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Domingo, 16 de julio de 2006

CINE > CHABROL FILMA LA IDIOTEZ DEL PODER

Liberté, igualité, corrupté

Claude Chabrol, el agudo director de la nouvelle Vague que se ha especializado en diseccionar a la discreta burguesía francesa, ahora pone la lente en sus miserias públicas: el sonado caso de corrupción que involucró a la petrolera Elf y al Estado galo. Pero, como siempre, lejos de la grandilocuencia, La comedia del poder es un incómodo retrato de la estupidez humana.

 Por Mariano Kairuz

Cuarenta y cuatro años atrás, en una entrevista para la revista Cahiérs du Cinema, Claude Chabrol –el más prolífico de los realizadores de la Nouvelle Vague, con una filmografía que, entre largos, segmentos de films colectivos y algunas producciones televisivas, suma alrededor de setenta obras– dejó establecida una idea esencial de su cine: que la estupidez le resultaba “infinitamente más interesante y más profunda que la inteligencia”; que “ver a un ser humano profundamente estúpido es muy enriquecedor, no hay por qué despreciarlo por ello”. Y a poco de empezar La comedia del poder –su última película, presentada hace unos meses en el Festival de Berlín– queda claro que en el personaje de Humeau, corrupto empresario que cae a manos de una jueza implacable, ha conseguido expresar esta idea como quizá nunca antes lo había hecho.

La comedia del poder no es exactamente una comedia ni tampoco se llama así originalmente: su título de estreno en castellano traduce el de su circulación en inglés. Su original en francés, L’ Ivresse du pouvoir, viene a ser “la embriaguez del poder”. Pero ninguno de los dos es inapropiado, y si La comedia... no describe al poder ni a la corrupción como asuntos precisamente ligeros o para la risa, sí los muestra como un juego y un oscuro entramado de representaciones. Sus personajes más poderosos son exhibidos como villanos temibles pero también un poco caricaturescos; tan absorbidos ya por el juego que ni siquiera parecen tener una conciencia cabal de su villanía.

El guión, escrito por Chabrol y Odile Barski, está inspirado en el sonadísimo Elf Affaire, escándalo que involucró al gigante petrolero y a varios funcionarios del gobierno francés. Isabelle Huppert interpreta a una severa jueza de instrucción llamada Jeanne Charmant-Killman (“Kill-man”: todos sus enemigos son varones). El tal Humeau (François Berléand) es el presidente de una compañía de la que nunca sabremos en qué se especializa; porque lo que verdaderamente importa es la percepción que tiene el acusado de los cargos que se han echado sobre él. Para él, todos esos gastos personales cargados a cuenta de la empresa –incluyendo el costoso mantenimiento de una amante–, así como los pagos de “comisiones” a personajes influyentes y la financiación de partidos políticos, son tradicionales prerrogativas de su posición. Ni él, ni los otros poderosos que lo rodean y que cuando las cosas se le compliquen habrán de soltarle la mano, alcanzan siquiera a considerarlo un delito, ni a ver el enorme daño que infligen sobre los no poderosos. Esa es, dice Chabrol, la embriaguez del poder, que nubla no sólo la conciencia sino el sentido común incluso de hombres que, como Humeau, han hecho carrera desde abajo. Simultáneamente, otra historia crece a medida que avanza la película: la vida personal de la jueza, a la que su marido, en un momento, poco antes de la inevitable disolución matrimonial y ante la creciente notoriedad de ella, le dice que se la ve “lisa como el mármol”.

En la presentación de la película en Berlín, Chabrol recordó del caso Elf que “cada vez que lo veía por televisión, me parecía curioso cómo esas personas tan bronceadas decían que todo lo que hacían era legal. Son muy inteligentes, pero a la vez muy tontas”. Humeau encarna esa vieja fascinación del director. Pero al mismo tiempo, y sin necesidad de echar mano a un recurso tan burdo como hubiera sido el de empatar moralmente a la magistrado y al criminal, Chabrol consigue generar un efecto de incomodidad. Esto es, hacia el final, cuando Humeau reaparezca, visiblemente desmoronado, y parezca más humano que la incorruptible y marmórea jueza matahombres.

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