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Domingo, 16 de julio de 2006

TELEVISIóN > UNA MINISERIE SOBRE LA éPOCA DE ORO DE ELVIS QUE VALE LA PENA

El tiempo del jopo

 Por Mariana Enriquez

Las películas biográficas –que la industria del cine llama “biopics”– nunca pasan de moda; no se puede afirmar que hoy vivan un auge particular. Y cada vez se atreven con mitos más grandes –¿ya estarán produciendo la de Brando?– y con muertos más recientes: apenas esperaron que Ray Charles y Johnny Cash bajaran a la tumba para recrear sus vidas.

Pero hay (casi) intocables. Y uno de ellos es Elvis Presley. En Argentina es imposible medir el grado de sacrilegio que significa interpretar mal al Rey, porque el código genético nacional no lo tiene marcado a fuego como patrimonio y religión. Pero en Estados Unidos, donde se lo venera como a un dios –literalmente– y donde muchos fans creen que sigue vivo, meterse con Elvis no es cosa fácil. Por eso, quizá, la miniserie de dos capítulos que estrena mañana Cinecanal (poco más de un año después de que saliera al aire en Estados Unidos) gana en méritos. Porque va un poco más lejos de lo que el respeto reverencial se había atrevido hasta ahora.

Aunque es respetuosa, claro. Cuenta con la aprobación del Elvis State, es decir, Priscilla Presley y su hija Lisa Marie, quienes por primera vez permitieron que se usaran las grabaciones originales y también que Graceland se usara como locación. Tanta generosidad tiene muy buen pago: la miniserie se ocupa del Elvis menos conflictivo, desde 1952 hasta su mítico regreso televisivo en 1968, con ese glorioso especial para NBC. Y por lo general lo muestra como un muy buen chico sureño que, como le hubiera sucedido a cualquier otro ser humano normal, tuvo muchas dificultades para lidiar con su leyenda. El guión es mediocre, bien al estilo “película para televisión”, y la decisión de narrar en severa forma cronológica resulta anacrónica; también resulta gracioso que el actor Robert Patrick interprete al padre de Elvis, porque en la biografía de Johnny Cash, Johnny & June de James Mangold, actúa de... padre de Cash.

Sin embargo, Elvis asume unos cuantos riesgos. El primero y el más importante es la elección de Jonathan Rhys-Meyers como Elvis. Podría haber sido desastrosa. Un actor irlandés, conocido por personajes rufianescos y sinuosos (Match Point de Woody Allen) o sexualmente ambiguos (Velvet Goldmine de Todd Haynes, y Alexander de Oliver Stone). Un actor muy europeo además, criado en películas independientes británicas y de una belleza algo maligna que recuerda los años mozos de Terence Stamp o Malcolm McDowell. Algo vieron los productores, porque Rhys-Meyers es lo mejor de Elvis. Por supuesto, su interpretación tiene algo de imitación –¿cómo no?–, pero jamás es paródica. Se mueve con pasmosa tranquilidad por el marcado acento de Elvis, es impecable en la recreación de los shows –ayudado por una dirección de arte puntillosa– y con un de verdad imperceptible maquillaje en ciertos ángulos se parece al Rey hasta lo sobrenatural. La única objeción es cierta imperdonable falta de sincronización en el doblaje de las canciones, culpa de la edición o de un efecto de inconsciente colectivo que no puede admitir esa voz y esas palabras en otra boca que no sea la de Elvis. El establishment reconoció el esfuerzo, premiándolo nada menos que con un Globo de Oro el año pasado. El propio Rhys-Meyers admitió: “Cuando les dije a mis amigos en Cork que iba a hacer de Elvis, se me cagaron de risa y me desearon suerte porque imaginaban un escenario catástrofe. Yo también. Pensé que los productores estaban locos y me dije: ‘Bueno, es un desafío, y después de todo me van a pagar mucho dinero’. Apenas puedo creer que haya salido tan bien”.

Elvis, además, incursiona en ciertos aspectos no tan explotados de la vida del ídolo y también en otros que resultan insólitos, teniendo en cuenta que se trata de una biografía autorizada. Su romance con Ann Margret (Rose McGowan), por ejemplo. O la muy extraña escena en que Elvis, con su hija en brazos, le explica a Priscilla que ya no podrá tener sexo con ella porque “nunca pude acostarme con una mujer que es madre”. Priscilla (la desconocida Antonia Bernath, una decisión de casting desafortunada) le grita: “¡Yo no soy tu madre!”, y es muy pero muy raro que esa “excentricidad” del ídolo quede tan expuesta. Tampoco se ahorra la infame anécdota acerca de cuando Priscilla –apenas una adolescente: Elvis empezó a salir con ella cuando la chica tenía 14 años– tomó algunos somníferos de su novio para averiguar de qué se trataban todas esas pastillas y pasó dos días inconsciente, sin que nadie del círculo presleyriano siquiera considerara la posibilidad de llamar a un médico. Algunos aspectos, como su etapa mística en los ‘60 o la asfixiante relación con su familia y la mafia de Memphis (sus colaboradores más cercanos, grupo de ayudantes y guardaespaldas que, se cree, contribuyeron al aislamiento del ídolo) están menos explotados, pero bien sugeridos. Tal como la extremadamente edípica relación con su madre Gladys, que por momentos roza la perversión, aunque el guión cuida la línea de amor maternal; se sabe, y en la miniserie así se representa, que Elvis le decía a su mamá “baby”, y que mientras estuvo viva nunca dejó de hablarle como si fuera un niño pequeño.

La primera parte de Elvis, que llega hasta su entrada en el ejército, es predecible y convencional. Pero la segunda parte se aproxima todo lo posible, dentro de las limitaciones del caso, al lado oscuro del gran mito americano. Y la banda de sonido es, por supuesto, soberbia.

Elvis se estrena mañana a las 22 por Cinecanal.
La segunda parte va el domingo 23 y repite el jueves 27 a las 17.05. También se consigue en DVD como Elvis, los primeros años.

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