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Domingo, 19 de enero de 2014

CINE. ESCáNDALO AMERICANO, LA PELíCULA DE ESTAFADORES SETENTOSOS DE DAVID O. RUSSELL, UNA DE LAS CANDIDATAS AL OSCAR

FLORES EN LA BASURA

 Por Mariano Kairuz

“Históricamente los mejores perfumes del mundo están hechos con algún componente asqueroso”, dice Rosalyn y extiende las manos a través de la mesa para que los otros puedan aspirar el aroma de ese esmalte traído de Suiza que escasea un poco y que tanto la obsesiona, y que huele tan rico a la vez que “un poco podrido”. “Dulce y agrio.” A flores y a basura.

Y de flores y basura, de una extraña y embriagadora combinación de lo bello y lo sucio, lo deslumbrante y lo sórdido –lo dulce y lo agrio– trata un poco Escándalo americano, la nueva película de David O. Russell, que es uno de los contendientes más serios para la próxima entrega de los Oscar, y que arranca con un breve texto que advierte que “algo de esto realmente ocurrió”. Una línea apenas, para dejar asentadas dos cosas acerca de lo que estamos a punto de ver: por un lado, que su núcleo argumental está libremente inspirado en un hecho real, una operación orquestada por el FBI a fines de los ’70, que llevó a la cárcel a un puñado de políticos de rango medio –el alcalde de un pueblo de Nueva Jersey y algunos congresistas–, y que disparó un par de debates muy de su época, cuando la confianza de la ciudadanía estadounidense en la clase dirigente todavía se encontraba sacudida por el Watergate. Por otro que, tratándose de lo nuevo de Russell –pujante promesa del indie de los ’90 que se replegó tras cuatro películas por problemas personales y profesionales, para resurgir en 2010 con El ganador y el año pasado con El lado luminoso de la vida–, no es del todo el núcleo duro del relato lo que importa, sino que el argumento es un McGuffin, el pretexto para meterse en las vidas, delirios y desdichas de sus personajes, e intentar capturar algo del espíritu de una época reciente y a la vez lejana.

Los detalles reales de la operación Abscam –llamada así por Abdul, el falso jeque árabe que participa de la puesta, y por scam: estafa– son un poco más sórdidos que lo que muestra la película, que por algo el domingo pasado se llevó el Globo de Oro en la categoría Mejor Comedia. En el centro de la historia hay estafadores de distinto nivel, pero esto no es ni El golpe ni uno de los films con los que David Mamet redefinió la idea de estafa y engaño para el cine contemporáneo. Para Russell (y el autor del guión original, Eric Warren Singer), en todo caso, el tema es la estafa y el engaño como una parte constitutiva del ser humano: la mismísima necesidad de inventarnos y reinventarnos a nosotros mismos por una mera cuestión de supervivencia. La pareja de estafadores compuesta por Irving Rosenfeld (Christian Bale con panza, calva y gato en la cabeza) y Sydney Prosser (Amy Adams, más hermosa que nunca, con literalmente 50 cambios de vestuario, aros e increíbles vestidos abiertos al frente) se presenta a sí misma con el relato en off combinado de ambos, que describe a dos desesperados por abrirse camino en la vida. Irving es el hijo de un vidriero “demasiado honesto”, que aprendió de chico que hay que hacer lo que hay que hacer para mantenerse de pie en este mundo, y que, por lo tanto, ya de chico se dedicó a romper las vidrieras de los comercios del barrio para empujar un poco las ventas de papá. En su adultez, Irving no descansa: ha devenido en un pequeño comerciante de arte (cuadros falsificados, mayoritaria y apropiadamente), heredero de la vidriería y dueño de una tintorería, y está casado con una mujer joven, atractiva y demandante (Jennifer Lawrence, increíble y distinta de todo lo que hizo hasta ahora como Rosalyn, la del esmalte que huele a flores y basura) de la que no se puede divorciar porque de hacerlo perdería contacto con el hijo de ella, a quien él adoptó con sincero amor. La ex stripper Sydney conoce a Irving en una fiesta, enseguida comparten su devoción por Duke Ellington, él la invita a probarse la colección de vestidos y tapados no reclamados por los clientes de su tintorería y en nada de tiempo ya son amantes y socios en una pequeña financiera que se alimenta de maridos suburbanos desesperados en busca de un préstamo. Bajo la promesa de contactos en el mundo financiero londinense, los pobres tipos entregan unos cinco mil dólares y entran en la espera de un crédito que, por supuesto, nunca llega. El agente del FBI Richie Di Maso (Bradley Cooper, con permanente) entra en escena haciéndose pasar por uno de estos clientes desa-huciados que recurre a la pareja; los agarra con las manos en la masa, los arresta y hace un arreglo con ellos: si lo ayudan, con su know how, a atrapar a un grupo de políticos corruptos ligados a la mafia, se evitarán unos años de cárcel. En el centro de su plan está el alcalde de Camden, Nueva Jersey (Jeremy Renner, con pelo a lo Elvis y en un divertido cambio de registro), un tipo esencialmente honesto que, asegura, quiere lo mejor para su gente, y está convencido de que lo mejor para su gente sería resucitar el negocio de los casinos de Atlantic City.

Lo más extraordinario de la película es que, para una historia de agentes federales, políticos corruptos y mafiosos peligrosos (gran cameo no acreditado de Robert De Niro), American Hustle no tiene verdaderos villanos que odiar o admirar: las comparaciones con los Buenos muchachos scorsesianos a la que los críticos norteamericanos se lanzaron un poco a la ligera se deshacen bastante rápido, porque acá nadie le va a aplastar la cabeza a nadie, y nadie es realmente tan codicioso ni inescrupuloso. Al agente del FBI lo mueve una ambición y un hambre de gloria excesivos que sólo agrandan su torpeza y ridículo; los sentimientos de Irving –el gran vendedor de buzones, el adúltero– son ciento por ciento reales, y hasta le creemos al alcalde de Camden, hombre-del-pueblo, avatar de un universo político en franca extinción, al reclamar: “Decime que te estoy mintiendo cuando digo que todo lo que hago es por el bien de la gente de Nueva Jersey”.

Russell pone todas las fichas en recrear la época: el pelo (los ruleros, el vello en el pecho), los autos, los vestidos. Y la música: hay Bee Gees, Steely Dan, Chicago, Tom Jones; la selección es obvia y a la vez irresistible, y en al menos una secuencia, en la que todos o casi van a encontrarse con todos por primera vez –estafadores y estafados, FBI; falso jeque, mafia, esposa y amante– se apodera de la escena “Goodbye Yellow Brick Road”, la canción de Elton John y Bernie Taupin que podría estar ahí simplemente porque es encantadora o porque es todo un viaje en el tiempo, pero en rigor parece estar ahí porque remite desde su título al camino de ladrillos amarillos que conduce a la tierra de Oz, maestro de estafadores de la cultura popular norteamericana del siglo XX, genio maligno del artificio y líder de la mentira política. La escena es graciosa, tensa, hipnótica.

“Eran tiempos de una mayor inocencia”, dice Russell, y se lo confirma su admirado Scorsese con otra de las grandes películas de la temporada, El lobo de Wall Street, que cuenta un capítulo ejemplar de la década posterior, la consolidación del engaño, de la especulación y la construcción de la nada, del negocio del vacío, en el corazón mismo de un sistema económico y de vida. Ambas son comedias delirantes y salvajemente divertidas, pero mientras que salimos de ver la de Scorsese temblando por el cinismo bestial de sus protagonistas, no podemos mirar sino con afecto y hasta cierta ternura a los personajes heridos y trastabillantes de Russell, y reflejarnos un poco en ellos, que se las arreglan para seducirnos con el aroma del falso encanto y el glamour aunque vengan de la podredumbre más cotidiana; con su mezcla dudosa de buenas intenciones y malos hábitos, de flores y basura.

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