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Domingo, 19 de octubre de 2003

RESEñA

Hay humo en tus ojos

LA DIVA NICOTINA.
HISTORIA DEL TABACO
Iain Gately

Trad. Isabel de Miquel
Vergara-Grupo Zeta
Barcelona, 2003
391 págs.

POR FERNANDO MOLEDO

El tabaco fue una de las primeras cosas que llamó la atención a los españoles que masacraban indígenas en las novedosas tierras americanas. Desde hacía añares, chamanes, médicos, guerreros y princesas como Pocahontas fumaban tabaco enrollado o en pipas bellamente decoradas con fines rituales o simplemente para matar el tiempo. De hecho, entre los presentes que se llevó Colón en su primer viaje, había unas cuantas hojas de tabaco que los marineros de las carabelas arrojaron al mar simplemente porque no sabían qué era esa planta ni para qué servía. Pero con el correr de los años, en los sucesivos viajes, los conquistadores comprobaron que el tabaco se fumaba; Rodrigo de Jerez, un expedicionario español que alucinaba con El Dorado, fue el primer fumador europeo, acusado y encarcelado por la Inquisición, a su regreso a España, por despuntar el vicio en público.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que una nueva forma de consumo del tabaco, inventada en Francia y loada en el Don Juan de Molière “por hacer más honestos a los hombres”, el rapé, encontrara un primer grupo de adictos: los sacerdotes, que eran aficionados a aspirar y, por lo que cuentan las crónicas, lo hacían en cualquier parte, incluida la misa. Una de las primeras prohibiciones del tabaco, dictada en Lima en 1588, tenía como blanco principal a los curas españoles que aspiraban rapé durante el oficio religioso. Autor de La diva nicotina, una historia cultural del tabaco que recopila una infinidad de anécdotas de este tipo, Iain Gately, que creció entre Hong Kong y Cambridge y trabajó la mayor parte de su vida en Londres, cuenta que un cura llegó incluso a escupir una hostia consagrada a causa del rapé.
Pero la difusión del tabaco –que antes de que se inventaran los cigarrillos se aspiraba, se mascaba o se fumaba en pipa– se debe en buena medida a los piratas de los siglos XVI y XVII, que lo hicieron popular en Inglaterra, donde se le atribuyeron poderes benéficos relativos a la salud. De Inglaterra partieron los primeros colonos hacia la actual Norteamérica con el único propósito de cultivar la planta que tenía hipnotizados a los ingleses.
Después, durante los siglos XVIII y XIX, el camino del tabaco fue en ascenso, como el humo, y la planta se extendió rápidamente por Europa hasta dominar todo el mundo con el viento a favor de la revolución industrial y el colonialismo. En Rusia, la Iglesia Ortodoxa buscó en la Biblia alguna mención a la planta de tabaco y llegó a la conclusión de que habían sido sus hojas, originalmente cultivadas sólo por su aroma y su gran belleza, las causantes de la embriaguez de Noé, motivo suficiente para dictar su prohibición. En el Islam pasó algo parecido: cuando el tabaco comenzó a inundar el mundo árabe, se llegó a la ingeniosa conclusión de que, dado que el Corán nada decía sobre la planta, no había nada, tampoco, que la permitiera, y por lo tanto había que prohibir su consumo. El emperador del Imperio Otomano, Murad el Cruel, llegó incluso a ejecutar a veinticinco mil presuntos fumadores, mientras que en Persia se castigaba a los adictos echándoles plomo fundido en la boca.
El camino que siguió el tabaco hasta adquirir su forma actual –el cigarrillo– es sinuoso y alcanza para escribir una historia como la que presenta Gately, donde el tabaco es, en definitiva, la rueda que muevetodos los acontecimientos. Después de recorrer con gusto las casi 400 páginas de La diva nicotina –incluyendo un pequeño apéndice dedicado a fomentar el cultivo casero de tabaco–, uno casi se convence, por ejemplo, de que Estados Unidos no sería hoy todo lo que es si no fuera por el tabaco, explotado durante una buena cantidad de años con el rentable recurso de la esclavitud. Lo demás, según Gately, son guerras causadas por los gravámenes impositivos que pesaron sobre la planta o cigarrillos que se prenden mientras aquí y allá vuelan las balas. Y claro: como era previsible, no podía faltar un espantoso capítulo destinado al arrepentimiento de los fumadores, donde se reseñan los pleitos crecientes entre las tabacaleras y los consumidores a medida que se descubren las enfermedades causadas por el cigarrillo.

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