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Domingo, 8 de abril de 2012

> LA SERIE QUE DIRIGE Y PRODUCE

La muerte del jefe

Aunque el lugar común indica que la nueva ficción televisiva norteamericana que se extiende y tanto se celebra hasta hoy nació con Los Soprano, por HBO, durante la segunda mitad de los ’90, algunos guionistas y productores reconocen que el primer referente puede rastrearse hasta principios de esa década, con Twin Peaks, la obra maestra de David Lynch. Después de aquella rareza, los jefes de la televisión norteamericana consideraron por un momento empezar a reclutar a algunos de esos marcianos surgidos del cine independiente e incluso del experimental para ver qué podían aportarle al formato, y uno de los nombres que surgió fue el de Gus Van Sant, por ese entonces sólo el director de las ínfimas Mala Noche, Drugstore Cowboy y Mi mundo privado. Hubo una serie de conversaciones, pero el proyecto no prosperó, y Van Sant no debutaría en televisión hasta casi veinte años después. Es decir hasta ahora, con la notable serie Boss, para la cual se puso detrás de cámara como director del primer episodio y productor ejecutivo del resto.

Boss se llama Boss (“Jefe”) casi como podría llamarse El Padrino: su protagonista es el alcalde de Chicago, y su tema es el poder corrupto y mafioso que se concentra en él y la maléfica red de eficacia con que mantiene la rueda andando. Tom Kane (Kane, ¿se entiende?), el Chicago Mayor, hasta tiene un consegliere perfecto, su “consejero político” Ezra Stone (el actor fetiche del indie de los ’90, Martin Donovan), que actúa con rapidez y resuelve sin hacer preguntas, ocultando, intimidando, extorsionando y hasta borrando del mapa a quien pueda resultar una amenaza para su jefe. Lo que esta serie creada por Farhad Safinia –hasta ahora apenas guionista de Apocalypto, de Mel Gibson– apunta a mostrar es el entramado casi impenetrable por el que su protagonista ha conseguido consolidar su dominio sobre la ciudad del viento y del crimen, hasta ubicarse en una posición en la que sencillamente puede voltear al mismísimo gobernador del estado de Illinois si así lo quisiera. Y así lo quiere.

La primera escena ya anticipa el tono de lo que vendrá: en un encuentro del que nadie más sabe nada, Kane recibe de su neuróloga las malas nuevas acerca de la rara enfermedad degenerativa que en unos tres a cinco años habrá de acabar primero con su autonomía física y mental y luego con su vida. La escena es tan tranquila como poderosa y elocuente y si anticipa lo que vendrá no es solo por el recurso argumental trágico al que apela –todas las acciones de su protagonista estarán determinadas por la información recibida– sino también porque todo ocurre en unos pocos minutos, en un espacio sugestivo: un enorme galpón abandonado en el que durante muchos años funcionó el gran matadero de la ciudad, donde se carneó y se derramó la sangre de miles y miles. En otras palabras, Chicago.

Por supuesto que Boss no es la historia de redención de un hombre moribundo: su conciencia del nivel de maldad y podredumbre que ha caracterizado su vida y su carrera es absoluto, pero lo único que parece querer enmendar antes de que sea demasiado tarde es la relación con su hija, y acaso con su esposa. Su mujer, interpretada por la avejentada pero aún hermosa Connie Nielsen (la esposa de Russell Crowe en Gladiador) como una bestia de hielo, quizá todavía más peligrosa que su marido, hace años que no comparte la casa con él más que como una fachada, el acuerdo de una sociedad de imagen pública para conveniencia de ambos. Con el mismo cruel pragmatismo, los dos han cortado largamente lazos con su hija Emma, hoy una drogadicta a medias recuperada y convertida en pastor de la iglesia local a cargo de un centro de asistencia para los habitantes más pobres de la ciudad. Aunque ninguno de los críticos norteamericanos que reseñó la serie objetó su retrato del poder corrupto ni los oscuros accionares mafiosos que involucran de manera no del todo indirecta a funcionarios y lobistas de alto nivel (se cortan orejas humanas, se liquidan personajes en terrenos baldíos junto a las vías del tren, y esto recién empieza), para algunos, la acumulación de atrocidades emocionales resultó un poco exagerada: en especial las vueltas de Emma Kane (atención a Hannah Ware, una belleza ligeramente exótica lista para batirse a duelo con Angelina Jolie) y su romance con un dealer proveniente de los barrios bajos pero educado, avispado e indudablemente sensible.

La gran pregunta sería qué tiene que ver Van Sant con todo esto, cuando incluso su película más directamente política hasta ahora fue una obra de militancia gay, la saga de Harvey Milk con Sean Penn. El propio Van Sant asume que su trabajo por encargo para la televisión no es muy diferente de lo que hace para el cine, donde sus seguidores saben que ha habido de todo: películas bien personales y otras que él llama “más anónimas”. El mismo cuenta a Elephant entre las primeras a la vez que cataloga su flamante historia de amor adolescente Restless dentro de la segunda categoría. El verdadero dueño de la serie parece ser Kelsey Grammer, quien logra dejar atrás el personaje televisivo que lo hizo famoso en su país, el doctor Frasier Crane, a través de no una sino dos series, primero Cheers y luego Frasier, en un total de 22 años corridos. Con su salto de la sitcom a la tragedia política y humana más amarga y pesimista, Grammer se ganó a los críticos y también a la prensa extranjera en Hollywood, que lo premió con un Globo de Oro, nominando a su vez al programa como mejor serie dramática. Ocurre además que Grammer es un reconocido republicano, con lo que uno de los detalles más ambiguos de la serie (que nunca se mencione a qué partido pertenecen sus protagonistas, dejando que su público más progre asuma que solo pueden ser de la misma calaña que los Bush) adquiere una dimensión extra.

Para Van Sant esto no importa: la serie trata, dice, sobre gente haciendo muchas cosas todo el tiempo. Sobre la gente y sobre el infierno. Y por si queda alguna duda, la hipnótica, muy indie secuencia de créditos con que abre cada capítulo mostrando los espacios más, digamos, fabriles de Chicago, así lo plantea sin sutileza desde la voz de Robert Plant cantando el gospel tradicional “Satan Your Kingdom Must Come Down” (“Satán tu reino debe caer”), cuya letra se limita a unos pocos versos que resuenan por un largo rato y permean toda la serie con su oscura plegaria: “Rezad hasta que echen su reino abajo”.


El episodio piloto de Boss dirigido por Gus Van Sant podrá verse hoy a las 22 por TNT. El resto de la serie se emitirá los jueves a partir del próximo 12 de abril a las 22, por el mismo canal.

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