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Domingo, 7 de septiembre de 2003

LETRAS CLASICAS

La infancia de la humanidad

Losada acaba de distribuir una Antología de Safo y dos piezas de Sófocles (Antígona y Edipo Rey), todas ellas con introducción, traducción y notas de Pablo Ingberg. Un proyecto que recuerda los grandes momentos de la industria editorial argentina.

por Ignacio Miller

La publicación de estos tres volúmenes por la editorial Losada en Buenos Aires, en lo que promete ser el inicio de una colección de autores griegos y latinos, no deja de ser un gesto de por sí elogiable, habida cuenta del alicaído estado de la industria editorial argentina y de los precios prohibitivos que, para los habitantes de estas tierras, tienen actualmente las ediciones españolas. En particular, el hecho resulta paradójico si se considera que se trata de una editorial que, hace poco menos de un año, prácticamente se mudó a España, en un movimiento inverso, y motivado por razones totalmente distintas, a aquel que diera origen a la editorial, allá por 1938. Quien recorra actualmente las librerías porteñas podrá apreciar el diseño y el formato renovados que presentan hoy los libros de Losada, algunos de los cuales son reediciones de textos que fueron traducidos y editados por primera vez en Argentina.
Los tres títulos en cuestión fueron traducidos por Pablo Ingberg, autor también de las introducciones y las notas que acompañan a cada libro. En el caso de la Antología de Safo, junto con la traducción está el texto original en griego, y al final de cada poema –o fragmento, si se tienen en cuenta las condiciones en las que nos ha llegado la obra– se incluyen, además de las notas, la indicación de la fuente a través de la cual fue transmitido, el tipo de metro en el que está compuesto y un comentario, más o menos extenso, en el que se refieren problemas de interpretación y se establece un sucinto análisis. También, a diferencia de las ediciones de Edipo Rey y Antígona, se señala, al final de la Introducción, una breve bibliografía. Por su parte, los textos de Sófocles están divididos atendiendo a las distintas partes de la tragedia (Prólogo, Párodo, Episodio, Estásimo y Éxodo).
La intención de Ingberg como traductor, según él mismo declara, es la “de mantener el máximo respeto al texto original”, tratando de ser fiel al carácter poético de los textos (tanto para el caso de Safo como para el de Sófocles), así como también a la sintaxis y a la puntuación, sin procurar “facilitarlo” mediante el añadido de palabras o la eliminación y modificación de figuras retóricas. En lo que hace a Sófocles, a los criterios de traducción apuntados se añade el de la conservación del carácter teatral, esto es, el de un texto que tiene “como último destino la representación”, por lo cual “reclama la búsqueda de un tono tan cercano a la conversación como sea posible”.
Para verificar el resultado del trabajo encarado, a modo de ejemplo, pueden compararse las versiones que hacen Ingberg y Juan Ferraté, a partir del mismo texto griego (fragmento 48 de Safo en la edición de Lobel y Page). El primero, traduce: “Viniste, te anhelaba,/ y refrescaste mi alma incendiada de deseo”. Ferraté, en cambio, interpreta: “Viniste, y yo te quería;/ y helaste mi corazón/ encendido de deseo.”
Con relación a las notas, aunque las hay de tipo informativo sobre mitología y cultura griegas (en especial en los dos textos de Sófocles), en general abundan las que hacen hincapié en los aspectos filológicos (por ejemplo, alusión a los diversos significados de una palabra) y estilísticos (mención del uso de algún recurso y de su sentido).
Frente a esta respetable preferencia de Ingberg, movido quizás por su escrupuloso afán de fidelidad, en alguna ocasión se echa un poco de menos una observación más amplia que dé cuenta del valor de ciertas ideas primordiales en el contexto de la Grecia antigua, como cuando, en referencia a la hybrys (“exceso”), se nos dice escuetamente que es un “concepto fundamental en la tragedia griega” (Edipo Rey, nota 133) o que es un término que “se aplica a actos graves relacionados con la soberbia” (Antígona, nota 41). No obstante, este detalle en absoluto resta mérito a un trabajo al que le sobran virtudes y que, afortunadamente, reaviva la tradición de la traducción en la Argentina.

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