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Domingo, 16 de julio de 2006

FAN › UN DRAMATURGO Y DIRECTOR DE TEATRO ELIGE SU ESCENA DE PELíCULA FAVORITA: OMAR PACHECO Y LA CAíDA

La infancia de un jefe

 Por Omar Pacheco

Se puede decir que uno siempre ve una película en un momento especial de su vida. Yo vi La caída en uno de esos momentos. Y la verdad es que me impresionó mucho la forma en que está humanizado el personaje de Hitler, más allá de quién fue y cómo ha sido tratado siempre. Me conmovió mucho. En La caída vi muy claro a alguien que gestó una monstruosidad enorme pero también a los monstruos que lo rodeaban y que huyeron de la peor manera y en el peor momento. El que ejecuta una acción diferente, el que lidera o dirige algo suele sufrir una soledad muy grande.

La caída es una película contradictoria y eso es lo lindo que tiene. Me conmovió meterme dentro del personaje. Sentí que estaba viviendo sus conflictos. Las actuaciones son realmente excepcionales. Tal vez, el personaje más frágil es el de Eva Braun, su mujer, que no está a la altura de los demás, hasta parece de otra película.

Vi muchas películas sobre Hitler, pero ésta me pareció distinta, un abordaje nuevo, que trabaja zonas que no trabaja nadie. Humanizar a un monstruo es un trabajo de mucho riesgo y valentía. Al sacarlo de la maqueta y el estereotipo se pueden ver más claramente sus conflictos, sus contradicciones, su perversión. Se habló de La caída como una película polémica. Pero yo no me confundí, al contrario.

Si tuviera que elegir una sola escena o sensación, sin duda sería esa que, a partir de la inminencia de la derrota, rodea a Hitler como líder: la de los incondicionales que de pronto huyen o se convierten en el peor enemigo. Cuando uno tiene 54 años ha visto distintas cosas en la vida, y situaciones así se dan hasta en el colegio primario. Me pasó algo por el estilo en 5º grado. Habían decidido tomarnos una prueba injusta. Apenas nos avisaron un día antes. Así que la tarde anterior decidimos entre todos comprar bombitas de olor. Otro compañero y yo pisamos las bombitas en el cesto de basura. Salimos al recreo y cuando volvimos para la prueba era una cosa imposible. Vinieron todos: el director y todos los profesores. Nos metieron en el aula con las ventanas abiertas y nos empezaron a hacer salir de a uno. Descartaron a todos salvo a... Pacheco. Eramos tres los más bravos: el Colorado, un gordito que se llamaba Azafrán (no me lo olvido más) y yo. Pero el que quedó último fui yo. “Todos dicen que fuiste vos, Pacheco”, me dijeron los profesores. Ahora pienso que fue una presión, que no habrá sido así exactamente pero me acuerdo que estaba contra la pared y que veía a dos personas enormes que me decían “no podemos penar a todos, vas a estar suspendido por una semana, vamos a llamar a tus padres”. Sin querer se me empezaron a caer las lágrimas. En el recreo salí y me agarré a trompadas con los otros dos. Fue una batalla campal. Algo de impotencia, de bronca, de sentirme abandonado, todos habíamos quedado en eso. Tendría 9 o 10 años.

Viendo La caída me acordé de ese episodio. Fue un rato después, reconstruyendo todo. En mi vida siempre tuve una suerte de liderazgo, siempre fui un poco director. Son características que a veces a uno se le imponen, que lo marcan, sin por ello dejar de ser frágil, de tener dudas. Poder meterme en ese personaje, en las cosas más chiquitas, en sus gestos más controlados, realmente me conmovió mucho.

El dramaturgo Omar Pacheco tiene dos obras en cartel: La cuna vacía, viernes y sábados a las 20, en el Centro Cultural de la Cooperación; y Del otro lado del mar, martes y domingos a las 21, en La otra orilla.

La caída (2004)

de Oliver Hirschbiegel

La figura de Adolf Hitler cuenta con más de 80 representaciones fílmicas. Pero en La caída fue la primera vez que un grupo de alemanes se atrevió a llevar a la pantalla grande al peor de sus fantasmas. El film de Hirschbiegel muestra los últimos 12 días del Tercer Reich, con un Hitler escondido en un sótano a 15 metros de profundidad y a escasas cuadras de la avanzada del ejército soviético. Lejos del líder aclamado por las masas, el Hitler estremecedoramente interpretado por Bruno Ganz es un tirano avejentado que convoca ejércitos inexistentes para defender las últimas posiciones nazis sobre Berlín, un anciano prematuro aquejado por la paranoia y el Parkinson, y un caballero con las damas y afectuoso con su perro. Alec Guinness (Los últimos días de Hitler, 1973) y Anthony Hopkins (El bunker, 1981) ya habían aceptado ponerse el bigote y peinarse para atrás. Pero Ganz prefirió buscar inspiración en el Albin Skoda de El último acto (1956), de George W. Pabst, el primer Hitler totalmente alemán. Tal vez de ahí el realismo brutal de la película. La caída logró despertar polémicas por el particular modo que asumió la perspectiva de los verdugos. Ian Kershaw, acaso el biógrafo más importante de Hitler, escribió que es casi imposible hacer una película mejor que La caída sobre los días previos al suicidio del Führer.

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