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Domingo, 24 de marzo de 2013

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Sombreritus, sombreritus

George Peter Alexander Healy nació el 15 de julio de 1813 en Boston. Destacado retratista de personajes ilustres, por su pincel pasaron Daniel Webster, Henry Clay, John Calhoun, Audubon, Pío IX y varios presidentes de los Estados Unidos, desde John Quincy Adams hasta Ulysses Grant. Su padre fue un capitán irlandés de la marina mercante del que Healy quedaría huérfano muy joven, acontecimiento que lo impulsa a asumir el papel de sostener económicamente a su madre, siendo el mayor de cinco hermanos. Comenzó a dibujar a los dieciséis años, demostrando gran destreza técnica en la copia precisa. En 1834 viajó a Europa, donde estudió con Antoine-Jean Gros y Thomas Couture. Pronto se convirtió en un retratista prolífico y popular. En 1869 pintó el retrato de Abraham Lincoln, que fue utilizado para el sello de correos en el 150 aniversario del nacimiento del presidente. El estilo de Healy es esencialmente francés. Su refinado sentido del color, su dibujo preciso, la exactitud expresiva en los rasgos de los retratados y su ajustado manejo de las luces y sombras le valieron un lugar privilegiado en el arte del retrato. “Todos mis días fueron perdidos en mi taller de pintura”, escribió en su libro Reminiscencias de un pintor de retratos. Murió en Chicago, el 24 de junio de 1894.

 Por Diego Vergara

Buscando algo que ya he olvidado en la web

encontré el retrato femenino pintado por P. A. Healy.

El sombrero de la joven mujer es de amarilla y cítrica pelusa, semejante a la cáscara de las frutas por madurar, que invitan a la paciencia a hacerse presente. Por dentro, el sombrero de esa chica acaudalada es de paño amarillo, quizá terciopelo, idéntico a la piel suave y perfumada de los frutos carnosos.

Con intención provocadora alguien ha reforzado el llamativo tocado con largas y volátiles plumas originarias de un ave exótica que ahora anida entre florales puntillas.   

Todo es amarillo, vivo y amarillo, de brillantes y variopintos amarillos. Ella, cuidadosa de los detalles, lleva puesto guantes al tono.

Al verla me entusiasmo con pensar que ha decidido ir dejando de lado la rigidez del mundo burgués, animándose a rodear su cabeza de colorido fulgor. Se iguala con el sol que despunta en la mañana y nos da la pauta de que ella también se ha despertado.

Todo mi interés sobre esta pintura se centra en el hermoso sombrero que la mujer luce. A tal punto llega mi admiración que he elegido esta obra maravillado por el modo en que el pintor lo ha resuelto técnicamente. Por fuera los tonos se vuelven tenues gracias a las mezclas del color reinante con blanco, que atenúa su fuerza, y los tintes violáceos de las sombras. Su interior, en cambio, se presenta cálido y un tanto anaranjado. Buscando hacer del accesorio un acento dentro del cuadro, el artista lo envuelve con un romántico cielo, resultado de la mixtura indefinida de violetas pálidos, celestes y rosas. Toda la atmósfera que rodea a la figura principal se encuentra esbozada, parece haber sido relegada en favor de realzar la belleza de la protagonista. La corporeidad de las nubes resulta de pinceladas firmes y el follaje de los árboles se define entre manchas y breves toques. Más atrás se erige un edificio indescifrable, y el horizonte se recorta entre las cimas caprichosas de las montañas. Ese fondo me recuerda a muchas pinturas del arte contemporáneo, en las que el artista hace del tratamiento alivianado de la pintura una cualidad. Aquí la transparencia de la materia funciona como luz, el blanco del lienzo soporte se convierte en la claridad del escenario.

Cuanto más observo estos detalles más se afianza mi gusto por la obra y comienzo a preguntarme sobre el oficio de ser pintor. ¿Cómo puede un hombre representar tan dignamente incontables cosas del mundo? ¿Cómo es que el óleo se vuelve carne o cabello sedoso, paño pesado o género brillante y vaporoso, cielo tumultuoso o tierra húmeda?

Si alguna vez me encuentro parado delante de esta obra, una vez culminado el suspiro aliviador de la emoción que me suscitará el verla, podré acercarme a ella ahogado en el silencio.

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Diego Vergara y Euphemia White Van Rensselaer, de George P. A. Healy
 
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