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Domingo, 1 de febrero de 2015

VUELTA POR EL UNIVERSO

CINE Desde sus comienzos con Bound y sobre todo con la trilogía Matrix y la adaptación de V de Vendetta, de Alan Moore, la obsesión de los hermanos Wachowski es el tema de la dominación y la resistencia. A esta dialéctica se le suma en los últimos años, y especialmente desde la enorme Cloud Atlas, la idea de la conectividad, de que todo está relacionado. Su nueva película, El destino de Júpiter, es una suerte de combinación de estas preocupaciones con una idea estética de hibridación total: elementos multiculturales, diseño de arte que superpone estilos, una narración que toma la idea de humanos usados como alimento de Matrix pero los combina con una narración casi de cuentos de hadas, tan cercana a Brazil como a Cenicienta.

 Por Mariano Kairuz

La última vez que los hermanos Wachowski aparecieron en público, dos años atrás, seguían hablando de ese puñado de temas que los obsesiona y le da forma a casi todo lo que hacen: “dominación y resistencia”, y “la conectividad total”, a veces imperceptible, que hay entre todas las formas de vida y cultura a través del espacio-tiempo; y “la paradoja que se da entre el libre albedrío y la imposibilidad de elegir nuestros destinos”. La ocasión era el estreno de Cloud Atlas, su adaptación –junto al alemán Tom Tykwer– del complicado libro de David Mitchell, y Lana Wachowski (ex Larry Wachowski, ahora una mujer transexual que suele presentarse con el pelo rosado) decía: “Artistas y narradores escriben sobre el poder desde los tiempos de la Odisea; es parte de la experiencia humana. Nos obsesiona pensar la relación que hay entre la responsabilidad que tenemos respecto de quienes tienen más poder que nosotros, y la que tenemos respecto de aquellos sobre quienes tenemos poder. ¿Qué debemos hacer con esta construcción de lo que se supone que debe ser el mundo, aceptarla sumisamente o combatirla?”

Todo el asunto podrá sonar más o menos grandilocuente, pero es sin duda la línea que recorre, a través de diversas formas y estilos narrativos, desde su primera película hasta la última, El destino de Júpiter (Júpiter Ascending), una aventura de ciencia ficción protagonizada por Cha-nning Tatum y Mila Kunis, que se estrena la semana que viene acá, en Estados Unidos y en buena parte del mundo.

Sobre una forma bastante específica de dominación trataba la primera película de los Wachowski, la pequeña e interesante Bound (con Gina Gershon y Jennifer Tilly, estrenada acá como Sin límites); sobre la dominación total que esconde su naturaleza detrás de una matriz de conformismo y una falsa ilusión de libre albedrío trató su obra más importante y exitosa: la trilogía Matrix, en la que los seres humanos son reducidos a baterías de las cuales las máquinas absorben su energía. La aventura de Neo (Keanu Reeves) empezaba cuando los líderes de la resistencia le ofrecían la alternativa de tomar la pastillita azul, y abandonar de una vez y para siempre la fachada de lo que conocemos como el mundo cotidiano para asomarse al “desierto de lo real”. La siguiente película de los hermanos fue Meteoro, adaptación del famoso animé de los años ’60 –que a pesar de tratarse básicamente de una fantasía infantil, incluía una subtrama sobre poderes extorsivos y letales, los de la mafia de la alta competición automovilística–, y luego fue Cloud Atlas, la red invisible, en la que, como ya lo había definido el autor de la novela, “los personajes son reencarnaciones de una misma alma, identificados por una marca de nacimiento”, y “el tema es la manera en que los individuos depredan a los individuos, los grupos a los grupos, las naciones a las naciones”. No suele aparecer prominentemente en los créditos, pero la productora de los Wachowski, a través de la cual trabajan en su films desde que produjeron V de Vendetta (la adaptación de la historieta de Alan Moore que ellos mismos escribieron y que dirigió Lewis McTeigue) se llama, de manera consecuente con su discurso, Anarchos Productions.

Para hacer Cloud Atlas, los Wachowski debieron salir a buscar financiación por fuera del sistema de estudios, logrando finalmente, a más de cien millones de dólares de presupuesto, una de las superproducciones independientes más caras de la historia. Ahora, con El destino de Júpiter, vuelven a estrenar una superproducción multimillonaria (unos 175 millones, y otros 100 adicionales para su promoción mundial), bancada y distribuida por compañias gigantes (Warner Bros. y Village Roadshow), y basada en una historia totalmente propia –después de varias adaptaciones sucesivas de material ajeno– que los devuelve a un universo cercano en muchos aspectos al de su mayor éxito. Las expectativas en la industria son altas.

TODO ESTA CONECTADO

“Es una aventura espacial de ciencia ficción, con mucha acción original y mucho romance.” Eso es prácticamente todo lo que adelantó Lana Wachowski sobre la pelicula que estaban haciendo ella y su hermano un año atrás. “Parece que no somos demasiado buenos haciendo cosas pequeñas. Todo el tiempo nos decimos: hagamos una película más chiquita. Pero terminan siendo cosas enormemente complejas.”

Y en El destino de Júpiter todo está conectado de vuelta, en los mismos dos sentidos de siempre, a tal punto que podría decirse que los Wachowski se roban un poco a sí mismos.

Para empezar, todo ser vivo que haya habitado el cosmos parece estar conectado: la heroína de la historia descubre no solo que hay vida fuera de la Tierra, sino que la vida terrícola ni siquiera se inició acá, sino hace mucho mucho tiempo en galaxias muy lejanas; y que nuestra especie no es sino un subproducto de aquellas formas de vida más avanzadas. Un subproducto en el sentido más mercantil del término: fuimos puestos acá para servir a otros; fuimos “sembrados” en el planeta verde, para ser más precisos, y nuestro destino es, algún día, alcanzada la madurez suficiente (el “estado darwiniano de perfección”), ser cosechados. ¿De qué es exactamente que les servimos a nuestros hacedores? Bueno, todo está conectado, también, a Matrix: si en la saga de Neo, cada nuevo ser humano funcionaba como una suerte de batería eléctrica de la que las máquinas extraen su energía vital –sin arruinarle la trama a nadie podemos contar que–, en El destino de Júpiter, los terrícolas poseemos unos, por así decirlo, valiosos juguitos, que les permiten a los de afuera mantenerse vivos y lozanos por décadas, siglos, milenios.

Y todo está conectado a otro de los temas declaradamente favoritos de los Wachowski: poder y dominación. Porque ¿quiénes son los que se benefician del cultivo de seres humanos, de nuestra mercancía electroquímica? Bueno, principalmente la realeza alienígena, que es con la que deberá lidiar la heroína. La preguna de la que partieron los Wachowski –declarados fans de 2001 y de Cosmos, de Carl Sagan– es, dijo Lana, “si es que hay seres vivos más avanzados fuera de la Tierra, y saben de nosotros; ¿por qué no quieren que sepamos de ellos?”. Y una respuesta posible: es que acaso, para estos seres avanzados, no somos más que su ganado.

La heroína es Júpiter, una chica más o menos común y corriente, aunque con los ojos de la actriz Mila Kunis, y que pasa cada uno de sus frustradísimos días fregando inodoros ajenos para sobrevivir. Júpiter vive con su madre rusa y parte de su familia, como exiliados, expulsados de la Madre Patria por la tragedia, en Chicago, adonde llegaron en busca de una existencia menos amarga. Cada día, al sonar el despertador, Júpiter se dice a sí misma: “Odio mi vida”; sin embargo, vuelve a levantarse de su cama, y regresa al yugo. Su único anhelo material, parece ser, es comprarse un costoso telescopio que está un poco fuera de su alcance; es decir, pone todas sus expectativas de salir de su miserable rutina, en las estrellas. Lo que ignora, tan linda pero ordinaria como es, es que ella misma pertenece a esta realeza extraterrestre que nos puso a todos a vivir nuestras rutinarias vidas en el tercer planeta del Sol. Sí, es la sirvienta que no sabe que en el fondo es una princesa cósmica, como en las viejas telenovelas, como en La guerra de las galaxias, y como en Cenicienta.

Las desventuras de Júpiter empiezan cuando, muerta la matriarca de la Casa de Abrasax –la dinastía imperial del espacio que ha comandado todo el asunto durante más de cien mil años–, sus tres hijos empiezan a sacarse los ojos por tomar control de la cosecha de terrícolas y su suero de la juventud, y, por supuesto, a la cenicienta y heredera real en la que ven una potencial amenaza. Uno de ellos envía a Caine, atlético soldado genéticamente diseñado y “mejorado” con ADN lobuno (Channing Tatum) a buscarla. (El componente canino de Caine es una especie de chiste que le pone un humor inusual en las películas de los Wachowski, pero por encima de todo, una referencia velada a El Mago de Oz y a Dorothy, que tenía a su perro Toto como protector). Para sacar a Júpiter de Chicago y hacia el infinito y más allá, Caine habrá de disputársela con los mercenarios enviados por los otros contendientes imperiales. Pretexto argumental para recorrer vertiginosamente Chicago con un par de botas voladoras.

A todo esto, entre la producción de la película y su larga posproducción sobrecargada de efectos digitales, uno de los actores secundarios del film, el inglés Eddie Redmayne –que interpreta en Júpiter a Balem, el más villanesco de los herederos de la casa de Abrasax– pasó a formar parte de la realeza de Hollywood, ganando un Globo de Oro y quedando nominado al Oscar por su interpretación de Stephen Hawking en La teoría del todo, que se estrena el mismo día que El destino de Júpiter. Y en un papel mínimo aparece también el director Terry Gilliam; es apenas un cameo, pero significativo. La escena que le dan los Wachowski, ambientada en una oficina burocrática interestelar, es kafkiana como las de algunas de las películas más recordadas de Gilliam; su diseño de producción es retro-futurista, combinando espacios viejos y abarrotados, elementos antiguos, sucios y usados, con otros hipermodernos y relucientemente hi-tech. Su participación funciona como un homenaje casi explícito a Brazil, o a 12 monos.

En rigor, también en ese aspecto, el de la dirección de arte y escenográfica, los Wachowski nos dicen: todo está conectado. Lo viejo y lo nuevo, el pasado y lo que vendrá, lo alto y lo bajo: la nave espacial del playboy Titus Abrasax (el hermano menor de Balem, interpretado por Douglas Booth) fue definida por la producción como una suerte de cruza entre una catedral gótica y la mansión Hefner, y así es casi todo en el mundo sideral de El destino de Júpiter, resultado de la obra conjunta del diseñador de producción australiano Hugh Bateup y la diseñadora de vestuario Kym Barrett, colaboradores habituales de los Wachowski. “Para Júpiter queríamos hacer algo de lo que la ciencia ficción suele escapar, que es la idea de yuxtaponer diferentes estéticas, como el brillo futurista y claro del museo de Guggenheim en Bilbao, con el barroco gótico del Museo Británico”, explica Lana en las notas de producción de la película. Las arquitecturas del imperio espacial debían resultarles familiares al público, sugiriendo que la Historia (terrícola) del Arte puede haber sido inspirada por obras y estructuras generadas en otros lugares, decenas de miles de años atrás.

Al cachivacheo multicultural se le superpone un tráfico interétnico de especies extraterrestres: hay unos letales marcianitos que parecen los ET del área 51, y unos lagartos alados con tremendas colas y “la impredecibilidad de un reptil en sus movimientos”, que no tienen nada que envidiarle a los bichos de Jurassic Park –y que, hay que decirlo, son uno de los diseños de criaturas más ridículamente encantadores y atractivos del cine fantástico reciente–, y también cazadores de aspecto humano como Caine, pero que parecen haberse entregado al cosplay animé, y, en un detalle más que sugestivo para tratarse de los autores de Bound, una suerte de guardia imperial que parece más bien un ejército de soldados S&M, leather, bozal y todo. El efecto es de una suerte de hibridación total; todo refritado, mezclado y agitado de tal modo que, incluso aquellos movimientos en la historia del arte que no parecen automáticamente conectados, acá sí lo están.

LA CONEXION Y EL STREAMING

Tras los fracasos comerciales de sus dos últimos films como directores, y de la postergación de la fecha programada originalmente para su estreno (iba a ser a mediados de julio del año pasado), el tipo de movimientos de agenda que suelen provocar rumores negativos en la industria, el masivo lanzamiento de El destino de Júpiter llega algo ensombrecido. Pero, pase lo que pase, está confirmado que habrá más novedades de los Wachowski este año: ya está casi completada Sense8, la serie de ciencia ficción que los hermanos crearon y guionaron junto con el escritor J. Michael Straczynski (el creador de Babylon 5), y que la plataforma de programación en streaming Netflix estrenará en los próximos meses. El título es un juego de palabras con la expresión “sensate” –que quiere decir estar “conciente” y alerta– y el argumento se centra en ocho extraños de diferentes partes del mundo y diferentes culturas, que de pronto se ven mental y emocionalmente, cómo no, co-nec-ta-dos. Un hombre poderoso y misterioso intenta reunirlos; otro, cazarlos. Cada episodio estará destinado principalmente a uno de los personajes; las notas de producción adelantan que “tratará temas como identidad, sexualidad, género, persecución, intolerancia y miedo”.

La idea original, se dice, fue de los Wachowski, producto de una conversación trasnochada que tuvieron muchos años atrás, “acerca de las maneras en que la tecnología simultáneamente nos une y nos divide”. En otras palabras, y una vez más, el tipo de cosas que atraviesan casi todas sus producciones. El rodaje tuvo lugar en Londres, México, Alemania, Kenia, Cora del Sur, Islandia e India (donde filmaron un número musical a lo Bollywood) simultáneamente y estuvo a cargo de los Wachowski, de McTeigue (el de V de Vendetta), Tykwer (Cloud Atlas) y Straczynski como directores. Los hermanos dieron comienzo a la producción en Chicago y en San Francisco, donde incorporaron el registro de eventos reales, tales como la marcha del Orgullo Gay y la marcha Dykes on Bikes on the Dyke, el festival de transgénero y performance queer Fresh Meat Festival y otros. A lo que apuestan, dijeron sin demasiada modestia los hermanos W., es a “cambiar el vocabulario para la producción televisiva”, de la misma manera en que Matrix se convirtió en una influencia esencial en el cine de acción contemporáneo.

Veremos. Será cosa de tomarse otra vez la pastillita roja, y entregarse a de vuelta a la fantasía de visos filosóficos de Lana y Andy.

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