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Domingo, 12 de junio de 2016

VALE DECIR

UNA PLAYA QUE ES UN TOALLÓN

Hay quienes consignan que una playa es más que una extensión de arena: son misteriosas conchas de animales marinos, algas, agua, objetos incongruentes arrojados por el mar. Para otros, como Cindy Crawford, es el lugar al que ir para que una rápida caminata devuelva, en tres minutos o menos, la requerida tranquilidad. Y no faltan los que depositan en las susodichas riberas atributos democratizantes: que iguala el acceso a la arena, los castillitos con pronta fecha de caducidad, los chapoteos edificantes. Omiten otros accesos igualitarios: al tedio inevitable de repetir las mismas cinco o seis actividades (tejo, paleta-pelota…); la lucha sin cuartel contra repentinas ráfagas de viento, con los correspondientes sopapos de esas minúsculas partículas de rocas disgregadas; la monotonía del romper de las olas. Sin olvidar, claro, una visual empobrecida por la sobredosis de esterillas o, en el mejor de los casos, toallones que han visto mejores días. Empero, hay salvación -más no fuera, para la última porción de la ecuación- en las toallas playeras de Eugenia Loli.

Griega de nacimiento, estadounidense por adopción, se trata de una artista con base en California, ducha en las bondades del collage, al que recurre para crear “fantasías no solicitadas”. Antaño enfermera, programadora y periodista de tecnología, la ávida coleccionista de revistas vintage con una pasión inenarrable por la ciencia ficción, comenzó a utilizar imágenes retro amén de dar con una estética personal: “narrativas visuales surrealistas”. Que luego, albricias, planta en merchandising de toda índole: almohadones, cuadritos, sobres, remeras, cubiertas de celular. Y, sí, sí, épicos toallones donde una niña bebe con sorbete de la masa encefálica de un señor, una lady compulsiva aspira una playa superpoblada, ojos despiden arcoíris y una mujer-pescado reposa bajo un puente, entre otros escenarios imposibles. “Lo que adoro del collage es con cuanta facilidad permite construir mundos fantásticos y dejar que nuestra imaginación vuele”, esgrime la doña, generosa en la producción psicotrópica. Y adiós, esterilla, adiós.

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