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Domingo, 14 de febrero de 2010

SALí

Rastros de la buenos aires antigua por ignacio molina

Historia subterránea

El Zanjón de Granados: tiempos remotos en San Telmo

Una casa construida en 1830 ya es de por sí un valioso testimonio histórico. Pero si bajo sus cimientos se descubren huellas de tiempos aún más remotos, el legado pasa a ser invaluable. Este es el caso de una vieja casa de San Telmo que fue noticia en 1985, cuando un grupo de obreros, al perforar el suelo mientras trabajaba en su reciclado, se encontró con un misterioso túnel. La posterior labor de arqueólogos determinó que en torno de ese túnel había rastros de diferentes épocas de la vida de Buenos Aires. Hoy este lugar (que fue, sucesivamente, una casa aristocrática hasta la epidemia de fiebre amarilla de 1871, un conventillo hasta mediados del siglo XX y un basural hasta comienzos de la última década del ochenta) es un museo que no debería dejar de visitarse. Acá, en los recorridos guiados por los túneles y pasillos subterráneos, se descubre parte de la historia porteña. En las barrancas del arroyo Zanjón de Granados, según algunos historiadores, Pedro de Mendoza llevó a cabo la primera fundación de Buenos Aires en 1536. En tiempos de la segunda fundación, cuatro décadas más tarde, este arroyo funcionaba como el límite entre el norte y el sur de la ciudad. Tres siglos después, hacia la época de la independencia, el Zanjón ya era un arroyo subterráneo que en 1820 fue entubado hasta que los obreros de 1985 cometieron su involuntario descubrimiento. En el museo se aprecian los centenarios túneles del arroyo, y restos de objetos (herramientas, baldosas, clavos, utensilios, adornos, etc.) y de viviendas de los siglos XVIII y XIX. Y en la planta superior, ya al ras del suelo, pueden visitarse las habitaciones, especialmente acondicionadas, de lo que fue la casa aristocrática y el conventillo. Al regresar al siglo XXI, atravesando la puerta de calle, resulta inevitable sentir algo del peso de la historia sobre los hombros.

El Zanjón de Granados queda en Defensa 755. Abre de lunes a viernes de 11 a 16 y domingos de 13 a 18. Teléfono: 4361-3002

Un rincón inglés

La estación de trenes de Coghlan, construida en 1891

Las reliquias de los siglos pasados se pueden contemplar no sólo en los museos. También es posible encontrar rastros de ellas caminando por la ciudad, observando casas y edificios públicos que fueron pensados y ejecutados bajo una idea de urbanidad muy diferente de la que se tiene hoy en día. Uno de esos casos es el de la estación de trenes de Coghlan, uno de los edificios ferroviarios porteños que mejor se conserva desde su fundación y que le da nombre a ese pequeño barrio del noroeste de Buenos Aires (rodeado por sus vecinos mayores Belgrano y Villa Urquiza). La estación –que homenajea desde su nombre a John Coghlan, un ingeniero irlandés que trabajaba en el Ferrocarril Central Argentino– fue terminada de construir en 1891 bajo el influjo del estilo arquitectónico inglés que se les imprimía a la mayoría de las estaciones ferroviarias en aquella época: columnas de hierro fundido, muros revocados y techos con estructuras de madera. En lo que fuera su sala de damas, ubicada junto a la antigua boletería, funciona desde 1982 una biblioteca, que hoy cuenta con cientos de volúmenes a disposición de los lectores. Las particularidades de la estación se completan con el magnífico puente peatonal que conecta los andenes: una sólida estructura de hierro fundido fabricada a fines del siglo XIX en talleres de la ciudad escocesa de Glasgow. Muchas de las casas que la rodean fueron construidas con el mismo estilo que la estación. Recorrer las calles tranquilas y arboladas de Coghlan puede resultar, entonces, una suerte de viaje en el tiempo hacia más de un siglo atrás. Es probable que a muchos aficionados a la literatura y a la pintura la estación Coghlan les remita a obras de alguna de esas artes: sucede que la pintora germano-argentina Anikó Szabó y el escritor Mempo Giardinelli bautizaron con ese mismo nombre a un cuadro y a un libro de cuentos respectivamente.

La estación Coghlan queda en Estomba y Pedro Ignacio Rivera.

Porteños del siglo XIX

El museo Saavedra: política y vida cotidiana

Una manera de conocer los usos y las costumbres de los porteños decimonónicos es la de acercarse al Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio Saavedra. Este museo funciona desde 1941 dentro del parque General Paz, pegado a la avenida que separa la Capital Federal de la provincia de Buenos Aires, en una vieja casona que posee una historia casi tan rica como la de los objetos que contiene. Se trata de una casa construida en 1870 por Luis María Saavedra, sobrino de Cornelio, que lamentablemente setenta años después, al ser adquirida por la Municipalidad, fue refaccionada al estilo colonial que había estado en boga a principios del siglo anterior. De esta manera se perdió lo que habría sido un valioso testimonio de la arquitectura italianizante de la segunda mitad del siglo XIX. El museo cuenta con diez salas de exposición permanente que dan cuenta de tradiciones sociales y acontecimientos políticos. Entre las más interesantes se encuentran la sala de “lujos y vanidades femeninas del 1800” (donde se lucen peinetones, alhajas, abanicos, vestidos) y “las tertulias”, un amplio espacio dividido en dos partes que recrea las casas familiares de la primera y de la segunda mitad del siglo XIX. Allí, entre muchos otros muebles, se pueden ver mesas, sillones y cuadros antiquísimos, muchos de ellos pertenecientes a personalidades históricas. En otras salas se aprecian asombrosos testimonios de hechos cruciales de la vida política del país, como la carta de puño y letra, fechada en diciembre de 1828, que el general Lavalle le escribió al gobernador de Buenos Aires para anunciarle el asesinato del coronel Dorrego (“sepa el pueblo que este fusilamiento es lo mejor que puedo hacer en su obsequio”), o una bandera roja del ejército federal que vitorea a Juan Manuel de Rosas y reza en letras amarillas: “vivan los federales, mueran los salvajes, asquerosos e inmundos unitarios”.

El Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio Saavedra queda en Crisólogo Larralde 3609. Abre de martes a viernes de 9 a 18 y sábados y domingos de 10 a 20. Teléfono: 4572-0746

Doscientos treinta años en pie

El gomero de la Recoleta, el árbol más antiguo de la ciudad

En un mundo fantástico en el que los árboles pudieran ver y hablar, el imponente gomero que se encuentra en la plaza San Martín de Tours del barrio de la Recoleta sería el mejor (o al menos el más documentado) historiador de Buenos Aires. Este árbol de dimensiones asombrosas (hoy, ya entrado el siglo XXI, tiene una base de ocho metros de diámetro y una copa de alrededor de cincuenta) sigue en pie desde hace doscientos treinta años, resistiendo la amenaza constante que significó el desarrollo urbano a su alrededor. La historia del árbol más antiguo de la ciudad abarca la historia de la Recoleta, un espacio que en la segunda mitad del siglo XVIII era una extensa chacra donde el agrónomo Martín de Altolaguirre plantó una gran diversidad de árboles frutales y de plantas exóticas. El mítico gomero (incluido en los recorridos de guías turísticos) fue plantado en 1781, y se dice que todos los demás gomeros existentes en Buenos Aires fueron retoños suyos. Sus largas ramas (algunas alcanzan los treinta metros de extensión) les dan sombra a muchos de los visitantes de la vecina Plaza Francia, de los coquetos restaurantes de la vereda de enfrente y del cementerio de la Recoleta, otro de los íconos del barrio, donde descansan para la eternidad muchas de las personalidades que, para bien o para mal, forjaron la historia del país. Entre ellos, puede mencionarse al dictador Pedro Eugenio Aramburu, cuyo cadáver fue secuestrado de allí una noche de 1974 por los Montoneros (el mismo grupo que lo había asesinado cuatro años antes) y devuelto una vez que las autoridades cumplieron con la condición de repatriar el cadáver de Evita Duarte de Perón desde Italia, destino al que el mismo Aramburu había ordenado enviarlo décadas antes. Hoy, los cuerpos de ambos reposan a metros del centenario gomero que, en un mundo fantástico, podría narrar las veces que los ha visto pasar.

El gomero de la Recoleta está en la plaza San Martín de Tours, frente a la entrada del cementerio de la Recoleta

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