libros

Domingo, 8 de junio de 2003

RESEñA

Modelo para armar

El libro de las ilusiones
Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez
Anagrama
Barcelona, 2003
338 págs.

Por Rodrigo Fresán

Mientras el público lector de Argentina, Francia y España –grandes territorios austerianos– se entrega a la lectura de El libro de las ilusiones, la intelligentzia neoyorquina prefiere, en cambio, dedicarse a decodificar los misterios de What I Loved, tercera novela de Siri Hustvedt quien, además, es la segunda esposa de Paul Auster. El interés por este libro reside –más allá de sus méritos naturales– en que se trata de un transparente román-à-clef donde el mundillo literario de Manhattan apenas se disfraza de mundillo de la plástica de Manhattan y donde tiene especial intensidad el relato de aquel episodio en que el hijo adolescente de Auster se vio involucrado en un robo y asesinato por drogas. Más allá de esto, lo que resulta muy interesante del libro de Hustvedt –con tono cercano al realismo limpio y descarnado de John Updike y Anne Beattie– es su crítica y condena de toda maniobra deconstructiva a la hora de hacer el arte o el amor.
Lo que nos lleva a El libro de las ilusiones y su afán casi adicto a la hora de desarmar para armar después, de deconstruir los motivos fundamentales de la propia obra pasada e inventar un engendro frankensteniano y supuestamente novedoso. Así –como ya se reportó en su momento desde la sección El Extranjero de este mismo suplemento– esta novena novela de Auster es un producto apasionante por todas las razones incorrectas. Sorprende ingratamente su voluntad de involuntaria –o no– autoparodia a la hora de reprocesar viejos y eficaces greatest hits de épocas doradas –cuando todavía no se habían cometido los imperdonables errores de Mr. Vértigo (novela con niño volador) o Tumbuctú (novela con perrito pensante)– y Auster aparecía como un escritor de fantasías posibles y novedosas. De este modo, los adoradores del hombre encontrarán aquí ecos y reflejos de lo mejor de las austeras Trilogía de New York, El palacio de la luna, La música del azar y de la delilliana Leviatán.
Los que esperaban algo más se enfrentarán a la inquietante y desagradable sensación que produce un libro evidentemente escrito para adoradores (muchos de ellos sentirán como guiño cómplice y agradecido el que uno de los protagonistas sea argentino) y sin nada del riesgo que se detectaba en la sebaldiana (antes de Sebald) La invención de la soledad o en Leviatán. Y aclaración pertinente: no se acusa aquí a Auster por escribir siempre acerca de lo mismo –escritores como Nabokov y Borges y Faulkner lo hicieron con agradecible disciplina y maestría–; lo que irrita aquí es que, sencillamente, Auster escriba, simplemente, lo mismo y esta vez puntuado con perturbadores déjà-vu de modales y estrategias de escritores como Denis Johnson, Steve Erickson y Stephen Millhauser disimulados –como se dijo– por un aluvión de cosas ya dichas por Auster en otros libros ya escritos por Auster.
Y si Auster se repite, me repito yo y rescato aquello que escribí a propósito de la edición en inglés de El libro de las Ilusiones: “David Zimmer, un profesor partido en dos por su trágica viudez (mujer e hija mueren en un accidente de aviación), pasa los días traduciendo a Chautebriand. Una noche, Zimmer se obsesiona con Hector Mann: un oscuro director de cine mudo, una leyenda de culto, otro desaparecido de su propia vida a partir de una misteriosa tragedia que tuvo lugar en 1929.Zimmer vuelve a reír después de tanto tiempo cuando ve una de sus películas. Zimmer escribe un libro sobre él y un día el misterioso Mann lo invita a ser parte de su vida en un rancho en Nuevo México llamado Tierra del Sueño, donde Mann –fuera del tiempo y del espacio– sigue filmando como si nada hubiera ocurrido. Zimmer acepta la invitación pero llega a destino la noche en que muere Mann. Allí Zimmer se enamora de la perturbadora y caliente Alma, se enfrenta a una viuda un tanto enloquecida y empeñada en destruir las películas secretas de su marido, se citan muchos clásicos, y se alcanza uno de esos finales de Auster donde la epifanía es una suerte de susurro para fans y cómplices incondicionales”.
En resumen: El libro de las ilusiones se lee, y hasta se disfruta perversamente de sus diálogos a la Subiela, con la misma sensación que se experimenta al ver por novena vez una película que nos gustó mucho y que, de golpe, sorpresa, no entendemos muy bien qué fue lo que le vimos aquella primera noche.

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