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Domingo, 15 de abril de 2007

EL SEñOR KRECK, DE JUAN OCTAVIO PRENZ

El poder y el absurdo

De cómo alquilar un departamento derrumba súbitamente el concepto de normalidad.

 Por Veronica Bondorevsky

El señor Kreck
Juan Octavio Prenz
Losada
312 páginas

Los modos de identificación social –las huellas dactilares, el registro de firmas, el archivo policial, el fichaje– son una de las tantas formas que tiene el poder para contrarrestar el anonimato de los ciudadanos. Así, cada individuo deja de ser anónimo para el Estado y, por extensión, cesa, en tanto incógnita, de representar o guardar un secreto. Ahora bien, si esas coordenadas propias de las sociedades modernas se ven atravesadas por la lógica de la sospecha y de la conspiración con la que los regímenes totalitarios (y democráticos también) identifican a lo diferente, es factible preguntarse sobre la naturaleza de esa lectura conspirativa. El señor Kreck parecería retomar esa cuestión, enmarcada, en este caso, en el contexto de la última dictadura militar en la Argentina. Rodolfo Kreck, el protagonista, es un hombre cercano a los sesenta años que trabaja desde hace largo tiempo en una empresa de seguros. Casado, fiel, buen vecino del barrio de Ensenada, discreto en los comentarios y un tanto solitario... lo que se suele decir un hombre con una vida “normal”.

Un día, Kreck decide alquilar un pequeño departamento en La Plata, ciudad en la que trabaja. No hay una razón explícita para su decisión. Pero Kreck llevará a cabo esta iniciativa –un acto personal, inusual– en secreto. El protagonista no la comparte con nadie; ni siquiera su esposa sabrá que él pasa una cantidad de horas a la semana en ese lugar. Esta decisión oculta –anónima, si se quiere– se hace pública por un hecho policial.

Y Kreck –un ciudadano que a lo largo de los años no se ha involucrado en nada que no haya sido su trabajo y su familia– es apresado, ya que la policía –el Estado– lo considera sospechoso –un “subversivo”– por alquilar un departamento.

La novela de Juan Octavio Prenz plantea una paradoja a través de este protagonista: un ciudadano apolítico que termina siendo leído por el poder como alguien políticamente amenazador... Y, por el otro, también subyace la idea de que un ciudadano apolítico, en cualquier sistema, es una entelequia.

La novela reconstruye la historia de Kreck y la de su detención. Pero, en tanto policial, establece –a sabiendas– un significado incierto, enigmático, de los sucesos. No hay una justificación ni una razón sobre lo que ocurre: no se argumentan las conexiones lógicas de los hechos; básicamente, porque carecen de sentido (en la historia y en la vida).

Prenz –un argentino que hace treinta años vive en Europa– ha preferido describir ese sin sentido a partir de una pluralidad de voces: la del narrador, la de la víctima y la de su entorno. Pero asumiendo lo inexplicable y lo absurdo de la detención y la sospecha. O, en un punto más extremo, lo inefable de toda historia de vida, en este caso la de Kreck, y las lecturas incompletas o falaces sobre ella.

Así, El señor Kreck se sumerge, a la manera kafkiana, en una búsqueda por lo incomprensible de la experiencia, en la que la lógica del poder es enigmática para el protagonista, para su entorno y también para el lector.

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