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Domingo, 1 de septiembre de 2002

PáGINA 3

Hitler, Viena y el arte moderno

POR PETER SCHELDAHL

Adolf Hitler fue un artista –un artista moderno, para colmo–; su sensibilidad estética contribuyó a darle forma el nazismo, y el nido que incubó su genio peculiar y sus repugnantes ideas fue la Viena cosmopolita. Ideas como éstas vienen flotando últimamente en el aire y reaparecen, de hecho, en una muestra mordaz y erudita del Museo de Arte del College Williams en Williamstown, Massachusetts, Prólogo de una pesadilla: arte y política en los primeros años de Hitler en Viena (1906-1913), curada por Deborah Rothschild. Tal vez estas consideraciones no alteren nuestros juicios morales y políticos sobre Hitler, cuyos crímenes siguen siendo inmensurables, pero sin duda sacudirán las concepciones convencionales del arte moderno.
Hitler dejó Linz y se estableció en Viena en 1908, cuando tenía 18 años. Caminó por las mismas calles que Freud, Gustav Mahler y Egon Schiele, pero lo hizo en calidad de pobre y de anónimo, uno de los tantos que proliferaban por la ciudad. Solía dormir en un escuálido refugio de mendigos, cuando no directamente debajo de los puentes. Intentó convertirse en un artista, pero desaprobó dos veces el examen de ingreso de la academia de arte; sus croquis fueron declarados “insatisfactorios”. Era un joven delgado, pálido, poco hecho para las labores físicas. Gracias a la ayuda de un amigo, consiguió ganarse una vida modesta dibujando postales con vistas de Viena, que vendía a los turistas. Muchos de sus compañeros y pares eran judíos; aunque era fanáticamente pangermano –lo asaltaban visiones de una Alemania expandida que terminaría anexándose a Austria–, los judíos, por entonces, le despertaban conceptos elogiosos. Pero resultó ser un buen discípulo de las corrientes antisemitas que surgían en la ciudad, explotando el resentimiento popular despertado por la rica burguesía judía que había ascendido bajo el reinado del clemente y conservador Francisco José I, último emperador de los Habsburgo. Hitler estudió el fascinante estilo oratorio de Karl Lueger, el populista más querido de la ciudad y su máximo antisemita.
El joven Hitler tenía pasión por la ópera de Wagner, la arquitectura majestuosa y las invenciones del arte gráfico y el diseño. Sus gustos pictóricos eran –y fueron siempre– de un filisteísmo irremediable. Ponía las manos en el fuego por Eduard von Grützner, un artista de género que pintaba monjes bávaros borrachos y festivos. Ya los primeros y pomposos ejercicios pictóricos de Hitler eran la obra de un provinciano ávido por obtener la educación que nunca había recibido. (La muestra incluye una acuarela bastante agradable de una capilla de montaña, obra que le fuera encomendada por un marchand judío, Samuel Morgenstern.) Como sucede con la vida de cualquier joven desorientado, la de Hitler podría haber tomado rumbos muy diversos. La oportunidad más importante que se perdió fue la de trabajar a las órdenes de Alfred Roller, artista gráfico y escenógrafo, miembro del Secesionismo antiacadémico, cuyos decorados para las producciones de Wagner de la Opera de Viena, dirigidas por Gustav Mahler, presagiaron la teatralidad del nazismo. Hitler, que tenía una carta de recomendación para Roller, se acercó tres veces a la casa del prócer y nunca se animó a golpearle la puerta. Es evidente que jamás congenió con nadie que tuviera un ego capaz de superar al suyo. Hitler era de un rígido y ampuloso puritanismo, lo que solía granjearle las burlas de sus colegas de los bajos fondos de Viena. Acumuló tantas humillaciones que terminó convirtiéndose en el dios vengador de los humillados alemanes. Su imaginación, mientras tanto, se encendía ante las maravillas de su ciudad adoptiva. “Podía quedarme horas frente a la Opera –recuerda en Mi lucha-, y horas mirando el Parlamento. Todo el Ring Boulevard me parecía un hechizo salido de Las mil y una noches.”
Prólogo de una pesadilla da una visión reveladora de los gloriosos días de la Viena de antes de la Primera Guerra. La muestra disecciona las reacciones de Hitler ante la ciudad, documenta el despliegue y laostentación imperiales que luego reproducirían, ensombrecidas y modernizadas, las reuniones nazis, y da cuenta de movimientos y personajes del arte y la política tal como el joven Hitler debió percibirlos. Entre las voces políticas figuran los racialistas Guido von List, que contribuyó a popularizar la esvástica como símbolo de pureza aria, y su discípulo más demencial, Jörg Lanz von Liebenfels, que creía que las mujeres arias, si no eran segregadas por la fuerza, se rendirían inevitablemente a la virilidad demoníaca de las razas inferiores. Hitler asimiló todo eso. La muestra también incluye obras de Klimt, Schiele y otros secesionistas que más tarde caerían en las listas nazis de “arte degenerado”. Hitler los despreciaba porque ofendían los ideales clásicos de la belleza humana y defendían “una concepción liberal del individuo”; pero abrazó la abstracción limpia y el estilo geométrico que luego explicarían su propio trabajo gráfico (en especial, la asombrosa bandera nazi) y su perspicaz patrocinio de jovencitos talentosos como Leni Riefenstahl y Albert Speer. Se hace difícil, para una mirada retrospectiva, establecer distinciones categóricas entre la estética nazi y la de los movimientos mas importantes de la arquitectura y el diseño, incluyendo la Bauhaus. Las raíces que comparten son las de la vanguardia vienesa.
El ascenso de Hitler sigue siendo un misterio –aunque más no sea por la dosis exacta de suerte que lo apuntaló–, pero adquiere todo su desconcertante sentido cuando se lo piensa a la luz de su condición de artista impaciente, ávido por asimilar, sintetizar y aplicar las influencias de su tiempo y su lugar. “Yo solía pensar que podía haber sido cualquiera”, dijo Deborah Rothschild del líder del Tercer Reich. “Ya no lo pienso.” Más aún, la muestra sostiene de manera tajante que el nazismo fue una invención singular y Hitler su autor indispensable. Puede que sin él el fascismo también hubiera tenido éxito en Alemania, pero nada hubiera hecho prever la mezcla de brío y malignidad, la brillante tecnología y el esquivo atavismo del nazismo. Parece claro que Hitler usaba medios artísticos –una oratoria hipnótica, espectáculos con movimiento, elegancia gráfica– no sólo para conquistar poder sino también para ejercerlo aquí y ahora. Mientras tanto, lo que necesitaba era una línea política –una causa, un enemigo– que fuera más dinámico que el pangermanismo. El hecho de que más tarde cayera en el culto del arianismo y el antisemitismo indica que ambas causas fueron útiles tanto a sus ambiciones artísticas como a las otras. En cierto plano, todo racismo es estético, en el sentido de que es una proyección de “lo feo”. El nazismo fue un programa destinado a remodelar el mundo según un tipo de gusto particular.
La exposición del Museo de Arte del Williams College refuta la idea cómoda de que Hitler fue un “artista fracasado”. En realidad, una vez que encontró su oficio en Munich, luego de la Primera Guerra, Hitler se convirtió en un verdadero maestro, primero como orador, luego como un versátil empresario de teatro político. También sufrió desilusiones. Más allá de las majestuosidades operísticas, no tenía la menor idea del futuro que le esperaba; cuando encontró su final –que, como el wagneriano profundo que era, debió poder anticipar, aunque al parecer no lo hizo–, Hitler era apenas el trémulo vestigio del chico que tanto había adorado a la Viena imperial. Una foto de la muestra congela al rechoncho Führer de los últimos días, cuando Berlín ya estaba en ruinas, mirando arrobado una pequeña maqueta de Linz –a la que soñaba como el centro cultural de Europa– remodelada como un moderno Valhalla. Es una imagen impresionante, que indica hasta qué punto la Segunda Guerra Mundial fue apenas el detalle incidental de un proyecto para remodelar un centro urbano. En uno de los textos murales, Rothschild extrae de la muestra esta moraleja: “La malignidad y la belleza pueden unirse: debemos estar alertas ante su poder de seducción”. No estoy de acuerdo. Debemos estar alertas ante lamalignidad, y deberíamos considerar la belleza como lo que es: un fenómeno fundamentalmente amoral.

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