afirma es Gilles Lipovetsky cuando con La era del vacío (1983) avanzó en el campo de las definiciones al transformar lo cool en categoría y la moda en referente cultural, quitando a la sociedad su función reguladora, decretando el fin de las ideologías, la caducidad de los proyectos históricos, la inmovilización de las clases, la primacía de la esfera privada sobre lo público; en fin, la seducción reemplazó a las ideas, la comunicación de masas tomó la posta de la normatividad. Eso sí, todo “sin tragedia ni apocalipsis”. Suerte de Tercera Posición hedonista, le sirvió a su vez a Lipovetsky para incursionar en ámbitos académicos privados, iluminar al empresariado, hacerse gurú de un público uniformado por Versace y Armani. Movimiento que le requirió dejar atrás su raudo paso por el trotskismo aunque sin apartarse de sus conmilitones Castoriadis, Lefort, Vega y Souyri para converger en un sistema todo-tiene-que-ver-con-todo en el que se mezclan Deleuze, Henry Miller, Nietzsche, Tocqueville, Virilio y un racimo de neoconductistas sajones. Del otro lado, los archienemigos: Marx y Freud (obvio), Althusser y Lévi-Strauss, Bourdieu y Duby, Barthes y Foucault, Bataille y Lacan, siguen firmas.

Un cuarto de siglo después de su momento de gloria, Lipovetsky ataca de nuevo con Los tiempos hipermodernos, sintético volumen dividido en tres secciones, en la primera de las cuales su publicista canadiense Sébastien Charles formula un recorrido sistemático por el pensamiento del autor de El imperio de lo efímero. Luego, el propio filósofo formula una suerte de manifiesto de lo (que trata de imponer como) híper; para concluir con un contundente reportaje entre ambos, el maestro y su discípulo. Congruente vuelta de rosca respecto de las postulaciones posmodernas, en Los tiempos hipermodernos todo cambia –alla Lampedusa– sin dejar de ser lo que es, pero más. Lo pos y sus modalidades dejan lugar a lo híper (consumo, individual, competitivo, remoderno) dotado de sus correlativos ismos. Confesión de parte que se caracteriza “... por esa prioridad que se concede a menudo al presente sobre el futuro, por el auge de los particularismos y de los intereses profesionales, por la disgregación del sentido del deber o de la deuda con la colectividad que en vez de elevar el nivel del debate público transforma la política en espectáculo... que abandona a menudo la reflexión en beneficio de la emoción y la teoría en beneficio de la utilidad práctica”.

Parámetros catapultados a la condición de ideales, instalan al individuo aislado por sobre el sujeto social. Criterio que lo habilita a audacias del tipo “la elección relativamente peligrosa de George W. Bush no ha dado lugar a ningún derramamiento de sangre”. No sólo eso, asimismo promueve una representación de “la hipermodernidad como una metamodernidad basada en la cronorreflexión”, es decir lo que “se presenta igualmente con los rasgos de una metatradicionalidad, de una metarreligiosidad sin fronteras”. Todo lo cual amenaza percutir el pensamiento de los cientistas sociales contemporáneos, propiamente.

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