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Domingo, 16 de julio de 2006

TELEVISIóN > EL FINAL DE SIX FEET UNDER

Bajo tierra

Tras cinco temporadas, la serie que tuvo la gracia de ambientar un auténtico culebrón alrededor de la funeraria familiar llegó a su fin. Compungido pero agradecido, José Pablo Feinmann pronuncia unas palabras para despedir la creación de Alan Ball (conocido por su guión de Belleza americana), su agudeza sociológica, su firmeza política y sus hilarantes escenas sexuales y mortuorias.

 Por José Pablo Feinmann

Seis pies bajo tierra, ahí por fin te van a poner, bien metido en un cajón y muerto para toda la eternidad. No te enojes con alguien que te recuerda que vas a morir. Te está ayudando a valorar la vida.

Algo así dice Alan Ball, el creador y productor de la serie Six Feet Under, por medio de este ambicioso culebrón que se mete con todo. Porque se mete, a fondo, con la muerte y en la que él llama “la capital mundial de la negación de la muerte”: Los Angeles. Este punto de vista de Ball (que fue el galardonado guionista de Belleza americana) es un poco nortecéntrico, tal vez era esperable. Pero uno podría decirle que todas las capitales del mundo, con mayor o menor intensidad, son las capitales mundiales de la negación de la muerte. El hombre vive negando la muerte y hasta cree que el costo de la felicidad reside en esa negación. Alan Ball no cree eso: cree que la aceptación de nuestro fin es el camino para una felicidad adulta, que sabe que todo termina y, porque lo sabe, aprende a ser feliz en tanto dura el trayecto.

Aqui, en esta funeraria, viven los Fisher

Nada más coherente (y aquí el ingenio de Ball brincó alto) que ubicar el set de una serie sobre la muerte –o, para ser justos, sobre la vida y la muerte– en una funeraria. A este delicado negocio se dedica la familia Fisher. Todos los capítulos de la serie empiezan con alguien que se muere. Esto atrapa al espectador de un modo irresistible. Terminan los títulos de presentación y aparece alguien. “Mirá, mirá”, dice uno, “éste es el que va a reventar”. Por ejemplo: un padre trabaja en una empresa constructora. Están levantando un enorme edificio. Ese día, papi ha decidido llevar a Junior a ver cómo es la cosa. Le muestra una enorme mezcladora. El ruido es temible, pero papi se levantó juguetón esa mañana y estar con Junior lo entusiasma. “Vení, subí conmigo y vas a ver cómo funciona la mezcladora.” Un plano del director ya lo ha hecho: se trata de unas enormes cuchillas que trizan todo hasta que todo se mezcla. Uno ya lo sabe: papi va a terminar mezclado. Uno es morboso: ni loco hará zapping. “No, papi”, dice Junior. “Tengo miedo”. Uno aquí tiene dos posibilidades: o desear que Junior suba hasta donde está papi y se mezcle con él, algo que llevaría el humor negro a los extremos de la amargura. O desear que el fucking daddy (o el pelotudo de papá, las palabras gruesas, sonoras, unívocas son omnipresentes en Six Feet Under) se caiga solo en la mezcladora. Hecho: papi sube hasta el borde. “¡Vení!”, le grita a Junior. Son sus últimas palabras. Se cae en la mezcladora y corte. Six Feet siempre corta cuando el protagonista del segmento de apertura muere. Corta a una lápida blanca. Antes hay un prolongado white out, o sea, no un black out, sino un cuadro absolutamente blanco que nos conduce a esa lápida de un blanco espectral en la que aparece el nombre del finado. Por ejemplo: James De Corsia, 1958-2003. En los títulos de apertura el bromista de Alan Ball (un bromista de real talento) no pone su nombre como pone el de los restantes hacedores de la serie. No, lo pone en una lápida. En la lápida se lee: Produced by Alan Ball. Sigamos con la mecánica que la serie ha establecido. Ustedes entenderán que si el señor De Corsia se cayó dentro de una mezcladora de cemento, muy entero no habrá salido. Adivinaron: quedó hecho pedazos. Algo que no sería importante si los familiares aceptaran velarlo a cajón cerrado. Pues no. Todos –casi todos por completo– los familiares de los cadáveres que llegan a lo de los Fisher quieren velar a sus seres queridos a cajón abierto. ¡Así son los norteamericanos! (De donde vemos que conviene relativizar la afirmación de Ball que propone a Los Angeles como la capital mundial de la negación de la muerte.) Cajón abierto porque todos quieren verlo, al señor cadáver, por última vez. Llorarlo en presencia. Que sus amigos y amigas y tíos o tías o hermanos o viudas se suban a un pequeño estrado y hablen sobre él. Sigamos con el señor De Corsia. Llega a lo de los Fisher tan despedazado como salió de la mezcladora. Aquí interviene un personaje esencial: Federico Díaz, de origen puertorriqueño, petiso, ambicioso y a veces buen tipo, a veces no tanto, por eso de la ambición. Federico es el encargado de restaurar el cadáver para que los buenos familiares lo puedan ver bellamente en el cajón y llorarlo entero, no en pedazos ni sin maquillar. Corte a Federico trabajando en la amplia sala del subsuelo de la funeraria. Se lo ve feliz: ha hecho un gran trabajo. De pronto, a sus espaldas, con una bata blanca y bastante desfigurado, subido a una mesa, sonriendo y con las piernas cruzadas, aparece el señor De Corsia. “¡Qué buen trabajo hiciste, pibe! Creí que no ibas a poder juntar ni dos pedazos!” Federico dice que es un profesional, un hombre que sabe hacer su trabajo, aunque “no tengo aquí el reconocimiento que merezco”. “No te quejes”, le dice el señor De Corsia. “Peor estoy yo.”

Nate y Dave

A Nate (Peter Krause), el hermano mayor de los Fisher, lo conocemos cuando llega al aeropuerto de Los Angeles. Ahí se cruza con una muchacha bonita, simpática. Cruzan un par de frases. No se dicen los nombres. Se miran fijo y corte. Ahora están en una especie de sala de equipajes, solitaria, ella sobre una mesa, abiertas muy abiertas sus piernas, él con los pantalones por los tobillos y cogen y se ríen y largan frases locas y la pasan maravillosamente bien. Así se conocen Nate y Brenda: fuckeando antes de saber sus nombres. No sabemos quién es Brenda. Sabemos quién es la actriz que la hace: la brillante Rachel Griffiths, la flaca de El casamiento de Muriel y de muchas otras películas, nunca una top star, pero siempre una actriz de una ductilidad y un carisma inapreciables. Nate y Brenda habrán de pasar muchas entre ellos, casi todas. Serán amantes, novios más o menos formales, Brenda se volverá adicta al sexo, tendrá sórdidas (así se la ve a ella: mal, sufriendo) encamadas con dos pibes de la vecindad, luego volverá a Nate, le pedirá perdón por haber fuckeado tanto a sus espaldas y por fin se casarán y hasta Brenda quedará embarazada y, antes, tratará de escribir una novela, porque es una mina inteligente y, ya se sabe, tengan talento o no, los guionistas yankis, siempre que quieren mostrar que una mina tiene algo en la cabeza, la ponen a escribir una novela. Pobre literatura. Siempre que veo esto me digo: ¿sabrán de veras qué es escribir una novela? ¿Creen que es ponerse y se acabó? Y Brenda, por si fuera poco, pone una laptop sobre la mesada de la cocina, se sienta en un taburete y así (no, algo más: ¡descalza, por supuesto!) se pone a escribir como, perdón por la autorreferencia, yo en mis mejores días. Me da tanta bronca esto que no puedo evitar decirlo. Digan que la Griffiths salva todo y tiene lindos pies.

El hermano (menor) de Nate es David (Michael C. Hall). Con él, la cosa se pone todavía más espesa y Alan Ball consigue muchos de sus mejores aciertos. David es gay. Pero no es gay como el amigo de la pelirroja Debra Messing en Will & Grace. Will es una especie de lindo niño bobo que todo el tiempo dice que es gay como si fuera realmente gay, es decir, “alegre”, y todo fuera fácil, y ya estuviera aceptado que ser gay es espléndido y, más aún, si vemos al alegre amiguito de Will y Grace, que se ríe tan a menudo, hace chistes y todo pasa liviano, rápido y entre risas grabadas, que así son las sitcoms y nada tiene que ver con ellas el hondo, complejo culebrón del señor Ball. Dave Fisher es el personaje más torturado de la serie. De pibe, Nate lo defendía en la escuela de quienes lo agredían. De joven tuvo encuentros fugaces con otros hombres en lugares para homos. Siempre alguien lo verá y años después se lo arrojará en la cara. Demora mucho en poder decir a los suyos que es gay. Brenda, que está como novia de Nate, lo toma como algo espléndido, cool. Los demás, no tanto. Peor le resulta todo a Dave cuando se enamora. Su novio es un policía. Un policía homosexual de Los Angeles con arranques de brutalidad incontenibles. A la larga, un muy buen tipo que amará por siempre a Dave. Se trata de Keith Charles. Dave lo tiene que introducir en su familia. Todos, por fin, aceptan todo. El que no termina de aceptarse es Dave.

La muerte del padre

Olvidé decir que el primer muerto de la serie es el padre de los Fisher. Tiene un choque con un camión y adiós: lápida con su nombre. Los Fisher tienen que crecer y vivir sin padre. Esto es traumático para Claire (Lauren Ambrose). Claire es joven (dieciséis), pelirroja, despistada y pasional. La falta de la figura paterna la suple con Nate. Pero esto no evita que deambule a lo largo de la serie entre indecisiones irresueltas. Le da fuerte al porro, tiene un novio loco, después otro, después empieza a sacar fotografías, después se mete en el mundo del arte, después se va a vivir con el hermano de Brenda, Billy, que es un border y más que un border porque un border está en el borde y Billy se cae para el lado malo, el de la locura, lo internan, Brenda lo visita, hablan y también lo visita la madre de Brenda, y, claro, de Billy, que es psiquiatra y se llama Margaret (la alguna vez bella y joven Joanna Cassidy, replicante de Blade Runner) y es un desastre tan total que podría enloquecer a Billy, como ha colaborado a hacerlo, y a Brenda también, está casada con otro psiquiatra, Bernard Chenowith, con quien tiene establecida una pareja abierta con reglas fuertes: nadie debe engañar al otro fuckeando con su amante en un hotel más caro de 275 dólares ni más barato de 75 dólares, así que Brenda y Billy, con estos padres, no tienen más alternativa que quererse entre ellos como forma extrema de defensa. Joanna Cassidy saca un personaje que fue elegido octavo entre cien villanos de la tele, conteo que consagró en el primer puesto, tal como debía ser, a la Alexis Carrington que hizo inolvidablemente Joan Collins en Dinastía.

La ausencia del padre en el mundo de los Fisher le permite a Alan Ball un planteo más drástico: la ausencia del padre en la sociedad norteamericana. Esta ausencia no la remedia nadie. La madre de los Fisher (Ruth Fisher, la para mí intolerable Frances Conroy) es una mujer lábil, sin asidero alguno, a la deriva. Nunca sabemos qué quiere, qué le gusta, para qué está en este mundo. El que toma la figura del padre con más entereza y decisión que todos es Nate Fisher, el hermano mayor. Nate es un ser angélico. No es lo que quiso ser. Tampoco sabe exactamente qué quiso ser. Kurt Cobain, tal vez. De aquí que llore tanto su muerte. Cada muerte nos revela algo del mundo. Algunas, que este mundo es injusto. Que hay quienes se nos mueren demasiado pronto y nos dejan demasiado solos. Así le pasa a Nate con Kurt. Claire, pequeña, abre la puerta de su habitación y lo encuentra sentado en el piso, recostado en la cama, fumando un porro, bebiendo de una petaca, más triste que extraviado o adormecido y Nate le dice: “Murió Kurt Cobain. Murió porque era puro. No hay justicia en este mundo”. Le ofrece el porro a Claire: “¿Querés?”. Claire quiere. Sobre todo quiere acompañar el sufrimiento de su hermano.

La sabiduría de Nate crece con los años. (Six Feet Under se emitió entre junio 3 del 2001 y agosto 21 del 2005.) Se le muere su primera esposa. Luego se casa con Brenda y se llevan para el demonio. Brenda es talentosa pero inestable, vive en guerra con el mundo y con la vida. Su talento es una carga. Le molesta porque, siente ella, la empuja a hacer algo con él. Sin embargo, ¿qué se hace cuando se tiene talento y uno no tiene ganas de hacer nada? Brenda pudo ser lo que quisiera. Por fin, no sabemos bien qué hizo de su vida. Termina viviendo con su hermano. El único que la tolera. Y ella, la única que lo tolera a él.

Alan Ball e Irak

Dave y Keith se casan. Y más aún: adoptan dos pibes que son insufribles. Dave y Keith se empeñan. Habrán de sacarlos adelante. Rico siempre pide más en la empresa. No sólo ser socio, tener mayores porcentajes también. Y Brenda queda embarazada. Nate se opone: dice que el niño corre riesgos de nacer con deformaciones. Él, Nate, tuvo un ataque cerebral y una operación muy dura. El nuevo pater familias, el nuevo tronco que hunde sus raíces en la tierra, está herido. Y algo más: no ama a Brenda. No son, cree, el uno para el otro. O más simplemente: no combinan, no encajan. Así, Nate, una noche, hace el amor con Maggie (Tina Colmes), una amiga de la familia. Lo pasa muy bien. Se levanta. Se pone una camisa y le dice a Maggie que le duele el brazo izquierdo. “Me... me... el... bra...” Pone los ojos en blanco y se desbarranca. Maggie lo lleva al hospital. Todos van llegando. El nuevo pater se ha caído. Los Fisher, otra vez, están solos.

Dave Fisher (¡cuánto llega uno a querer a este personaje!) se queda cuidando a su hermano. ¿Qué hará sin él? Cierta vez recibió un cadáver muy deteriorado. Era un homosexual, le dijeron. Una pandilla de homofóbicos lo había golpeado hasta matarlo. Esto no se ve en Will & Grace. Dave se horroriza. Empieza a restañar las heridas del cadáver, aún no ha llegado Rico. A sus espaldas, aparece (herido, sangrante) el muchacho homosexual: “Por más que me arregles voy a ser siempre lo que fui: un puto como vos”. Dave se hiere, tiene miedos profundos. Hasta teme perder a Keith, algo que no ocurrirá. Ahora sigue con Nate. Lo mira y dormita porque Nate respira con serenidad. Dave se duerme y luego se despierta. Un ruido agudo lo despierta. Es la línea de la muerte en el monitor de Nate. La próxima lápida que vemos es la de Nate Fisher. A partir de aquí un personaje con capucha roja se le aparece a Dave, persiguiéndolo. Por fin, Dave se detiene y le quita la capucha. Es él. Dave lo abraza. ¿Qué es ese abrazo? ¿Se aceptó, encontró la paz? Lo cierto es que, ahora, murió el segundo padre. Todos están otra vez a la deriva. Como la sociedad norteamericana.

El último muerto de la serie es un alarde de valentía y de libertad en medio de un país cada vez más dictatorial y controlado. Siempre les fue posible a los yankis prender fogatas críticas en su sociedad. Quisiera no reconocerlo pero no sería justo. Es así. Siempre hubo voces libres y posibles y audibles y valientes y no subterráneas sino dichas a la luz del día, porque siempre el sistema, por sus supuestos, por sus fundamentos, por su respeto al individuo y a la ética de los “padres fundadores”, tuvo que tolerar esos disensos. La última muerte es la de un soldado que llega de Irak. Es el último capítulo de la serie y abre así. Está en un hospital, sobre una cama, todo vendado, y no tiene piernas y le falta el brazo derecho. Entra una mujer. Es su hermana. El soldado le pregunta: “¿Lo trajiste?” “Sí”, dice ella. “¿Estás seguro?” “Sí”, dice él. Ella le entrega una inyección. Él le dice que se vaya. Ella se va. Él se aplica la inyección en medio del pecho, de abajo hacia arriba, y la aguja penetrará su corazón. Lo vemos morir con lentitud, solo, destrozado física y espiritualmente: un “héroe de la lucha por la democracia en Irak”. Más tarde, Claire hablará con la hermana. Ella dirá: “Creí que había nacido en la era de Internet, de las tiendas The Gap. Y no. Nací en la era del 11 de septiembre. De la guerra de Irak. De la muerte”. Al día siguiente, Claire discute con alguien: “¿O no saben que traen los muertos de noche?”, grita, “¡De a cientos los traen! Para que no los veamos. ¿Y todo para qué? Para que usted, idiota, le ponga gasolina a ese coche de mierda”. Patea el automóvil y se va. Esto habría sido inimaginable con Stalin, con Hitler o con Videla. Y podría agregar otros nombres. En plena era Bush, con ese cowboy fascista al frente del Estado autoritario, Ball les muestra a todos los que en el mundo ven y verán Six Feet Under lo que opina de Irak: una guerra gasolinera, que despedaza a sus supuestos héroes, un gobierno mentiroso que trae los cadáveres de noche, envueltos en plásticos negros para que los crédulos ciudadanos no vean el resultado del horror. Alan Ball triunfó, con su brillante guión de American Beauty, en el cine. Raro que luego un guionista se pase a la televisión. El camino suele ser el inverso: se triunfa en TV y después se abren las puertas doradas de Hollywood. A Alan Ball no le importó. Quería decir muchas cosas y pensó que necesitaba cinco temporadas en televisión para decirlas. Pocas veces vi tantos cadáveres. Pocas veces vi tantos entierros. Tantos conflictos. La muerte de Nate nos deja solos a todos. A los Fisher y a nosotros. Incluso Ball nos muestra la muerte de cada uno de los Fisher. Claire, por ejemplo, vive hasta los ciento un años. Brenda hasta los ochenta y dos. Dave hasta los setenta y cinco. Federico también. Todos habrán de tener su lápida. Todos, su funeral, a cajón abierto. Alguien, antes, como hacían Federico y Dave, los habrá preparado para verse bellos en su máscara final. De todos ellos también alguien dirá algo. A todos los llorarán quienes los suceden. Y todos, a lo largo del tiempo, serán olvidados. Lo único que hay es esto y, dice Alan Ball, bueno o malo, no es poco, es lo único y es mucho si se lo acepta. Por otra parte, mientras en Norteamérica haya creadores como Alan Ball, que dejen el cine porque (aunque triunfadores) quieren decir algo en televisión, que nos muestren a ese “héroe de Irak” sin piernas y suicidándose con su única mano (mientras Claire grita “hacemos guerras para que los idiotas les pongan gasolina a sus autos”), creadores que nos den una mano en nuestra lucha por aceptar la muerte y amar la vida, uno podrá aún esperar algo, algo que no sea el Apocalipsis, el fin antes del fin.

Sólo algo más: Ball es un guionista admirable. Sobre todo por el esfuerzo que todo esto ha de haberle costado. Un escritor que escribe cinco años sobre la muerte no es porque no le teme, sino por lo contrario: está desesperado por conjurar ese pavor. De ese pavor de Alan Ball, vehiculizado por su talento, nos hemos largamente beneficiado.

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