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Domingo, 19 de enero de 2014

VALE DECIR

BICHITO MÍO

Parafraseando la placa televisiva que abre el paraguas antes de cada emisión, “los hechos y/o personajes de la siguiente noticia no son ficticios y cualquier similitud con la realidad no es, bajo ningún aspecto, pura coincidencia”. Vale el comentario porque, de buenas a primeras, cualquiera podría suponer que lo próximamente relatado resume la línea argumental de un film gore clase B, donde una perseverante y voraz cucaracha se arrastra hasta el oído de su víctima y comienza a abrirse camino hacia su cerebro. El asunto es que el ávido y gigante insecto existe y corresponde —lamentablemente— a la vida real.

Ocurrió en Australia: un hombre identificado como Hendrik Helmer despertó una mañana y sintió, de buenas a primeras, un agudo dolor en su oído derecho. Ni lento ni perezoso, se apersonó en el hospital Royal Darwin y razonó con los doctores: les describió su padecimiento, relató cómo había intentado limpiar el orificio con agua e hisopos, sin éxito. Incluso, dijo, probó succionar al supuesto intruso (pensaba que era una araña) con una aspiradora, pero “a lo que sea que está allí metido, no le gustó nada”.

Claro: adentro, una cucaracha de dos centímetros luchaba por seguir adelante, pero, aceite de oliva y pinzas mediante, los médicos la retiraron antes de que pudiera seguir escarbando. “Me dijeron que nunca habían retirado un insecto tan grande”, expresó luego el perturbado Helmer que, a pesar del trauma, asegura que no tomará precauciones de aquí en más. No así sus amigos que, según él mismo cuenta, comenzaron a dormir con auriculares. Y no por la música justamente.

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