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Domingo, 8 de abril de 2012

VALE DECIR

Suertudo

El pasado 1º de marzo, el aficionado al arte Zachary Bodish, de Ohio, se acercó a una tienda de artículos de segunda mano buscando muebles kitsch para comprar. Como no encontró nada interesante, se mudó hacia una pila desordenada de cuadros y, revisando, halló un póster de Picasso a 14,14 dólares. Le llamó la atención que el cartel fuera mate y “no tuviera el acabado brillante que suelen tener los posters”; no se detuvo, sin embargo, en la mancha de tinta roja que tenía en una esquina.

Asumiendo que se trataba de una reproducción de calidad, desembolsó el monto y se llevó la obra a su casa. Al arribar, prestó más atención: vio, entonces, que la manchita era la firma del autor y estaba acompañada por los números 6/100. ¿Moralina? Todo indicaría –y expertos en arte y galeristas concuerdan– que Bodish compró un Picasso original. Y lo hizo por menos de 15 dólares. Si se tiene en cuenta que tres de los cuadros del español están entre las piezas más caras de la historia, es una obviedad decir que Zachary es un tipo afortunado.

El póster sería el sexto de una serie de 100 numerados que el pintor realizó en 1958 para promocionar una exposición de sus cerámicas en Francia y aunque aún no ha sido tasado, podría escalar los 6 mil dólares en subasta. Al fin y al cabo, seis años atrás, Sotheby’s vendió un cartel similar por 4600 y, en 2007, Christie’s hizo lo propio por 4700. De corroborarse que es real, sin embargo, Bodish –otrora director de un centro de arte– no está seguro de querer venderlo. Aunque puede que se acerque a un bingo cercano a probar su suerte.

Tras hacerse público el hallazgo, un periódico local fue en búsqueda del propietario original del poster, quien admitió que “no tenía ni idea de su valor real”, que se lo había regalado un amigo en el ’60, que se había deshecho de él en una mudanza. Aunque el de Zachary no es el único caso de casualidades afortunadas: según señala el diario El País, en 2010, un cuadro sin terminar atribuido a Miguel Angel se encontró escondido en un sillón en Buffalo, Estados Unidos. Esa vez, el hallazgo cotizó un poco más: unos 225 millones de euros.

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