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Domingo, 24 de octubre de 2004

VALE DECIR

Vale decir

Consejos de un señor con gato
Más generoso que lo que parece en el reality show El aprendiz, Donald Trump, el magnate del pelo asombroso, se muestra más dispuesto que nunca a compartir el secreto de su éxito en su flamante libro Cómo hacerse rico. Allí dice cosas tales como que “uno no debe hacer negocios por dinero”, y se despacha con frases del tipo: “Confía en Dios y sé honesto contigo mismo”; “Tenga mano dura, pero sea flexible”; “Piense positivamente, pero sea paranoico y desconfiado”, y un largo etcétera. Pero como no sólo le parece importante saber hacer dinero sino también conservarlo, el tipo se reserva para eso su mejor consejo: el del contrato prenupcial. “Si yo no hubiese firmado acuerdos prematrimoniales en este momento no estaría escribiendo este libro desde la perspectiva del ganador”, indica con su prosa carente de todo pudor. “En mi divorcio con Ivanna me enfrenté a un autobús de abogados. Fue un tormento, pero gracias a que tenía un acuerdo prematrimonial, salvé los muebles. Tengo un amigo que está casado con una mujer que mide sólo 1,50 metro. Ahora se está divorciando: nunca había visto a un hombre más temeroso de una mujer. Y todo porque no firmó un acuerdo prematrimonial. Antes de conocerla, tuvo cuatro matrimonios fracasados y recuerdo que me dijo: ‘Donald, estoy tan enamorado de esta mujer que no necesito un acuerdo de esos’. No tuve la valentía de decirle lo que pensaba de verdad: ¡Eres un perdedor!” Sic.

La década sin nombre
La mañana del 1º de enero de 2001 no fue una mañana cualquiera: las primeras horas del siglo XXI transcurrieron con una sensación de alivio sin precedentes y con la insolencia del nuevo comienzo multiplicada por mil (el nuevo milenio así lo permitía). A fin de cuentas, el Y2K (o efecto 2000), que se veía venir como la inevitabilidad de la marea, chapoteó en la nada y las computadoras y televisores se prendieron, el spam atiborró las casillas de mails, los aviones despegaron con la furia habitual y nadie –que se sepa– salió corriendo a cubrirse en los refugios antinucleares repletos de agua mineral gracias a la psicosis milenarista. Todo ocurrió como siempre, salvo un detalle: el mundo no sabía en qué década estaba. Así nomás: si bien en los almanaques se siguieron tachando los días, la casilla que indica el nombre de la década seguía (y sigue) vacía.
La cuestión es simple: están las décadas de los ‘60, los ‘70, ‘80, ‘90, cada una con su identidad, su reparto político-actoral, sus hits musicales, sus libros gloriosos y películas descollantes; pero cuando llega el turno de referirse a los primeros diez años del nuevo siglo (del año 2001 al 2010), todos callan. Y quienes consideraban un despropósito vivir en un tiempo anónimo acudieron desesperados a lingüistas, semiólogos, poetas, escritores y editores de diccionarios en busca de una respuesta para 6 mil millones de personas. Pero nadie quiso arriesgar. Entonces aparecieron las encuestas: diarios como The Washington Post, The New York Times y el USA Today se volcaron a sus lectores y les trasladaron la responsabilidad nominalista (como cuando en el siglo XIV Petrarca bautizó la “Edad Oscura”; en 1438, el historiador Flavio Biondo hizo lo mismo con la “Edad Media”; y el periodista y abogado argentino José Luis Torres llamó “Década Infame” a los años que van de 1930 a 1943). Se abrieron sitios (namethedecade.com, ahora clausurada), se hicieron concursos radiales, se prometieron miles de dólares y vacaciones oníricas, pero nada. El premio gordo quedó vacante pese a las miles de propuestas recibidas. Quizá porque ninguna cumple con la cuota de seriedad que el nombre de una década (supuestamente) debe tener o porque en su mayoría eran simplemente bobas. Así están los que se inclinaron por “los ceros”, “los ¡oh, oh’s!”, “los dosmiles”, “los millies”, “los zips” y “los twenty zeros” (o “veinteceros”, según la manera inglesa de decir los años). Hasta hubo una (“los naughties”, de naught, cero, pero también traducible como”los traviesos”) que estuvo a punto de imponerse gracias a la pujante promoción que le dio su creador, un tal Gurú Adrian, alter ego del australiano David Wales, quien empapeló –más de una vez– Manhattan con afiches que decían “¡Chau noventas, hola naughties!”. Pero la cuestión es que la década sigue discurriendo sin etiqueta. Y a lo mejor no está tan mal: no todo el mundo tiene la fortuna de vivir una década sin nombre, apellidos o apodos, y con el desparpajo de ir por el tiempo sin el baño bautismal de la palabra. Cada uno llámela como quiera.

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