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Domingo, 19 de noviembre de 2006

FAN › JULIETA ZYLBERBERG Y “LABERINTO” (1986), DE JIM HENSON

El laberinto de la infancia

 Por Julieta Zylberberg

Laberinto es una de las películas que más veces vi en toda mi vida. Cuando era chica me moría de miedo. Era un mundo en el que entraba con total facilidad, las imágenes eran las más lindas y David Bowie, el más malvado. Por eso la elijo: su mundo fantástico es el mismo que yo disfruté en mi infancia.

Mi prima tenía una casita en un pueblo llamado Matheu. Ahí pasé Navidades, Años Nuevos, domingos y feriados. Ahí aprendí a nadar en la parte profunda de la pileta, y supe que Papá Noel no existía. Mariana, mi prima, tiene dos años más que yo y fue mi ferviente compañera de juego.

En el jardín de la casa de Matheu había un tacho enorme con salitre. Salitre hasta el tope, con ramas y otros desperdicios. Para nosotras, el tacho era un guiso. Todos los fines de semana el juego era el mismo: nosotras éramos dos hermanas huérfanas que tenían un restaurante en el medio de un campo, una montaña, un pueblo pequeño.

El juego tenía varios momentos, uno era el de ir a hacer las compras. Los hombres imaginarios golpeaban la puerta de nuestro negocio y nosotras les pedíamos tiempo para hacer las diligencias. Entonces salíamos de expedición por todo el jardín. Buscábamos ramitas, bichitos, hojas, pétalos de rosas (los más codiciados). Cocinábamos todo en el guiso de salitre. Poníamos la mesa. Los comensales eran exigentes. Cada una atendía diferentes mesas y charlaba con sus clientes. Alguno estaba enamorado de ella, otro de mí. Otros intentaban aprovecharse de alguna y los sacábamos a los gritos. Otros nos hablaban de nuestros padres fallecidos, entonces llorábamos. Con lágrimas de verdad. Cuando la cantina quedaba vacía, por fin podíamos descansar. Entonces nos tirábamos al sol, en el pasto y charlábamos largo rato.

Todo se extendía por horas. Nunca flaqueábamos. La convicción era absoluta. En ningún momento se dudaba de que hubiera mesas, guiso, cubiertos, personas. Los pétalos eran trozos de carne y las ramas los condimentos, los bichitos las verduras.

Supe de memoria algunos diálogos de Laberinto: “Por increíbles peligros e innumerables fatigas, me he abierto camino hasta el castillo más allá de la ciudad de los Goblins (para recuperar al niño que me has robado). Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya, y mi reino igual de grande... ¡No tienes poder sobre mí!”.

Esa es la frase que finaliza la gran pesadilla.

Yo la decía a la par de Sarah y me estremecía. No veía que la vestimenta del siniestro Rey de los Duendes estaba formada por unas calzas finitas que marcaban su silueta. Tampoco me permitía ver que el pozo de caras por el que ella se caía eran manos infinitamente talentosas.

La niña/adolescente debía atravesar un mundo de hadas para recuperar a su hermano bebé (sustraído por el rey de los Goblins a pedido de ella). Todos los personajes que habitaban el laberinto existían en su vida, formaban parte de su libro preferido.

Eso hacíamos nosotras. Flotábamos inconscientes en nuestra propia imaginación.

Así como Sarah comparte un último baile con los Goblins al finalizar su odisea, yo a veces todavía me siento impregnada de ese pasado lleno de guisos de salitre y flores transformadas en bifes mariposa.

Extrañísimo, original, surrealista, Laberinto (Labyrinth, 1986) fue el último largometraje de Jim Henson, el creador de los Muppets. Basado en una historia del canadiense Dennis Lee y un primer guión del ex Monty Python Terry Jones, e inspirada fuertemente en los diseños del artista holandés M. C. Escher pero también en Alicia en el País de las Maravillas (y los juegos de lógica a los que era tan afecto Lewis Carroll) y El Mago de Oz, lanzó a la fama a la joven Jennifer Connelly. Ella interpretaba a Sarah, la adolescente que queda a regañadientes al cuidado de su hermano bebé Toby una noche, y debe salir a buscarlo cuando es raptado por el rey y hechicero Jareth. Para este papel fue convocado David Bowie, pero tras descartar —según indica la trivia de la película— a otras dos estrellas pop de la época: Michael Jackson y Sting. Los personajes que se unen en el viaje de Sarah son criaturas fantásticas de la factoría Henson, perfectamente reconocibles después de años de programas como Plaza Sésamo. Los referentes de cuentos de hadas crueles que sostienen la película se van haciendo explícitos en pequeños detalles de fondo, tales como la inclusión del libro Where the Wild Things Are, de Maurice Sendak, una historia sobre un pequeño niño malo que sale a navegar rumbo a una tierra de monstruos. Y Escher aparece especialmente sobre el final, cuando Sarah ingresa al castillo de Jareth y se encuentra con escaleras imposibles que suben y bajan a la vez desafiando las leyes de la gravedad, como en Relatividad, una de las obras más famosas de este ilustrador.

La banda de sonido está compuesta de canciones creadas e interpretadas por el propio Bowie, tales como “Underground”, “Magic Dance”, “Chilly Down”, “As the World Falls Down” y “Within You”.

Julieta Zylberberg actúa en Lucro cesante, de Ana Katz. Las dos últimas funciones del año son el domingo 19 y domingo 26 a las 20.30 en Abasto Social Club, Humahuaca 3649. También trabaja en la película Cara de queso, de Ariel Winograd y en Mañana vemos, Canal 7, de lunes a viernes 10 a 12.

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