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Domingo, 14 de febrero de 2010

PERSONAJES > EVANGELINE LILLY: ¿HABRá VIDA DESPUéS DE LOST?

Pecosa

 Por Mariano Kairuz

Cuando apareció la pregunta fue quién era esta chica y de dónde había salido, dónde había estado escondida todo este tiempo.

Fue cinco años y medio atrás, empezaba Lost, y esta absoluta desconocida paseaba su despampanante juventud de cara plana y labios siempre insinuantes –casi perfectos para estar modelando por la misma plata y menos esfuerzo en sesiones fotográficas en Nueva York o París– por esa playa selvática con mucha naturalidad. Kate era otro de los misterios de la isla.

Y la pregunta se imponía, porque Evangeline Lilly no era nadie. Es decir, nadie en la industria del cine y la televisión, ni entre los directores de casting. Cuando su currículum contaba con apenas unos planos sin una sola línea de diálogo en unas pocas series y películas, llegó al casting de Lost algo así como un mes antes de que empezara el rodaje, desconfiando del guión, y se hizo su lugar gracias a esa cara (esos ojos y, de nuevo, los pómulos planos y los labios con vida propia) y un poco también por esa actitud atlética, incluso algo varonil, que arrastraba desde su infancia. Una chica con cara de princesita, pero dispuesta a ensuciarse el pelo para no desentonar a la hora de andar corriendo por ahí –siempre huyendo– con la remera transpirada. Una princesita de rasgos aniñados y pelo perfectamente cepillado que, sin embargo, se las arreglaría para hacernos creer (un poco, al menos) esa historia de rea que Kate carga en su pasado cercano. “Entré a Lost porque desde chica fui buena para treparme a los árboles”, dijo.

A Evangeline Lilly (Fort Saskatchewan, Alberta, Canadá, 1979) le gusta repetir esa historia trillada de la chica de pueblo que de pronto, un día en la ciudad, fue descubierta por el representante de una agencia de modelos, que pasaba por ahí. Y de cómo le ofrecieron trabajo y al principio se rehusó porque no le importaba para nada, pero después vio que el dinero no le vendría tan mal y así, un poco accidentalmente, una cosa llevando a la otra, terminó, ella-que-nunca-había-pensado-en-ser-actriz, siendo uno de los rostros más reconocibles del mundo.

Criada en una familia no muy acomodada (padre docente, madre asesora de belleza) con una fuerte educación religiosa, trabajó en un taller mecánico, y de mesera y de azafata y de unas cuantas otras cosas mientras se mudaba de pueblo cada seis meses, sólo por las ganas de viajar y de experimentar, dice, pero si alguna vez tuvo una vocación fue la de la ayuda humanitaria. Es muy seria al respecto e insiste en que no es el resultado de un ataque de conciencia por tanta fama y dinero obtenidos de repente y sin aviso. Dice que es lo que siempre quiso hacer, y parte del tiempo del que dispone entre el rodaje de una temporada de Lost (que se hace en Hawai) y la siguiente lo pasa no filmando películas con las cuales afianzar su carrera para cuando la serie se haya terminado, dentro de muy poco, sino en misiones de ayuda (en Ruanda, en Filipinas). Dice también que su agente la reta todo el tiempo por desaprovechar cada oportunidad que le ofrecen de convertirse en la próxima Angelina Jolie, aunque eso ya suena más bien a que se está mandando un poco la parte.

Ahora, en las entrevistas que da cada tanto, habla de su proyecto de publicar una novela y de dirigir una película y de terminar con la actuación, y la pregunta sigue siendo entonces quién-es-esta-chica a la que tal vez hayamos visto desaparecer dentro de un tiempo. Porque sus cinco temporadas y otra en curso de Lost han hecho difícil imaginársela fuera de Kate, un poco más real, más cotidiana. Sin más películas en su haber, apenas tenemos algunos atisbos de todo lo otro que puede ser Evangeline Lilly en esos flashforwards en los que Kate aparece perfectamente maquillada y vestida de impecable trajecito (que tan bien le queda también), envalentonada por un insospechado espíritu maternal, o en sus no más de tres minutos en pantalla en Vivir al límite, la gran película de Kathryn Bigelow en la que hace de la esposa de un veterano de guerra, insertando a la fuerza un poco de cordura (o locura) doméstica en medio de un demencial relato de guerra. Es insuficiente: tiene que haber algo más que Kate, que la chica que corre y trepa árboles y ya cansa un poco con su histeriqueo permanente entre el doctor correcto y el bandido encantador.

Queremos verla haciendo comedia, arreglándoselas en las escenas de sexo, probando que puede reemplazar a esa bonita pero improbable heroína de acción que es Kate Beckinsale, exhibiendo en una pantalla grande esas pecas que le valieron el sobrenombre con que la bautizó Sawyer en la ficción (y al parecer también entre tomas). O en más fotos como la de esta página, que es sencillamente impresionante, la contundente sugerencia de alguna de las muchas otras Evangeline Lilly que aún habrá por conocer, afuera de esa isla maldita.

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