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Domingo, 1 de septiembre de 2002

CLáSICOS

La idea fija

Una flamante traducción inglesa del Kamasutra vuelve a poner en la picota la historia del único clásico indio que Occidente convirtió en best seller. ¿Sublime tratado amatorio o alarde de pedantería? ¿Biblia hedonista o manual de autoayuda para elites desalmadas? ¿Sofisticada gramática sexual o workout para calentones laboriosos? Una reseña de la edición de Oxford ajusta cuentas con el libro que popularizó la pareja de palabras chanchas más rara del mundo: lingam y yoni.

POR PANKAJ MISHRA

Durante siglos y siglos, los templos de Khajuraho permanecieron olvidados y ocultos en las junglas de la India central. Los habían construido en los siglos X y XI; T. S. Burt, capitán del ejército inglés, los descubrió de pura casualidad en 1838. Y como muchísimos británicos de la época, sorprendidos por lo fácil que resultó conquistar la India, Burt creía que los hindúes eran una raza muy degenerada. La magnificencia arquitectónica de este complejo de templos parecía probar que alguna vez habían sido un gran pueblo. Sin embargo, a Burt le quedaban algunas dudas. No sabía qué pensar de las apsaras (lolitas), de sus pechos ya desarrollados o sus cinturas de avispa, de las parejas que copulaban orgiásticamente. Porque ésas eran las estatuas que exhibían los muros de los templos. “El escultor”, informó Burt a sus superiores en Calcuta, “permitió que su temática subiera de tono un poco más de lo estrictamente necesario”.
Aunque era todo un experto en el arte británico del sobreentendido, Burt también expresó sin rodeos su indignación moral. Escribió que las esculturas eran “radicalmente indecentes y ofensivas”. Lo consternaba, en particular, que profanaran un lugar de culto y adoración religiosa. Este tipo de actitud, compartida por una sorprendente cantidad de indios educados, parece un claro ejemplo de incomprensión cultural. En el caso de Burt, era producto de su ignorancia –los templos de la India medieval jugaban un rol mucho más secular que las iglesias en Europa–, pero también de sus preconceptos en relación con el sexo y la religión.
La tradición puritana a la que pertenecía Burt contrasta flagrantemente con la apertura sexual que hoy parece de rigueur en Occidente, o al menos en algunas regiones de Occidente. Hoy, los últimos victorianos del mundo parecen vivir en la India y en Africa, no en Inglaterra ni en Estados Unidos. Es como si el cruzado de Osama bin Laden, que describe a Occidente con los términos “débil” y “decadente”, extrajera buena parte de sus injurias del arsenal declamatorio de los cristianos austeros e hipermasculinos del siglo XIX, que pensaban que los turcos otomanos y otros orientales se habían ablandado por vivir entre tantos lujos y por eso habían sido víctimas fáciles de las conquistas. Obviamente, Burt quedó marcado por la larga y atormentada relación de Occidente con el sexo. Una tradición que comenzó cuando San Agustín, obispo de Hipona pero muy sensible a las muchachadas de ambos sexos, se dio cuenta de golpe, a principios del siglo V, de cómo el acto sexual sacude al cuerpo de toda clase de maneras terribles e incontrolables, y decidió que Adán debía cubrirse el sexo con una hoja de parra porque se le movía sin su consentimiento.
Después de San Agustín, el cuerpo y sus urgencias –ya bajo estricta vigilancia en la Roma precristiana, como lo revela la obra del historiador social francés Paul Veyne– se convirtieron en una verdadera obsesión. La idea de que la sexualidad es pecaminosa y por lo tanto debe ser constantemente monitoreada mantuvo atareadas a tiempo completo a la conciencia individual del cristiano y la de sus directores espirituales, más conocidos como la Iglesia Católica. Uno de los resultados más desafortunados de la interpretación de San Agustín del “pecado original” fue que el sexo se estableció para siempre en nuestras cabezas, donde al parecer sigue alojado, aun cuando el cristianismo perdió poder político y la Ilustración introdujo nuevas actitudes en relación con el cuerpo. La prueba está en la llamada “literatura de la transgresión”, esas novelas ilegibles del Marqués de Sade o los aburridísimos análisis de Georges Bataille, ambos agustinianos al revés, en el sentido de que pensaban el sexo como violación y por lo tanto lo estigmatizaban con actos tan solitarios como la masturbación y el sadomasoquismo. El sexo, claro, estaba muy presente en la cabeza de Richard F. Burton, aventurero victoriano y traductor de exotismos orientales como Las mil y una noches y El jardín perfumado. Mentiroso descarado (y exitoso), Burton fundó con su amigo F. F. Arbuthnot una dudosa empresa editorial llamada Sociedad Kama Shastra de Londres y Benares. En 1883 hicieron la primera traducción del Kamasutra. En la versión inglesa introdujeron –entre otros cambios no menos radicales– los términos sánscritos lingam y yoni, que designan los órganos sexuales. En el siglo III, Vatsyayana, ascético autor del Kamasutra, prefería darlos por sobreentendidos. Ahora bien: las palabras sánscritas incrustadas en el texto inglés estaban ahí para eludir la acusación de obscenidad de la Inglaterra victoriana. Pero –como dicen los traductores de la nueva edición del Kamasutra, publicada este año en la colección Oxford World Classics–, esos términos convertían al sexo en algo que sucedía en otro mundo. Provocaban en el público occidental el mismo efecto taimado que producían las fotos de mujeres extranjeras con los pechos al aire que la National Geographic publicaba en la época en que Hugh Hefner era todavía un adolescente de noches húmedas.
Burton entendía perfectamente las risitas nerviosas de su pudibunda audiencia. El Kamasutra vendió muchísimos ejemplares, fue pirateado en varias ediciones y terminó siendo el texto indio más famoso del mundo; en especial su Libro 2, que detalla numerosas posiciones sexuales, muchas de ellas arduas, cuando no imposibles, pero que sufrieron interminables reencarnaciones posteriores. En una de las más recientes, unos relojes pulsera norteamericanos dibujan una posición distinta a cada hora. Y en las páginas de la revista Cosmopolitan, el Cosmo-Kamasutra ofrece “12 posiciones totalmente nuevas que harán reventar los colchones”.
Erudita y cuidadosamente ilustrada, la nueva edición de Oxford aporta lo suyo para rescatar este antiguo texto indio de la caricatura fácil y procaz. Ésa es al menos la esperanza de sus traductores: Sudhir Kakar, novelista y psicoanalista indio, y Wendy Doniger, historiadora de la religión nacida en Estados Unidos. En la introducción, sesuda pero vivaz, sostienen que “el Kamasutra real no es la clase de libro que se lee en la cama con una botella, y mucho menos que se sostiene con una mano para dejar la otra libre”. Se esfuerzan por explicar que el Kamasutra de Vatsyayana habla “del arte de vivir, de cómo encontrar pareja, de cómo ser el que manda en un matrimonio, de cómo vivir como o con un/a prostituta/o, de cómo usar drogas”. Todas cosas inseparables del estilo de vida indio en su versión más clásica, donde la búsqueda del placer sensual siempre fue tan importante como las obligaciones sociales y religiosas o el deseo de conquistar poder político y económico. Pero después de un rápido rastrillaje de los momentos más famosos del Libro 2, es difícil luchar contra la sospecha de que los indios de la época clásica estaban más hechos para la pedantería que para la pasión. El hábito indio de la enumeración –que se desenfrenó luego de que la India le regalara al mundo el cero– aparece desplegado con una frecuencia alarmante en las listas de 12 abrazos, 17 besos, 16 golpes y rasguños, 17 posiciones, 6 actos inusuales, 17 cachetadas y gritos, 10 maneras masculinas de masturbarse y 8 fellatios. Vatsyayana no deja de subrayar que “cuando la rueda del éxtasis sexual está en pleno movimiento no hay manual ni orden que valgan”. Pero el corazón se nos estremece cuando, en el capítulo titulado “Tipos de rasguño con Uña”, se declara con solemnidad que hay “ocho cosas que se pueden hacer con las uñas: la piel de gallina, la media luna”, etc., y luego se especifica cómo la gente dotada de una “energía sexual feroz” debería cortarse las uñas “en dos o tres puntos”.
Pero en medio de todas estas fruslerías asoma una temprana y sutil visión del orgasmo femenino. Y puede que los lectores modernos, hastiados y cínicos, encuentren algunas pistas útiles en los categóricos capítulosdel Libro 6: “Cómo conseguir un amante”, “Cómo hacer para sacarle plata”, “Signos de que la pasión se está enfriando”, etc.
Lo peor del Kamasutra es que es muy fantasioso, cuando no peligrosamente disparatado, y requiere serias advertencias institucionales: No repitan esto en casa, chicos. Es probable que cualquiera que siga las instrucciones del capítulo “Incrementando el Tamaño del Organo Masculino” (Libro 7) y se aplique sobre las partes en cuestión “jugos de cereza, batata, sanguijuelas, manteca de búfalo fresca, oreja de elefante, hojas de teak y heliotropo” no haga sino agregar un nuevo problema a los ya exigidos hospitales públicos y perder para siempre, además, la ilusión de alcanzar las exageradas bienaventuranzas que se describen en el Libro 2. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿para quién o para qué sirve el Kamasutra? Los propios traductores parecen un poco desorientados en cuanto al valor del libro que con tanto amor reintroducen, con su nueva traducción, en la cultura angloamericana. La antigüedad no basta para hacer del Kamasutra una obra clásica. Tampoco es una obra literaria; sería absurdo compararlo con la Ars Amandi de Ovidio, y sus momentos picantes en verso ni siquiera pueden competir con la poesía erótica sánscrita, muy elemental, de la Gitagovinda de Jayadeva, que en el siglo XII fabuló el gran amor de Krishna y Radha.
El Kamasutra es a lo sumo un recordatorio útil de las muchas formas creativas que existen para buscar placer. Quizás David Beckham –que hace poco confesó ser “un animal en la cama”– pueda usarlo para aprender hasta qué punto el erotismo no es la mera sexualidad sino el espíritu de los animales superiores transfigurado por la imaginación. Hay algo frío, sin embargo, en los extenuantes intentos del Kamasutra por encender los sentidos. Al rechazar el romanticismo en favor de la gloria sexual, se cierra a los no menos voluptuosos placeres del deseo evocados, entre otros textos indios, por el Gathasapatasati, una antología de poesía erótica compilada unas cuantas décadas antes que el Kamasutra. Ni siquiera tiene tiempo de dedicarse a los saludables miedos y las decepciones del amor erótico. Pero ¿quién antepondrá el detalle de las “ocho formas de besar con el labio inferior” a los párrafos de Proust en que Marcel, el narrador, describe su primera tentativa de contacto físico con Albertine?
Hay pocos sentimientos generosos o igualitarios en el Kamasutra. Cuando no las ignora, el libro desprecia a las clases bajas y termina pareciéndose a lo que alguna vez fue: un manual de autoayuda para la elite india, ociosa y sin corazón, en su mayoría masculina, que rendía culto a la belleza, para lo cual el tamaño importaba mucho y el dinero todavía más. Quizás esto haga que el Kamasutra (alguna vez considerado como el producto característico del Oriente exótico) forme parte del Occidente moderno. Es difícil no percibir sus semejanzas con los mensuarios satinados y los semanarios en papel ilustración que sirven de guías para cultivar la “sensualidad” de las clases medias, revistas donde la pasión se vuelve un imperativo social, el orgasmo está organizado en un sistema racional de producción y beneficios y la delgadez de las modelos habla de la dureza del trabajo, pero también, paradójicamente, del ayuno y la automutilación de los santos que vivían en el desierto.

Traducción: Sergio Di Nucci.

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