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Domingo, 1 de septiembre de 2002

DIATRIBAS

Mi enfermedad

Cansado de hacer de los tipos diáfanos, hiperkinéticos y entradores que le dieron fama, Robin Williams pateó el tablero: en sus dos últimas películas (Insomnia, de Christopher Nolan, y One Hour Photo, de Mark Romanek), el mimo que habla quiere dar miedo y se mete en la piel de un par de asesinos repulsivos. Lástima que no en la de sus víctimas, se lamenta Rodrigo Fresán.

 Por Rodrigo Fresán

Se sabe que vivimos en un delicado equilibrio, que semana por medio padecemos la inminencia del final y que el ser humano se encuentra entre los especímenes más monstruosos, imbéciles y autodestructivos del universo. Sin embargo, nosotros –altos y bajos, nazis y judíos, bosteros y millonarios, blancos y negros, acústicos y eléctricos, buenos y malos, afganos y republicanos– nos las arreglamos para subsistir contra viento y marea gracias al pequeño inmenso milagro de, por una vez, estar todos de acuerdo en algo, algo que nos redime como especie y que tal vez acreciente nuestras posibilidades a los ojos de nuestro creador. Ese algo con que todos comulgamos tomándonos de la mano es el convencimiento absoluto y decidido de que Robin Williams es un hombre repugnante, un pésimo cómico, un actor dramático sin talento alguno y –para colmo de males– alguien que parece convencido de ser un hombre adorable, un cómico graciosísimo y un actor dramático dotado de la sensibilidad más exquisita. Y lo que es peor: R.W. parece haber convencido a varias personas clave de la industria cinematográfica de que esto último es verdad, y contra eso nada pueden hacer millones de personas convencidas de que aquello primero es rigurosamente cierto.
Mientras escribo esto llegan –casi al mismo tiempo, juntitas: ¿se habrá abierto uno de los sellos del Apocalipsis? ¿Nos revisita alguna de esas plagas del Antiguo Testamento?– dos películas en las que R.W. hace un par de esos papeles que los críticos suelen definir como tours de force. (Desconfiar de ellos: son los mismos que a menudo definen una joya del cine indonesio, esquimal o jujeño como “cine total”.) Sí: en Insomnia (Christopher Nolan) y en One Hour Photo (Mark Romanek), R.W. no es un tipo encantador y divertido sino un asesino y un pervertido. En ambas películas, se supone, R.W. no da ternura sino miedo. No digas. Mirá vos. Qué novedad... (Iluminación súbita: R.W. es un mimo que hace trampa; R.W. es un mimo que habla.)

FIEBRE
Hasta aquí llegué –tarde de domingo–, y descubro que escribir las pocas líneas que anteceden me quitaron toda la poca energía de la que suelo disponer los domingos por la tarde. Escribir sobre R.W. es casi peor que ver una película de/con R.W. Un cansancio que te crece desde los huesos. Un sudor frío. Unas ganas de arrojarte contra la pantalla del televisor o del cine (en caso de que uno sea uno de esos dementes que todavía van al cine a ver una película donde aparece él –ahora hasta escribir su nombre me cuesta) con la pasión resignada de un kamikaze. Síndrome de Williams. Sigo mañana.
Lunes. Mejor. Bajo de Internet la filmografía de R.W. Tantos recuerdos. Me siento exactamente igual que Martin Sheen al principio de Apocalypse Now. Sigo mañana.
Ahora es jueves. Me explico. Quise hacer las cosas bien. Uno es un profesional y el martes me sometí a la prueba de ver por TV dos películas de R.W. que no había visto –Jakob the Liar y El hombre del Bicentenario– porque me parecía interesante ver, a propósito de los próximos dos estrenos antes mencionados, cuáles eran los efectos que puede deparar una sobreexposición de R.W. Bueno: me subió la temperatura. Tuve fiebre, y el miércoles tuve que llamar a mi homeópata. Me preguntó si había tenido algún disgusto en los últimos días. Le comenté lo de R.W.. No se rió. Me tomó en serio. Muy. Me recetó algo fuerte. Muy. Me dijo que la llamara por cualquier cosa y me prohibió ver televisión esa noche. “Dan Patch Adams”, me dijo. “No te imaginas lo que es eso”, agregó. Le dije que sí, que podía imaginármelo. “No”, insistió ella. “No puedes.”

DIARREA
Eso sólo bastó para –febril, delirante– lanzarme esa noche en busca del control remoto y de Patch Adams. Días atrás, una furiosa tormenta de granizo había reducido en casi un 75 por ciento la oferta demi señal de cable (y así seguirá, al menos, hasta que los services regresen de donde los services pasan las vacaciones). En cualquier caso -y me atrevo aquí a denunciar una conjura con modales de Oliver Stone–, los canales que dieron Jakob the Liar (que pone en evidencia la relación de R.W. con el también muy desagradable Roberto Benigni) y El hombre del Bicentenario (cuya visión probablemente sea responsable del infarto que fulminó a Stanley Kubrick) transmitieron una señal impecable y puntual. El pasado miércoles por la noche, los canales que ofrecían Los magníficos Amberson de Orson Welles y El paciente inglés de Anthony Minghella y Amarcord de Federico Fellini eran como la boca negra de un agujero negro; el canal donde daban Patch Adams (no, no quiero hablar de eso, por piedad) sonreía entusiasmado, invulnerable, como R.W.
De repente era jueves y me desperté raro: no hay nada peor que dormir toda la noche con los ojos y la boca abiertos. Y no poder cerrarlos. Llamé a mi homeópata. Le dije que nunca me había sentido tan mal. Me preguntó si le había desobedecido con lo de Patch Adams. Le respondí, indignado, que cómo podía pensar algo así. Me dijo que bueno, que estaba bien, que si recordaba haberme sentido así alguna vez. “Afirmativo”, respondí. Le dije que me había sentido igual de horrible hace varios años, en Iowa, cuando entré a un cine en un shopping-mall a ver, ilusionado, la nueva película de Francis Ford Coppola, y esa película se llamaba... uh... eh... Se llamaba Jack.

VOMITOS
Cuando uno ha ingerido algo en mal estado –se sabe–, lo mejor es vomitar, expulsarlo del cuerpo, eliminar la impureza. En eso estoy y allá vamos. Seré breve. Terminaré rápido este terrible encargo. (La idea era escribir algo sobre las reediciones de los debuts de la Velvet Underground y Violent Femmes, pero supongo que eso quedará para la semana que viene.) Veamos. Robin McLaurin Williams nació en Chicago el 21 de julio de 1952. Estudió ciencias políticas, pero se pasó a la Juilliard para estudiar actuación. Ahí tendrían que haberlo ejecutado, pero Robin es un tipo de suerte. Se hizo famoso haciendo de Mork, un imbécil extraterrestre que protagonizó una serie muy desagradable. Se hizo adicto a la cocaína y bla bla bla y lo dejó tirado y muriéndose a John Belushi la noche en que el gordo se pasó de rayas y de la raya. En la juerga estaba también De Niro, pero De Niro es un gran actor y está disculpado (aunque no le perdono que haya hecho Despertares con R.W.). Después, ya saben: se hizo actor de cine cómico (habla rápido y grita y lloriquea y sonríe) y actor de cine dramático (habla despacio y susurra y lloriquea y sonríe) y –su especialidad– actor semi-cómico y medio dramático, como en Buenos días Vietnam o Moscow on the Hudson. Ahí, en la gran pantalla, R.W. es responsable directo de malas películas y de películas buenas que arruina con el mismo entusiasmo perturbador con que responde a las entrevistas y no para de contar chistes pésimos y hacer pésimas imitaciones. Experiencia especialmente dolorosa: lo que les hizo a El mundo según Garp y a La sociedad de los poetas muertos (basta hacer el esfuerzo zen de imaginar a William Hurt en su papel para asistir a una pequeña gran película) y a El pescador de ilusiones (donde queda perfectamente claro que el portentoso y nunca del todo bien ponderado Jeff Bridges se muere por desmayarlo de un sopapo con esas manos tamaño dos litros que tiene). En algún momento, R.W. se vistió de mujer para Mrs. Doubtfire (el recurso infalible de todo mal actor; Dustin Hoffman prueba que es un gran actor cuando consigue en Tootsie que un hombre vestido de mujer tenga lo suyo) y Woody Allen, seguro, tuvo un mal día cuando se le ocurrió invitarlo a Los secretos de Harry. Pero la obra paradigmática de este actor de última es La jaula de las locas, donde también agitaba las plumas. Desesperado por un Oscar –se notaba, se sigue notando en las contorsiones que hace con el rostro–, hizo películas “de arte, pero entendibles” como las (in)olvidables BeingHuman, What Dreams May Come y Juguetes, y al final, cansados de tanta morisqueta, le dieron uno (a mejor actor de reparto) por ese refrito de tantos platillos que es Good Will Hunting. R.W. también tiene la maldita costumbre de aparecer –porque le gusta tanto actuar– en pequeños papeles sorpresa, sin figurar en los títulos. Por lo que uno va al cine, se sienta tranquilo, se relaja y está bien metido en la trama cuando de golpe siente un terrible dolor en los ojos y se lamenta de no vivir en los Estados Unidos, porque seguro que allá podría demandar a cualquiera por una agresión tan gratuita. (Entre paréntesis: en alguna parte leí que cada vez que R.W. interpreta a un personaje basado en una persona real -Despertares, La sociedad de los poetas muertos, Buenos días, Vietnam–, esa persona es despedida de su trabajo. No sé por qué... Algo habrán hecho.)

ALUCINACIONES
...y R.W. hizo Jack, que es la película que yo recomiendo como iniciación dolorosa y eficaz en el arte de odiar a R.W. Es lo que se llama un rito de paso. Hay un antes y después de Jack. Uno nunca vuelve a ser el mismo luego de ver esa película que trata sobre un niño que crece más rápido –mucho más rápido– de lo normal. Una especie de anti-Peter Pan y, ay, me acordé de Hook. Es más: uno envejece viendo Jack. Uno se gasta, se muere un poco, uno sale del cine convencido de que tiene todas sus f-a-c-u-l-t-a-d-e-s intactas, pero con tantas ganas de pegarse un tiro en una habitación de hotel. Uno sale jurando que jamás volverá a ver otra película de R.W., y sin embargo... Tal vez se trate de eso: R.W. es la vacuna virósica, la muestra de bacilo que te clavan en el brazo para curarte, para volverte inmune de a poco. Tal vez la función verdadera de R.W. sea la de atraer sobre sí todo aquello que –si él no existiera– descargaríamos sobre esposa, hijos, amigos. Tal vez, después de todo, R.W. tenga una razón de ser y –ya lo dije al principio– de su existencia dependan nuestra continuidad y nuestro futuro. Tal vez nuestros descendientes estudien a R.W. como una suerte de mesías odiado por nuestros pecados, alguien que detestamos para no detestarnos, y de repente me siento bien, feliz, lleno de esperanzas. Así que llamo a mi homeópata y le comento mi teoría. Me escucha con atención. Suspira. “No”, me dice. Y me sube la dosis.

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