libros

Domingo, 7 de septiembre de 2003

Resaca

Por Claudio Zeiger

Más temprano que tarde, Miguel Briante rebasó la zona común de su generación, la de los narradores de los años sesenta, cuentistas eficaces, el ojo atento tanto a la nueva literatura norteamericana como a las relaciones con la política latinoamericana y nacional, el compromiso y la revolución. No es que Briante no compartiera nada con Abelardo Castillo o el primer Ricardo Piglia, ni que más adelante cada uno de ellos (con mayor o menor adhesión a los preceptos de la década) no fueran perfeccionando obras singulares. Pero el caso de Briante siempre tuvo unas marcas distintivas, muy personales. Fue tan precoz como su admirada Carson McCullers (con su El corazón es un cazador solitario) cuando a los 20 años publicó su primer libro en Falbo, la editorial precursora de Jorge Alvarez en lo que a dar a conocer a las nuevas promesas se refiere. El año era 1964. El libro, Las hamacas voladoras.
Ya dos años antes –tan jovencito– había ganado el concurso de cuentistas americanos de la revista El escarabajo de oro (compartido con Piglia y Germán Rozenmacher, entre otros autores). En esa primera entrega, lo curioso no es la precocidad en términos de publicación sino de estilo consumado: excelso y a la vez casi acabado, sin mucho para agregar. Y luego, apenas cuatro años después, en 1968, otra entrega, Hombre en la orilla y nuevamente esa sensación de que ya está: la obra hecha, el estilo cincelado. ¿Pero fue realmente tan así?
Por mucho tiempo, para la crítica (y entre los propios escritores) se tuvo esta sensación y se sostuvo esa opinión. Briante, antes de cumplir los treinta años, había reelaborado el criollismo de Borges y había recreado el condado faulkneriano de Yoknapatawpha en la provincia de Buenos Aires, con sus almacenes de ramos generales, locos de pueblo, inundaciones y cuchilleros conformando. Así de simple: un mundo, una comarca propia. ¿Qué más iba a hacer? ¿Qué más pedirle que haga? Luego vino la novela publicada en Caracas, Kincón (1974), de escasa circulación en Argentina. Y confirmaría el tranco lento de su andar con el libro que marcó la reentré de Briante en la estrenada democracia de 1983 con uno de los mejores libros de relatos que ha dado, a secas, la literatura argentina: Ley de juego, un picadito de textos de los dos libros anteriores y una serie de nuevos cuentos muy cortos, muy concentrados, un Borges destilado hasta sus gotas más puras. Eran los ochenta y Briante, peleador, polémico, irónico (“¿quién no escribió un cuento de boxeadores en los sesenta?” es una de las humoradas que, sobre ciertos lugares comunes de su generación, se le adjudican) encarnaba el clasicismo narrativista frente a los modernosos raros estilos nuevos. Y sin embargo Briante –nos consta– es uno de los escritores más admirados y respetados por aquellos que se iniciaban en las letras a mediados de los ochenta.
La reciente reedición de Ley de juego no vino más que a confirmar el lugar de excelencia de ese volumen condensador. Y ahora, para empezar a completar el mapa del universo narrativo de Briante y, a la vez, abrir un poco más el juego con o sin ley, aparece esta recopilación de cuentos no publicados en libro anteriormente, Al mar, con muchos textos dados a conocer en revistas y diarios (en especial Página/12), elaborados a mitad de camino entre la crónica (siempre literaria) y el cuento corto de raíz más tradicional. Como si hubieran sido escritos a cuatro manos entre el periodismo y Juan Rulfo, entre la pincelada humorística (humor feroz por cierto), la estampa costumbrista y –tan de golpe como aparece el mar cuando se va llegando a la playa– la ráfaga de lirismo contundente.
Algo se podría empezar a revisar: aceptada la precocidad, puede discutirse el hecho de que Briante fue un autor de poca obra. La cantidad de textos que contiene este volumen y otros que vendrán, sumado a los libros anteriores, no es tan poco. Cierto que Briante es esencialmente cuentista, lo que colabora a la idea de brevedad. Y Al mar y otros cuentos lo confirma cuentista hasta la médula. En realidad, hay que aceptar que elcuento es el mejor género para realizar ese proyecto literario que parece haberse impuesto Briante desde muy joven. Dicho en forma de dilema: ¿Narrar o no narrar y, en caso de narrar, hasta dónde? ¿Detener la narración en el momento justo en que las exigencias por contar una buena historia desvían al escritor de la busca personal, ligada al estilo o la entonación, eventualmente sacrificados en el altar de la eficacia tan en boga en los programas narrativos de los sesenta?
Los relatos de Al mar están más ligados a una concepción abierta y estática del cuento. Los relatos no se precipitan hacia su final, apenas lo van insinuando. Importan más los desarrollos que los remates. Y regresa, como un murmullo obsesivo que sólo se acalla momentáneamente, la preocupación por dar con el tono, las entonaciones de las voces de la ciudad y esa franja semiurbana que tanto había cultivado en los libros anteriores.
Es interesante ver en qué andaba pensando Briante en los años en los que transcurren estas historias de veranos, mujeres, pueblos y situaciones urbanas, y qué se refleja de los dilemas literarios de la época en estas historias ambientadas entre los ochenta y los noventa, entre Alfonsín y Menem, entre la clase media en decadencia y las clases populares degradadas. Una preocupación por trabajar una lengua propia, no traducida, es evidente. “Ostende, la palabra es linda, suena, suena a sueño” se lee en “La capelina del recuerdo”: “está entre Pinamar y Gesell, a tiro de playa de Pinamar, no tan lejos de Cariló, donde veranea Caputo, y es tan paquete. Ella decía: ‘Mamá, en ese tiempo, a la tardecita, paseaba con esa capelina que tengo en el cuarto’. Él pensaba: ‘Decí pieza, decí’, mientras tocaba, como sin querer, la brea del techo que se iba calentando con el sol, cuadradito que ella llamaba terraza”.
El humor irónico –de paisano medio taimado o de porteño que ya vio mucho– no es un dato menor de estos cuentos. “En Córdoba, ya lo dijeron, hay mucho microclima. Ahí está Carlos Paz, donde cualquier obra de teatro es buena, por el clima, y los actores que vienen no paran de triunfar”. O la crónica al borde del gótico argentino, como la del pueblo partido en dos por una calle que a su vez divide Córdoba de Santa Fe, y que entró en ebullición cuando en una de las provincias cambiaron la hora: “Un día nos despertamos y acá eran las siete de la mañana y allá eran las ocho ¿ve?... Ahora estamos como los norteamericanos, tenemos hora del Este y hora del Oeste”.
El conjunto de relatos de Al mar arrojan un Briante al que se le había soltado la mano que, quizás, estuvo tiempo de más paralizada. El diálogo del escritor con la época –las cuentos leídos como crónicas– es sólo una capa debajo de la cual está latiendo aún el diálogo de Briante con otros escritores, incluido él mismo. Y ese diálogo no está congelado ni cerrado. Ya no es aquel Briante de los inicios, favorecido por la natural destreza y la obsesión por la apropiación: apropiarse del instrumento de la literatura, apropiarse de Borges (quizás para devolverlo a una síntesis que lo sacara de la ineludible dicotomía sesentista/setentista: derecha literaria, izquierda literaria), apropiarse de los narradores norteamericanos. Al mar muestra un Briante ya no tan preocupado por Borges pero sí embebido de Onetti, como si hubiera encontrado al final del camino una posta más cómoda en ese camino que hace décadas parecía tan trazado y tan recorrido aunque recién había empezado.
Briante –se puede conjeturar– buscaba apropiarse en estos cuentos de los modos populares y urbanos que empezaban a no responder a los moldes conocidos; apropiarse de una ciudad que, de tan esquiva, lo empujaba todo el tiempo hacia la playa y el mar, último territorio utópico de la amistad y la picardía. Y, finalmente, buscaría confrontarse con su propio mito, su propia leyenda, desmintiendo con una buena madurez tanta precocidad, con una producción continua tanto hiato. Sea como sea que continúe la leyenda, el caso Briante aún no ha sido cerrado.

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