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Domingo, 14 de septiembre de 2014

UN MAESTRO

 Por Angel Berlanga

“Todos” no existe, decía, y la discusión trepaba un par de números. Esto fue hace treinta años, el último de la secundaria y el primero de la democracia, y el tipo nos rompía mucho las pelotas porque iba por otro lado, no le pescábamos la onda, nos desorientaba. Era el profesor de Proyectos II en un industrial de Construcciones de Floresta, la ENET 17, y apenas llegar tiraba un par de preguntas, o contaba alguna historia que terminaba siendo una provocación, el camino desde un titular efectista a un laberinto kafkiano, el de-sarme de algún fundamento tallado durante el Proceso. A esa altura teníamos clara la metodología, los profesores nos explicaban algo muchas veces abstracto y había que recitarlo, cumplir unas instrucciones. Pero éste buscaba que pensáramos, quería que nos hiciéramos preguntas y que también nos preguntáramos por qué respondíamos lo que respondíamos, que relacionáramos educación con política, economía, nación, presente con pasado, familia con cultura, cultura con silencios, estridencias, emociones, lugares comunes. Y eso era difícil: nos habían formateado distinto. Falta un minuto, el partido está 0 a 0, imaginen que son el zaguero y que el nueve se les va derecho para el arco; sólo alcanzarían a faulearlo antes de que entre al área. ¿Qué harían? Lo bajaríamos de un guadañazo: ¡todos haríamos lo mismo! Todos no: yo, por ejemplo, lo dejaría. “Todos” no existe.

Agustín Daniel Lamas además era arquitecto, hablaba de Eduardo Sacriste y de Le Corbusier, del costado social de la arquitectura, de las maquinarias para las pobrezas. Tres semanas atrás sonó el teléfono en casa y un compañero de aquel curso, Marcelo Miyasato, avisó que había muerto en un accidente. Un tren. Unos días antes de eso nos habíamos reunido en una pizzería en Floresta, con Lamas y Fabio Oliva, otro compañero. Miyasato es director de un secundario en Parque Avellaneda y Oliva, que también es arquitecto, trabaja en una comisión que busca preservar el parque: ambos dan pelea a los tarascones del macrismo. Lamas habló del Instituto de Formación Docente en Bernal: era regente, y venía trabajando ahí como profesor desde hace muchos años. Para ahí iba cuando el accidente.

Reviso papeles, leo algunas notas que tomé a lo largo del tiempo, recuerdo cosas sueltas. Nos veíamos con Lamas cada tanto, de forma irregular. Estuve en su casamiento de civil: cuando la jueza empezó a cargosearlo para que comentara alguna obviedad sobre el momento respondió con firmeza que para él eso era un trámite y que cuanto antes terminara, mejor. Vivía en la casa en la que se había criado, sobre la calle Homero, a la vuelta de la iglesia en la que balearon a Mugica. Se reía un poco del desorden, resignado a que siguiera así. No adscribía orgánicamente a partidos específicos, porque prefería trabajar en el llano, centrar la política en el espacio que se ocupa, en las prácticas concretas. Tenía un sesgo nacional y popular (en los últimos tiempos hablaba mucho con Norberto Galasso) y había sido secretario académico en la UTN de General Pico ya en 1974: desembarcó ahí con una línea pedagógica afín al peronismo de izquierda y terminó preso al año siguiente por una intervención del peronismo de derecha. Una tarde de verano me mostró unos recortes de periódicos pampeanos en los que se contaba esa historia y ahora lamento no haber registrado mejor esa charla, porque además de los detalles de eso contaba del cansancio de su padre sastre, español, al volver de trabajar, o de su propio trabajo en un frigorífico, cuando era adolescente. Lamas nació en el ’39, hizo la escuela durante los primeros gobiernos de Perón y luego pudo entrar en la universidad, en época de peronismo proscrito, Cuba, socialismo en el horizonte, muchos con conciencia de libertad, igualdad, formación. Lo de Onganía no fueron sólo los bastones largos, las universidades, dijo esa tarde, también alteraron la formación docente de primaria y secundaria. La última dictadura profundizó eso. Y la democracia, decía, y citaba un documento en el que Juan Carlos Tedesco aseveraba que sería deseable profundizar la escuela como formadora de mano de obra para el desarrollo de las elites. Por eso, planteaba Lamas, los profesorados son una clave. Y por eso él ponía tanta energía en uno del sur del conurbano.

Tenía 75 y no aflojaba. Dormía poco. Había zafado de un paro cardíaco, de una caída que le dejó unas costillas machacadas. Se mantenía en primera línea contra lo que llamaba, siguiendo a Paulo Freire, la educación bancaria, que no estimula posturas críticas y liquida la curiosidad, el instinto investigador, la creatividad. Eso es de Pedagogía del oprimido; de Pedagogía de la autonomía repartía una hojita en la que instaba a ser profesor “a favor de la esperanza que anima a pesar de todo, contra el desengaño que consume y que inmoviliza”. A mantener una coherencia entre lo que se dice, lo que se escribe y lo que se hace. Para los burócratas era una amenaza, un indeseable, pero él había descifrado claves de concursos, puntajes, documentación, para sostenerse en los espacios que le interesaban, para seguir sugiriendo conexiones, miradas, acciones. Eso hasta la encrucijada del 27 de agosto: cruzaba las vías caminando y al parecer no vio venir al tren. Cuando Miyasato dio la noticia al grupo de egresados de aquel año, Juan Couso, uno de los tipos lúcidos de aquel grupo, escribió: “Sin duda nos dejó a todos una marca, es mejor ver eso y no que ya no estará entre nosotros, seguramente lo tendremos a la mesa en noviembre”. En dos meses habrá una reunión por los treinta años. “Todos” no existe, Juan, dirá entonces Lamas, sonriente.

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