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Domingo, 15 de abril de 2007

NOTA DE TAPA

Las raíces de lo humano

Un viaje a las tinieblas de la selva africana, y también hacia la frontera de la lucidez con la locura: en El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad ponía en jaque, de la mano de los personajes de Marlow y el célebre Kurtz, las nociones de civilización y barbarie. Ahora llega a las librerías argentinas (Sudamericana de Bolsillo) en una traducción de Sergio Pitol con este prólogo de Mario Vargas Llosa, que ilumina las vivencias en el Congo belga que le permitieron a Conrad imaginar la novela con que fundó un mito.

 Por Mario Vargas Llosa

En un viaje en avión, el historiador Adam Hochschild encontró una cita de Mark Twain en la que el autor de Las aventuras de Huckleberry Finn aseguraba que el régimen impuesto por Leopoldo II, el rey de los belgas que murió en 1909, al Estado Libre del Congo (1885 a 1906) fraguado por él había exterminado entre cinco y ocho millones de nativos. Picado de curiosidad y cierto espanto, inició una investigación que, muchos años después, culminaría en King Leopold’s Ghost, notable documento sobre la crueldad y la codicia que impulsaron la aventura colonial europea en Africa y cuyos datos y comprobaciones enriquecen extraordinariamente la lectura de la obra maestra de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, que ocurre en aquellos parajes y, justamente, en la época en que la Compañía belga de Leopoldo II –quien debería figurar, junto a Hitler y Stalin, como uno de los criminales políticos más sanguinarios del siglo XX– perpetraba sus peores vesanias.

Leopoldo II fue una indecencia humana, pero culta, inteligente y creativa. Planeó su operación congolesa como una gran empresa económico-política, destinada a hacer de él un monarca que, al mismo tiempo, sería un poderosísimo hombre de negocios, dotado de una fortuna y una estructura industrial y comercial tan vastas que le permitirían influir en la vida política y el desarrollo del resto del mundo. Su colonia centroafricana, el Congo, una extensión tan grande como media Europa occidental, fue su propiedad particular hasta 1906, en que la presión de varios gobiernos y de una opinión pública alertada sobre sus monstruosos crímenes lo obligó a cederla al Estado belga.

Fue también un astuto estratega de las relaciones públicas. Invirtió importantes sumas sobornando periodistas, políticos, funcionarios, militares, cabilderos, religiosos de tres continentes, para edificar una gigantesca cortina de humo encaminada a hacer creer al mundo que su aventura congolesa tenía una finalidad humanitaria y cristiana: salvar a los congoleses de los traficantes árabes de esclavos que saqueaban sus aldeas. Bajo su patrocinio, se organizaron conferencias y congresos, a los que acudían intelectuales –mercenarios sin escrúpulos, ingenuos y tontos– y muchos curas, para discutir sobre los métodos más funcionales de llevar la civilización y el Evangelio a los caníbales del Africa. Durante buen número de años, esta propaganda goebbelsiana tuvo efecto. Leopoldo II fue condecorado, bañado en incienso religioso y periodístico, y considerado un redentor de los negros.

Detrás de esa impostura, la realidad era ésta. Millones de congoleses fueron sometidos a una explotación inicua a fin de que cumplieran con las cuotas que la Compañía fijaba a las aldeas, las familias y los individuos en la extracción del caucho y las entregas de marfil y resina de copal. La Compañía tenía una organización militar y carecía de miramientos con sus trabajadores, a quienes, en comparación con el régimen al que ahora estaban sometidos, los antiguos negreros árabes debieron parecerles angelicales. Se trabajaba sin horarios ni compensaciones, en razón del puro terror a la mutilación y el asesinato, que eran moneda corriente. Los castigos, psicológicos y físicos, alcanzaron un refinamiento sádico; a quien no cumplía con las cuotas se le cortaba la mano o el pie. Las aldeas morosas eran aniquiladas y quemadas, en expediciones punitivas que mantenían sobrecogidas a las poblaciones, con lo cual se frenaban las fugas y los intentos de insumisión. Para que el sometimiento de las familias fuera completo, la Compañía (era una sola, disimulada tras una maraña de empresas) mantenía secuestrada a la madre o a alguno de los niños. Como apenas tenía gastos de mantenimiento –no pagaba salarios, su único desembolso fuerte consistía en armar a los bandidos uniformados que mantenían el orden– sus ganancias resultaron fabulosas. Como se proponía, Leopoldo II llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo.

Adam Hochschild calcula, de manera persuasiva, que la población congolesa fue reducida a la mitad en los veintiún años que duraron los desafueros de Leopoldo II. Cuando el Estado Libre del Congo pasó al Estado belga, en 1906, aunque siguieron perpetrándose muchos crímenes y continuó la explotación sin misericordia de los nativos, la situación de éstos se alivió de modo considerable. No es imposible que, de continuar aquel sistema, hubieran llegado a extinguirse.

El estudio de Hochschild muestra que, con ser tan vertiginosamente horrendos los crímenes y torturas infligidos a los nativos, acaso el daño más profundo consistió en la destrucción de sus instituciones, de sus sistemas de relación, de sus usos y tradiciones, de su dignidad más elemental. No es de extrañar que, sesenta años más tarde, cuando Bélgica concedió la independencia al Congo, en 1960, aquella ex colonia –en la que la potencia colonizadora no había sido capaz de producir en casi un siglo de pillaje y abusos ni siquiera un puñado de profesionales entre la población nativa– cayera en la behetría y la guerra civil. Y, al final, se apoderara de ella el general Mobutu, un sátrapa vesánico, digno heredero de Leopoldo II en la voracidad.

No sólo hay criminales y víctimas en King Leopold’s Ghost. Hay, también, por fortuna para la especie humana, seres que la redimen, como los pastores negros norteamericanos George Washington Williams y William Sheppard, que, al descubrir la farsa, se apresuraron a denunciar al mundo la terrible realidad en Africa central. Pero quienes, con base en una audacia y perseverancia formidables, consiguieron movilizar a la opinión pública internacional contra las carnicerías congolesas de Leopoldo II fueron un irlandés, Roger Casement, y el belga Morel. Ambos merecerían los honores de una gran novela. El primero (que al cabo de los años sería, primero, ennoblecido y, luego, ejecutado en Gran Bretaña por participar en una rebelión por la independencia de Irlanda) fue, durante un tiempo, vicecónsul británico en el Congo, y desde allí inundó la Foreign Office con informes lapidarios sobre lo que ocurría. Al mismo tiempo, en la aduana de Amberes, Morel, espíritu inquieto y justiciero, se ponía a estudiar, con creciente recelo, las cargas que partían hacia el Congo y las que procedían de allí. ¿Qué extraño comercio era éste? Hacia el Congo iban sobre todo rifles, municiones, látigos, machetes y baratijas sin valor mercantil. De allá, en cambio, desembarcaban valiosos cargamentos de goma, marfil y resina de copal. ¿Se podía tomar en serio aquella propaganda según la cual gracias a Leopoldo II se había creado una zona de libre comercio en el corazón del Africa que traería progreso y libertad a todos los africanos?

Morel no sólo era un hombre justo y perspicaz. También, un comunicador fuera de serie. Enterado de la siniestra verdad, se las arregló para hacerla conocer a sus contemporáneos, burlando con ingenio las barreras que la intimidación, los sobornos y la censura mantenían en torno de los asuntos del Congo. Sus análisis y artículos sobre la explotación a que eran sometidos los congoleses y la depredación social y económica que de ello resultaba fueron poco a poco imponiéndose, hasta generar una movilización que Hochschild considera el primer gran movimiento a favor de los derechos humanos en el siglo XX. Gracias a la Asociación para la Reforma del Congo que Morel y Casement fundaron, la aureola mítica fraguada en torno de Leopoldo II como el civilizador fue desapareciendo hasta ser reemplazada por la más justa de un genocida. Sin embargo, por uno de esos misterios que convendría esclarecer, lo que todo ser humano medianamente informado sabía sobre él y su torva aventura congolesa en 1909, cuando Leopoldo II murió, hoy se ha eclipsado de la memoria pública. Ya nadie se acuerda de él como lo que en verdad fue. En su país, ha pasado a la anodina condición de momia inofensiva, que figura en los libros de historia; tiene buen número de estatuas, un museo propio, pero nada que recuerde que él solo derramó más sangre y causó más sufrimientos en el Africa que todas las tragedias naturales y las guerras y revoluciones de aquel desgraciado continente.

II

Konrad Korzeniowski en el Congo

En 1890, el capitán de la marina mercante Konrad Korzeniowski, polaco de origen y nacionalizado británico desde hacía dos años, como no podía encontrar un puesto adecuado a su rango en Inglaterra, firmó un contrato, en Bruselas, con uno de los tentáculos de la Compañía de Leopoldo II, la Société Anonyme Belge para el comercio en el Alto Congo, como capitán de uno de los vaporcitos de la empresa que navegaban en el gran río africano entre Kinshasa y Stanley Falls. Fue contratado por el capitán Albert Thys, director ejecutivo de la firma y colaborador estrecho de Leopoldo II, para comandar el Florida, cuyo capitán anterior, llamado Freisleben, había sido asesinado por los nativos.

El futuro Joseph Conrad tomó el tren a Burdeos y allí embarcó hacia el Africa en el Ville de Maceio, con la idea de permanecer en su flamante cargo por tres años. Desembarcó en Boma, en la desembocadura del río Congo, y de allí, en un pequeño barco, surcó las cuarenta millas hacia Matadi, adonde llegó el 13 de junio de 1890. En esta localidad conoció al justiciero irlandés Roger Casement, con quien convivió un par de semanas, y de quien dejó escrito en su diario que, entre todas las personas que había conocido en su estancia congolesa, era la que más admiraba. Sin duda, a través de Casement recibió informes detallados sobre otros horrores que allá ocurrían, además de los que saltaban a la vista. De Matadi partió a pie hacia Kinshasa en una caravana de treinta cargadores nativos, con los que, según sus notas de viaje, compartió peripecias y desventuras muy semejantes a las que experimenta Charlie Marlow, en El corazón de las tinieblas, recorriendo las doscientas millas de selva que separan el campamento de la Estación Central.

En Kinshasa, Conrad fue informado por los directivos de la Compañía de que, en vez de abordar el Florida, barco del que había sido nombrado capitán y que aún se encontraba en reparaciones, serviría, como segundo de a bordo, en otro steamer, el Roi des Belges, bajo las órdenes del capitán sueco Ludwig Koch. La misión de esta nave era ir a recoger, río arriba, en el campamento de Stanley Falls, al agente de la Compañía, Georges Antoine Klein, que se hallaba gravemente enfermo. Al igual que el Kurtz de la novela, este Klein murió en el viaje de regreso a Kinshasa, y el capitán Ludwig Koch cayó también enfermo durante la travesía, de modo que Conrad acabó por tomar el mando del Roi des Belges. Afectado por diarreas, disgustado y decepcionado de su experiencia congolesa, en vez de permanecer los tres años previstos en el Africa regresó a Europa el 4 de diciembre de 1890. Su paso por el infierno manufacturado por Leopoldo II duró, pues, poco más de seis meses.

Escribió El corazón de las tinieblas nueve años después, siguiendo, a través de Marlow, al que no es injusto llamar su alter ego en la novela, con bastante fidelidad, los hitos y trayectorias de su propia aventura congolesa, pero tratando de borrar las pistas. En el manuscrito original figuraban una alusión sardónica a Leopoldo II (“un rey de tercera clase”) y algunas referencias geográficas, así como los nombres auténticos de las estaciones y factorías de la Compañía en las orillas del río Congo, que fueron luego suprimidos o cambiados en la novela. El corazón de las tinieblas se publicó por entregas, en febrero, marzo y abril de 1899, en la revista londinense Blackwood Magazine, y tres años más tarde (1902) en un libro (Youth: A Narrative; and Two Other Stories) que contenía otros dos relatos.

III

El corazón de las tinieblas

Conrad no hubiera podido escribir jamás esta historia sin los seis meses que pasó en el Congo devastado por la Compañía de Leopoldo II. Pero, aunque esa experiencia fue la materia prima de esta novela que puede leerse, entre otras lecturas posibles, como un exorcismo contra el colonialismo y el imperialismo, El corazón de las tinieblas trasciende la circunstancia histórica y social para convertirse en una exploración de las raíces de lo humano, esas catacumbas del ser donde anida una vocación de irracionalidad destructiva que el progreso y la civilización consiguen atenuar pero nunca erradicar del todo. Pocas historias han logrado expresar, de manera tan sintética y subyugante como ésta, el mal, entendido en sus connotaciones metafísicas individuales y en sus proyecciones sociales. Porque la tragedia que personifica Kurtz tiene que ver tanto con unas instituciones históricas y económicas a las que la codicia desnaturaliza y corrompe como con aquella propensión recóndita a la “caída”, a la corrupción moral del espíritu humano, eso que la religión cristiana denomina el pecado original y el psicoanálisis el instinto de muerte.

La novela es mucho más sutil e inapresable que las contradictorias interpretaciones a que ha dado lugar: la lucha entre civilización y barbarie, el retorno al mundo mágico de rituales y sacrificios del hombre primitivo, la frágil corteza que separa la modernidad del salvajismo. En un primer plano, es, sin duda, y pese a las severísimas condenas que lanzó contra ella el escritor africano Chinua Achebe acusándola de prejuiciada y salvajemente racista (bloody racist) contra los negros, una dura crítica a la ineptitud de la civilización occidental para trascender la naturaleza humana, cruel e incivil, tal como ella se manifiesta en esos blancos que la Compañía tiene instalados en el corazón del Africa para que exploten a los nativos y depreden sus bosques y su fauna, desapareciendo a los elefantes en busca del precioso marfil. Estos individuos representan una peor forma de barbarie (ya que es consciente e interesada), que la de aquellos bárbaros, caníbales y paganos, que han hecho de Kurtz un pequeño dios.

Kurtz, en teoría el personaje central de esta historia, es un puro misterio, un dato escondido, una ausencia más que una presencia, un mito que su fugaz aparición al final de la novela no llega a eclipsar reemplazándola por un ser concreto. En algún momento fue un hombre muy superior intelectual y moralmente a esa colección de mediocridades ávidas que son sus colegas empleados de la Compañía, según las versiones que de él va recogiendo Marlow mientras remonta el gran río, rumbo a esa remota estación donde aquél se encuentra, o después de su muerte. Porque era, entonces, un hombre de ideas –un periodista, un poeta, un músico, un político–, convencido, a juzgar por el informe que redactó para la Sociedad para la Eliminación de las Costumbres Salvajes, de que, haciendo lo que hacía –recogiendo el marfil para exportarlo a Europa–, el capitalismo europeo cumplía una misión civilizadora, una especie de cruzada comercial y moral a la vez, de tanta significación que justificaba incluso las peores violencias cometidas en su nombre. Pero éste es el mito. Cuando vemos al Kurtz de carne y hueso, es ya una sombra de sí mismo, un moribundo enloquecido y delirante, en el que no quedan rastros de aquel proyecto ambicioso que, al parecer, lo abrasaba en el comienzo de su aventura africana, una ruina humana en la que Marlow no advierte una sola de aquellas supuestas ideas portentosas que antaño lo animaban. Lo único definitivo que llegamos a saber de él es que ha saqueado más marfil que ningún otro agente para la empresa, y que –en esto sí que es diferente y superior a los otros blancos– ha conseguido comunicarse con los nativos, seducirlos, hechizar a aquellos “salvajes” a los que sus colegas se contentan con explotar, y, en cierto modo, convertirse en uno de ellos: un reyezuelo al que aquéllos profesan una devoción sin reservas y sobre los que él ejerce el dominio despótico de las tribus más primitivas.

Esta dialéctica entre civilización y barbarie es tema neurálgico en El corazón de las tinieblas. Para cualquier lector sin orejeras, es evidente que de ningún modo se desprende de la novela que la barbarie sea el Africa y Europa la civilización. Si hay una barbarie explícita, cínica, la encarna la Compañía, cuya razón de ser en las selvas y ríos donde se ha instalado es saquearlos, explotando para ello con ilimitada crueldad a esos caníbales a los que esclaviza, reprime o mata sin el menor escrúpulo, igual que a las manadas de elefantes, para conseguir el oro blanco, el ansiado marfil, La locura de Kurtz es la exacerbación hasta el extremo límite de esta barbarie que la Compañía (presentada como un ente abstracto demoníaco) lleva consigo al corazón de las tinieblas africanas.

La locura, por lo demás, no es patrimonio exclusivo de Kurtz, sino un estado de ánimo o enfermedad que parece apoderarse de los europeos apenas pisan suelo africano, tal como insinúa a Marlow el médico de la Compañía que lo examina y le mide la cabeza en la “ciudad espectral”, al hablarle de “los cambios mentales que se producen en los individuos en aquel sitio...”. Así lo confirma Marlow nada más llegar a la boca del gran río, cuando divisa un barco de guerra francés cañoneando absurdamente no un objetivo militar concreto, sino las selvas, el continente africano, como si aquellos soldados hubieran perdido el juicio. Buena parte de los blancos con los que alterna en el viaje dan síntomas de desequilibrio o alteración del carácter, desde el maniático contador imperturbable y los exaltados peregrinos hasta el trashumante y gárrulo ruso vestido como un arlequín. La frontera entre la lucidez y la locura destella en la nota feroz, destemplada, que aparece al pie del informe de Kurtz a la Sociedad para la Eliminación de las Costumbres Salvajes. ¿Cuánto tiempo media entre el informe y esa exhortación: “¡Exterminad a estos bárbaros!”? No lo sabemos. Pero sí que entre ambos textos se interpuso la realidad africana y que ella bastó para que la mente de Kurtz (o su alma) basculara de la razón a la sinrazón (o del Bien al Mal). Cuando garabateó ese mandamiento exterminador, Kurtz ya lo ponía en práctica, sin duda, y alrededor de su cabaña se balanceaban las cabezas clavadas en estacas.

Del relato se desprende una visión muy pesimista, por decir lo menos, de esa civilización europea representada por la “ciudad espectral” o “sepulcro blanqueado” donde está la casa matriz de la Compañía, a cuyas puertas reciben al visitante unas mujeres tejiendo, que, como han señalado los críticos, se parecen sospechosamente a las Parcas de Virgilio y Dante que cuidan las puertas del averno. Si esa civilización existe, ella, como el dios Jano, tiene dos caras: una para Europa y otra para el Africa, donde reaparecen toda la violencia y crueldad en las relaciones humanas que en el viejo continente se creían abolidas. En el mejor de los casos, la civilización luce como una delgada película, debajo de la cual siguen agazapados los viejos demonios esperando las circunstancias propicias para reaparecer y ahogar en ceremonias de puro instinto e irracionalidad, como las que preside Kurtz en su reino irrisorio, al precario civilizado.

La extremada complejidad de la historia está muy bien subrayada por la compleja estructura de la narración, por los narradores, escenarios y tiempos superpuestos que se van alternando en el relato. Vasos comunicantes y cajas chinas se relevan e imbrican para edificar un todo narrativo funcional y sutil. El río Támesis y el gran río africano (el Congo, aunque no sea nombrado) son los dos escenarios enhebrados por la historia. Dos ríos, dos continentes, dos culturas, dos tiempos históricos, entre los que va mudando el principal personaje-narrador, el capitán Charlie Marlow, que cuenta, a cuatro amigos, en la noche fluvial londinense, su antigua aventura africana. Pero, en esta realidad binaria, en la que hay dos mujeres asociadas a Kurtz –la negra “bárbara y soberbia” y su delicada novia blanca–, hay también dos narradores, ya que Marlow narra dentro de la narración de otro narrador personaje (que habla de “nosotros”, como si fuera uno de los amigos que escuchan a Marlow), éste, anónimo y furtivo, cuya función es la de velar la historia, disolviéndola en una neblina de subjetividad. O, mejor, de subjetividades que se cruzan y descruzan, para crear la enrarecida atmósfera en que transcurre el relato. Una atmósfera a ratos de confusión y a ratos de pesadilla, en la que el tiempo se adensa, parece inmovilizarse, para luego saltar a otro momento, de manera sincopada, dejando vacíos intermedios, silencios y sobreentendidos. Esta atmósfera, uno de los mejores logros del libro, resulta de la poderosa presencia de una prosa cargada, por momentos grandilocuente y torrencial, llena de imágenes misteriosas y resonancias mágico-religiosas, se diría que impregnada de la abundancia vegetal y de los vahos selváticos. El crítico inglés F. R. Leavis deploró en este estilo la “insistencia adjetivadora” (adjectival insistence), algo que, a mi juicio, es más bien uno de sus atributos imprescindibles para desracionalizar y diluir la historia en un clima de total ambigüedad, en un ritmo y fluencia de realidad onírica que la hagan persuasiva. Esta atmósfera reproduce el estado anímico de Marlow, a quien lo que ve, en su viaje africano, en los puestos y factorías de la Compañía, deja perplejo, confuso, horrorizado, en un crescendo del exceso que hace verosímil la historia de Kurtz, el horror absoluto que la narración alcanza con él. Relatada en un estilo más sobrio y circunspecto, aquella desmesurada historia sería increíble.

La experiencia africana cambia la personalidad de Marlow, como cambió la de Conrad. Y, también, su visión del mundo, o por lo menos de Europa. Cuando retorna a la “ciudad espectral” con los papeles y el recuerdo de Kurtz, contempla a distancia y con desprecio a esa “gente que se apresuraba por las calles para extraer unos de otros un poco de dinero, para devorar su infame comida, para tragar su cerveza malsana, para soñar sus sueños insignificantes y torpes”. ¿A qué se debe esta aversión? A que estos seres eran “una infracción a mis pensamientos”, “intrusos cuyo conocimiento de la vida constituía para mí una pretensión irritante, porque estaba seguro de que no era posible que supieran las cosas que yo sabía”. Lo que, gracias a aquel viaje, ha aprendido sobre la vida y el ser humano ha hecho de él un ser sin inocencia ni espontaneidad, muy crítico y desconfiado de sus congéneres.

Marlow, que antes de viajar al Africa odiaba la mentira, a su regreso no vacila en mentir a la prometida de Kurtz, a la que engaña diciéndole que las últimas palabras de éste fueron el nombre de ella, cuando, en verdad, exclamó: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”. ¿Fue una mentira piadosa para consolar a una mujer que sufría? Sí, también. Pero fue, sobre todo, la aceptación de que hay verdades tan intolerables en la vida que justifican las mentiras. Es decir, las ficciones; es decir, la literatura.

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