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Sábado, 6 de noviembre de 2004

El álbum de Seidler

Taschen acaba de editar un libro extraño y fascinante,
el diario fotográfico de un arquitecto con medio siglo de recorrer el mundo con una Leica. Una antología arbitraria, personal y aluvional.

 Por Sergio Kiernan

Hay gente que se da los gustos en vida. Uno es Harry Seidler, arquitecto vienés con una vida en Australia, que hace cincuenta y pico de años que se dedica a tres cosas: al hormigón, a viajar y a sacar fotos. Uno de los resultados de este tipo de vida puede ser un libro como The Grand Tour: viajando por el mundo con los ojos de un arquitecto, una verdadera curiosidad que acaba de publicar Taschen.
Seidler nació en Austria y la dejó de apuro, con su hermano y el resto de la familia, cuando Hitler la anexó al Reich. El futuro arquitecto pasó la guerra en un internado inglés, vivió la posguerra en Brasil y EE.UU., ya en la facultad, y se asentó en Australia, donde empezó su carrera en 1948. Sydney, como Buenos Aires, viene a quedar en esa parte innombrable del mundo, por lo que Seidler se acostumbró de muy joven al barco. Regularmente visitaba Italia para consultar por sus estructuras al ingeniero Pier Luigi Nervi. Luego vinieron obras en varios países, a veces simultáneamente, y el gusto por dar clases aquí y allí. Seidler, que es un hombre ya de edad, destaca en la breve introducción de su libro la llegada del vuelo aéreo internacional, que le permitió realizar “tres o cuatro viajes por año”.
Uno de los resultados de esta gitanería fue una asombrosa acumulación de fotos de arquitectura, ya que Seidler visitaba en cada país lo que valía la pena ver y disparaba su Leica –su hermano, fotógrafo profesional, lo entrenó diciéndole que usara “siempre una Leica con Kodachrome” y que el resto salía solo.
Pero una pila de fotos no es un álbum y mucho menos un libro, a menos que tenga un concepto que la guíe. En este caso no es una teoría sino el viejo, eficiente y tradicional concepto del Grand Tour. Intraducible al castellano –hasta los multíglotas de Taschen lo dejaron en inglés, pese a que lo editaron en nuestro idioma–, la etiqueta Grand Tour se creó en el siglo XVIII para definir el viaje que cerraba la educación de un noble o un rico con aspiraciones gentiles, y que generalmente implicaba cruzar Francia visitando amigos y haciendo compras, para instalarse largamente en la todavía fragmentada Italia. Lo que estos ingleses realizaban era un tour, pero a lo grande: llevaban una comitiva de sirvientes, artistas y arquitectos bajo su patronazgo que iban a estudiar y a ayudarlos a fundar o ampliar sus colecciones de arte y antigüedades.
Esta agradable manera de gastar el dinero no sólo mantenía una notable cantidad de italianos sino que le dio una educación neoclásica a generaciones de artistas y arquitectos británicos, de Capability Brown a Nicholas Hawthorne, y fue la base del formidable patrimonio anticuario y artístico inglés. Sin tantos aires, Seidler toma para sí el manto del Grand Tour para definir su libro como el resultado de un sistemático viaje cultural. Donde Lord Hamilton se llevaba un pintor, él lleva su Leica. Y de paso, se pone fuera de modas e ismos.
En este Grand Tour hay 39 países recorrido en 700 páginas tamaño pocket -ni pensar en poner este ladrillo en el bolsillo, porque lo rompería– que pasan sin orden discernible, pero arrancando por el principio, esto es, por Egipto. A Karnak y Luxor le sucede Grecia –la Acrópolis, el gigantescamente influyente templito de Delfos– y claro, Italia. Aquí, Seidler se toma su tiempo y empieza a recorrer el lugar con más detalles.Abre con el increíblemente bien preservado templo circular en el Tíber, recorre Pompeya con ojo de urbanista, toca el Coliseo y el Panteón, hace un pequeño inventario de sus torres favoritas –Pisa, Apulia, San Gimignano–, muestra los poco conocidos castillos de Apulia, Mondavio y Senegalia, inclina su sombrero ante Bramante y Battista, agrupa alguna de sus plazas más queridas, exhibe sus cinco Palladios, le dedica varias páginas a Roma y luego salta a la modernidad: Terragni y su casa fascista, el pabellón boloñés de Le Corbusier, las estructuras de acero de Nervi en el Palacio del Trabajo de Turín.
La mezcla es típica del recorrido europeo: barroco alemán junto a Gropius, medioevo francés con Art Nouveau, La Defense y mucho Le Corbusier, clasicismo inglés con industrialismo y Norman Foster. Cada país recorrido por Seidler muestra aquí sus clásicos, especialmente si tienen arquitectura realmente antigua como México o Asia, y también sus modernismos. Brasil, por su parte, está casi dedicado a Oscar Niemeyer, del que se reproducen dibujos y obras como el Ministerio de Educación, el eje triunfal de Brasilia y el Museo de Arte Moderno de Niteroi, localmente conocido como el “plato volador”. Hasta hay un ya histórico juego de fotos del Memorial de América Latina en San Pablo, probablemente recién inaugurado por la limpieza de su plaza seca, que al mes de abierta al público se tiñó por el barrio de una inundación de un rojo que resultó indeleble.
La Argentina tiene un capítulo breve en este Grand Tour. Hay una foto del Congreso que incluye el monumento, una vista general de la 9 de Julio, una foto del Barolo, un par de Caminito y una sola obra individual: la casa Curutchet, de Le Corbusier.
¿Qué hacer con este libro? Recorrerlo, discutirle la selección de fotos, soñarse el álbum propio. Sólo Taschen podía publicar algo así, mezcla de divertimento y libro de consulta, en buen papel y con una encuadernación capaz de resistirle el peso.

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