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Domingo, 8 de junio de 2003

RESEñA

Debates en el pub

La victoria de Orwell
Christopher Hitchens

Trad. Eduardo Hojman
Emecé
Buenos Aires, 2003
192 págs

por Matías Serra Bradford

La gran obra de anticipación de George Orwell no sería la novela 1984. Varias décadas antes de la aparición en escena del actual primer ministro británico, Orwell tomó la decisión de cambiar su verdadero nombre —Eric Blair— y así ganó en resonancia y se despegó por adelantado del dudoso prestigio de un pariente equívoco. Para celebrar el centenario del nacimiento del autor de Rebelión en la granja, Christopher Hitchens decidió reivindicarlo con un libro y contradecirlo con una adhesión: apoyar la reciente invasión a Irak liderada por el binomio Bush-Blair. De una destreza inigualable a la hora de abarcar y disolver polos opuestos, Hitchens se suma de este modo al elenco de escritores afectos al desliz político. Como Kipling o Larkin, cuya literatura, sostiene Hitchens, debe juzgarse siempre en el terreno literario y “ha logrado excelentes efectos a pesar de —y debido a— su afinidad con un conservadorismo ético”.
Para su homenaje, Hitchens no se embarcó en una biografía; su ego no es lo suficientemente retráctil. La victoria de Orwell es un atajo sin concesiones (mitad tributo, mitad revancha) hacia temas y tomas de posición caros a su padre adoptivo: el imperio británico, izquierda y derecha, lo inglés y lo norteamericano, mujeres y feministas, censura y transparencia, compromiso con el lenguaje y fidelidad a los principios: “La gran masa de seres humanos no es profundamente egoísta. Después de la edad de treinta abandonan la ambición personal —en muchos casos, de hecho, abandonan el sentido de individualidad por completo— y viven exclusivamente para otros. Pero existe una minoría de gente dotada de una gran voluntad que está dispuesta a vivir su propia vida hasta el final”.
Orwell nació en Bengala —hoy repartida entre India y Bangladesh—, realizó estudios en Eton —renombrado rito de pasaje de formación y libido— y trabajó cinco años en Burma para la policía imperial. Más tarde, pasó un año de lavaplatos en París, se dejó herir en la Cataluña de la Guerra Civil y de regreso a Inglaterra practicó el arte de la malicia susurrada como librero de usados (“Siempre hay una buena cantidad de dementes no registrados que deambulan y tienden a gravitar hacia las librerías, porque una librería es uno de los pocos lugares en los que se puede perder el tiempo un largo rato sin gastar un centavo”).
Orwell nunca dejó de hacer periodismo y sus reseñas y ensayos son lo mejor que escribió. 1984 y Rebelión en la granja son de lectura escolar obligatoria pero, como diría Hitchens, son Buenos Libros Malos. Por eso, tal vez, lo único que ejercita Hitchens sea el periodismo; su mentor y catalizador ya probó por él qué es lo que mejor destilan temperamentos como los suyos. En un artículo de Orwell manchado con café, Hitchens pudo haber leído su futuro: “Inglaterra es quizás el único gran país donde los intelectuales están avergonzados de su nacionalidad”. El anglo Hitchens vive en Washington, pero su territorio natural es la disputatio. En La victoria de Orwell arremete contra los teóricos Raymond Williams y Norman Podhoretz, contra sus amigos Edward Said y Salman Rushdie y, cuando es necesario, contra el propio Orwell. “Un extenso vocabulario es esencial para la invectiva”, dijo Auden de Baron Corvo, y Hitchens lo pone en evidencia con una prosa de alto voltaje léxico y argumentativo, certero ala hora de detectar y desactivar falacias semánticas e inconsistencias morales.
Sus volúmenes lapidarios sobre Kissinger, el matrimonio Clinton, la Madre Teresa, y las flamígeras recopilaciones Unacknowledged legislation y For The Sake of Argument prueban que la vida como proceso de demolición tiene en Hitchens a su legislador más fanático. Sus métodos y prácticas ponen al descubierto cuánta hipocresía y deshonestidad pueden convivir en un sujeto o en una frase. Hitchens pesa todos los matices y las complacencias caen solas: “La voluntad de dirigir y dominar es una cosa, pero la de obedecer y postrarse no es menos letal”. El autor de Letters to a Young Contrarian no disimula su deuda con Oscar Wilde y con conservadores en todo excepto en ironía y astucia: Evelyn Waugh, PG Wodehouse y Anthony Powell. A su manera, Orwell también lo fue, venerando postales baratas, pubs sin radio, una buena taza de té –sin azúcar ni edulcorante– y algo que apenas lo distinguía de compatriotas ávidos de tierras ajenas: la jardinería.

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