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Domingo, 24 de marzo de 2013

INVESTIGACIONES > LA BIOGRAFíA DE AMALITA Y TODO LO QUE SU PUBLICACIóN RESUCITó

LA DAMA DEL CEMENTO

Fue la persona más rica de la Argentina y una de las más ricas del mundo. Fue célebre por haberse casado con un millonario, pero también por haber convertido esa fortuna, una vez viuda, en algo inimaginable. Nunca se volvió a casar, se movió como nadie en la bambalinas del poder; su colección de arte terminó siendo un museo; su vida está llena de nombres y hombres famosos envueltos en rumores y versiones. Una biografía de Amalia Lacroze de Fortabat enfrentaba el desafío de perforar el sólido silencio alrededor de su figura y prometía la recompensa de poder pintar no sólo a una mujer sino a la historia del país y más de una época. Amalita (Sudamericana), de Marina Abiuso y Soledad Vallejos, lo cumple. Y lo cumple tanto que, una vez publicada, las historias sólo siguen apareciendo de los lugares más insospechados.

 Por Claudia Piñeiro

Un epígrafe marca el camino de lectura que un autor pretende para lo que ha escrito. Nunca es una elección inocente. Allí nos dice: léanme desde este lugar, desde este autor, con esta cosmovisión. En ese sentido Amalita, la biografía, de las periodistas Marina Abiuso y Soledad Vallejos, arranca con un acierto: el epígrafe es de la misma Amalia Lacroze de Fortabat. Nada de referencias literarias ni de personajes encumbrados. Quién sino ella puede decirnos desde dónde hay que leer su vida. Y este epígrafe anticipa lo que encontraremos en el texto: un retrato ácido, sin bajada de línea, pero sin contemplaciones. “Una vez me pregunté si todo esto tenía sentido, si mi misión en el mundo no era otra. Pensé muy seriamente en dejar todo e ir a trabajar con los pobres al Africa. Al final no fui por el calor. Yo sufro mucho el calor.”

Amalia Lacroze de Fortabat nació en Buenos Aires el 21 de agosto de 1921. Primogénita en una familia en la que luego nacerían dos hermanas y un hermano, desde siempre la llamaron Amalita para diferenciarla de su madre. Pero su entrada en sociedad sería recién en octubre de 1939, en un Petit Hotel de la calle Alvear, junto con otras “señoritas” de familias de la alta sociedad. Dicen Abiuso y Vallejos: “Amalita llevaba un vestido de crêpe imprimé en fresa y verde sobre fondo blanco. Usaba pulseras de fantasía”. Si alguien cree que describiendo lo que Amalita llevaba puesto esa noche las autoras sólo hablan de vestidos es que no leyó a Proust. Con ese detalle nos señalan la contradicción. Amalia Lacroze no era la más linda, ni la más distinguida, tenía apellido pero no dote. Sin embargo algo había en esa joven dama que la llevaría a ser años más tarde la reina del cemento, heredera de Loma Negra y de una fortuna de procedencia no siempre clara que ella misma contribuyó a aumentar. Una lectura atenta de esta biografía indica que en esa transformación hubo un plan, un recorrido deliberado. Tal vez a ese plan se deba que, cuando Amalita se casó con Hernán Lafuente, Alfredo Fortabat mandara un regalo sólo para ella, regalo que dejaba afuera al novio explícitamente: una pulsera de oro de Ghiso. Desde entonces el devenir de la relación de Alfredo Fortabat y Amalita sería casi un folletín por entregas. “Encontró en mí todo: la mujer, la madre, la amiga, la colaboradora. (...). Yo llegué de repente a su vida, y le cubrí todo. Hasta le di una hija, Inés, que entonces tenía cuatro años.” Sin embargo Amalita y Alfredo recién podrían casarse en 1954, cuando durante el gobierno de Juan D. Perón se promulgó la ley 14.394 que permitió casarse a los divorciados, en el corto tiempo que estuvo vigente. “La leyenda según Amalita: una boda civil en la Argentina era necesaria pero no suficiente. Ella y Alfredo recorrieron el mundo ratificando su unión. Montevideo, Asunción del Paraguay, el pequeño pueblo mexicano Techitenango. En todos habrían estampado sus firmas al pie de documentos que los confirmaban como señor y señora Fortabat. No habían querido dejar lugar a dudas.”

Pero la biografía de Amalita no se reduce a cómo se vestía para sus presentaciones en sociedad ni a su historia de amor con Fortabat. ¿Por qué se escribe hoy una biografía?, ¿qué se quiere contar? En los orígenes del género, allá por el siglo XVII, una biografía generalmente contaba la vida de un santo, con un objetivo moralizador, como ejemplo de vida. Tiempo después, se sumaron a los santos destacadas figuras del ámbito civil, militar o artístico. Recién con el positivismo se le empieza a dar importancia al ambiente histórico, político y social. Hoy, que hay biografías de Shakira al papa Francisco, para que una biografía sea atrayente debe dar cuenta de varios requisitos. El primero, debe estar bien escrita; una biografía literaria que construya personajes, que se detenga en el lenguaje, que genere suspenso, tiene muchas más posibilidades de abrirse paso en las mesas de novedades. En ese sentido, Abiuso y Vallejos cumplen con éxito la prueba, dominan la escritura a cuatro manos sin que se note la mano de una o de otra. El segundo requisito, debe hablar de un personaje que despierte interés, en cuya vida den ganas de espiar, con matices y contradicciones. Allí Amalita pone lo suyo. Pero además una biografía –y acá va el tercer requisito– debe dar cuenta de una época. Es así que en este texto aparecen casi todos los hitos del siglo XX y comienzos del XXI. Revolución Libertadora: “Para Alfredo Fortabat, la Revolución Libertadora comenzó el 14 de diciembre de 1955. Ese día, el Boletín Oficial de la República Argentina publicó el decreto ley número 5148: la interdicción general de bienes de diversas personas y sociedades (...). Todos los mencionados en el decreto-ley eran sospechados de haberse beneficiado de manera impropia durante el peronismo. Era, en términos más concretos, una acusación de corrupción. El nombre de Alfredo Fortabat figuraba en esa lista”. La dictadura: “El 29 de abril de 1977 fue secuestrado en Olavarría el abogado laboralista Carlos Alberto Moreno (...). Moreno sufrió torturas, fue interrogado con picana eléctrica, golpeado y sometido a condiciones infrahumanas (...). Moreno era abogado de la Asociación Obrera Minera Argentina y había participado en seis causas laborales contra Loma Negra”. La guerra de Malvinas: “Alonso, el mismo que alimentaba al plantel del Club Loma Negra, prepararía viandas para que los trescientos lomenses patriotas desayunaran en la ruta (...). En el camino se animaban con cánticos de fervor bélico popular, casi futboleros (...) y la Señora de Fortabat estaba dispuesta a colaborar en todo lo posible. Había empezado por prestar su Learjet, su helicóptero y su piloto”. La crisis del 2001: “Era la única en su especie, no había otra empresaria en Casa Rosada al atardecer del jueves 19 de diciembre de 2001 (...). Conversó con el Presidente De la Rúa. Le garantizó su apoyo irrestricto”.

Por último, quienes miren a esta biografía con ojos de voyeur y chismorreo encontrarán hacia el final un índice onomástico. Desde allí, podrán ir directamente a la página que menciona distintos personajes que pasaron por la vida de la reina del cemento, y por la nuestra. Juan José Camero, Palito Ortega, Enrique “Coti” Nosiglia, Henry Kissinger, Lita de Lázzari, Carlos Menem, sólo por nombrar algunos. Otra forma de entrar en la vida de una de las mujeres más poderosas en la Argentina del siglo XX, tal vez la más poderosa. Una mujer que habría dejado todo para ir a ayudar a los pobres de Africa, si no hubiera sufrido tanto el calor.

Amalita, la biografía

Marina Abiuso y Soledad Vallejos

Sudamericana

351 páginas

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Eduardo Molinari, Las Banderas (detalle: Carlos Saúl Menem y María Amalia Lacroze de Fortabat, en Espejos. El camino incierto al País de las Maravillas, junio de 2012). Instalación, dimensiones variables. Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Buenos Aires.
 
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