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Domingo, 1 de septiembre de 2002

LUIS ALBERTO SPINETTA CONCRETO UN CONCIERTO EXTRAORDINARIO EN EL COLON

Luis en el cielo con diamantes

El máximo coliseo lírico latinoamericano se llenó ayer de un público ecléctico y colectivo, que rindió homenaje a una figura clave de los últimos treinta años largos de música popular argentina. El recital fue la culminación del Festival Buenos Aires Jazz y Otras Músicas.

Treinta y tres años después, el canto de la lluvia del Festival de Woodstock llegó al Teatro Colón, el máximo coliseo lírico sudamericano. Fue ayer, al terminar una tarde soñada, cuando la presentación de Luis Alberto Spinetta había llegado al fin, pero el público que abarrotaba la sala quería, como suele suceder, un tema más. El oh, ooh, ooooh bajó tímidamente del paraíso, flotó sobre los palcos y se instaló en la platea con la naturalidad de los hechos previsibles. Pero el horario estaba cumplido, las luces no se apagaron y la actuación de Spinetta ingresó en la historia como él había decidido que sería: con una increíble y climática versión de "Ludmila", que levitó y levitó sobre la conciencia de la multitud, sus acordes complejos evitando los lugares comunes.
Spinetta concretó en el Colón una actuación a tono con el Colón, sin desbordarse, sin ceder a la tentación del volumen, sin pendejizarse, casi sin ponerse nervioso. Acústico y moderno, generoso y contenido, breve pero justo, lleno de intervenciones sonoras comandas por Juan Carlos Mono Fontana, el recital --es imposible hablar esta vez de un show-- incluyó varios guiños para sus fans pero también una apertura ostensible hacia el mundo de los neófitos. Aquellos se fueron saboreando las perlas de Almendra, un estreno, la versión de "Mundo arjo" (un tema que hace dos décadas se empeña en no grabar), repasando la historia de "A Starosta, el idiota". Estos salieron preguntando por qué cantó el tango "Gricel", si hizo o no, y por qué, canciones de Invisible, si es verdad que nunca antes había tocado en el Colón, etc.
El músico tardó cuarenta minutos en dirigirle la palabra a la gente que llenaba la sala, en que alternaban la informalidad habitual para un evento de rock, los estudiantes de secundario recién salidos de clases, las indumentarias de los oficinistas y empleados públicos que habían logrado terminar a tiempo sus obligaciones. Cuando lo hizo, eligió empezar agradeciendo el "privilegio infinito" que significa para un músico popular argentino ser contratado para actuar en el Colón. Pero no quiso quedarse en los modales, y agregó un par de ideas. La primera fue que se sentía obligado a recordar, como artista, "a la gente que sufre" la explosiva situación social. La segunda, que llegó enseguida, consistió en recordar a los que tienen poder que todos los hombres tienen derecho a un Estado que vele por su salud y educación. "Si no, un día del futuro no existirá más la aldea que nos espera al salir de acá", completó.
Si tardó cuarenta minutos en hablarle a la gente --una parte de la cual no paraba de hablarle a él, entre tema y tema-- fue porque estaba claro que en esta tarde era la música la que debía hablar por él. Spinetta no estaba allí por ser un brillante repentista en la relación con sus fans, sino más bien por sus canciones, ese verdadero reservorio de bellezas, sorpresas y enseñanzas, que atraviesa los últimos treinta y cinco años de la vida cultural argentina. No estaba en el Colón, en el marco de un festival de Jazz y Otras Músicas, en representación del rock, o como parte de él. Estaba, más bien, como un creador que partió del rock en la concepción de The Beatles para llegar a costas muy lejanas, sin ser por ello bien entendido. En una tarde como ésta, que era también un homenaje del Estado --el Festival, que ayer terminó, fue organizado por la Dirección de Música del gobierno porteño-- a un músico que el Estado persiguió, y hasta mandó preso, por ser diferente, la música de Spinetta parecía lo que nunca fue: canónica. Era un espejismo, producto de la unanimidad. El mundo de Spinetta es todo lo contrario a las certezas.
El fenómeno Spinetta no se entiende si no se hurgan las raíces de su música, lo que algún día será estudiado como su período clásico, e incluso jurásico. Tampoco se entiende si no se relaciona su obra con su mundo personal, compuesto de afectos. De eso hubo ayer señales por doquier: más temas de Almendra que de cualquiera de sus grupos, la dedicatoria del concierto completo a Rodolfo García --baterista de aquel grupo, alma mater, como funcionario, de este Festival-- y una serie de menciones a sus padres, hermanos y nietos que resultaron todo lo contrario de la demagogia. Fueron, en rigor, gestos de humildad de un artista extraordinariamente individual y único que admite en público que todo lo que en él brilla es reflejo. No fue menor la inclusión en el repertorio de "Maribel se durmió", el tema que Spinetta dedicó en 1983 a las Madres de Plaza de Mayo, contando la historia de una desaparecida. No fue menor, sino mayor, la emoción quebrada de su voz, su obsesión por pronunciar otra vez en detalle versos que siguen doliendo, como "Canta aunque estés ausente".
El espectáculo entero duró ochenta minutos. Una vez que los funcionarios del Colón encendieron las luces, no hubo canto de la lluvia de Woodstock, aplausos o tutías que valiesen. Ya se sabe: las ordenanzas municipales están para ser cumplidas. Sin embargo, el sentido de los aplausos, los pedidos de bises y los coros que convirtieron el recital en una fiesta colectiva no tenían por objetivo violentar horario alguno: eran un pequeño esfuerzo por prolongar unos segundos un momento histórico, por seguir disfrutando de una tarde que un día será legendaria (y tal vez antes que eso disco pirata). Spinetta había prometido un recital "íntimo y alucinógeno". Lo que ocurrió fue colectivo y lisérgico.

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