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Domingo, 22 de febrero de 2015

PAÍS DE NIEVE

En 1974, a los 32 años, Werner Herzog se enteró de que su admirada Lotte Eisner estaba muy enferma en Francia y decidió, en un impulso casi místico que luego se volvería una constante en su carrera, recorrer caminando en línea recta la distancia entre Munich y París con la extraña idea de que si conseguía cumplir la peregrinación, Eisner se recuperaría. Y se recuperó: vivió nueve años más después de que el joven Herzog llegara, con los pies destrozados, a su departamento parisiense. El diario de esos meses invernales, noviembre y diciembre en una Europa rural desolada, es un clásico que increíblemente recién acaba de traducirse al castellano: Del caminar sobre hielo (Entropía) –del cual se anticipan aquí algunos fragmentos– es un viaje por momentos lúgubre e íntimo, salpicado de intensas epifanías y adversidades, profundamente excéntrico y por momentos onírico. Un libro tan intenso, romántico y obsesivo como su autor, donde se recrea una caminata existencial que recuerda en menor escala a las épicas por venir, a los enfrentamientos con el propio cuerpo y la naturaleza que luego se volverían la materia explícita de obras tan excesivas como Fitzcarraldo o Aguirre o la ira de Dios.

 Por Werner Herzog

A fines de noviembre de 1974 me llamó un amigo desde París y me dijo que Lotte Eisner estaba muy enferma y que probablemente moriría, a lo que yo dije que eso no podía ser, no en este momento, el cine alemán aún no podía prescindir de ella, no debíamos permitir que eso sucediera. Agarré una campera, una brújula y un bolso con lo estrictamente necesario. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que confiaba en ellas. Tomé el camino más recto hacia París, con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie. Además, quería estar a solas conmigo.

Lo que escribí durante el viaje no estuvo pensado para lectores. Ahora, casi cuatro años más tarde, al volver a tomar en mis manos el pequeño anotador, me vi embargado por una rara emoción, y el deseo de mostrarles el texto también a otros, desconocidos, para mí pesó más que la timidez por abrir tanto la puerta a miradas extrañas. Sólo suprimí algunos pasajes muy privados.

(Delft, Holanda, 24 de mayo de 1978)

Sábado, 23/11/74

Un único pensamiento omnipresente: irse de acá. Las personas me dan miedo. Nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito. No morirá, no. No ahora, no lo tiene permitido. No, no va a morir porque no está muriendo. Mis pasos son firmes. Y ahora tiembla la tierra. Cuando yo camino, camina un bisonte. Cuando descanso, reposa una montaña. ¡Cuidadito! No lo tiene permitido. No lo hará. Cuando llegue a París, ella estará con vida. No será de otra manera porque no está permitido que lo sea. Ella no tiene permitido morir. Más tarde tal vez, cuando nosotros lo autoricemos.

Sobre un campo llovido un hombre agarra a una mujer. El césped está aplastado y sucio.

La pantorrilla derecha quizá me dé problemas, también posiblemente la bota izquierda, adelante contra el empeine. Son tantas las cosas que a uno se le cruzan por la cabeza al caminar; el cerebro enfurece. Ahora un casi accidente poquito más adelante. Los mapas son mi pasión. Empiezan los partidos de fútbol, se traza la línea del medio sobre canchas aradas. Banderas del Bayern en la estación de trenes urbanos de Aubing (¿o Germering?). El tren arremolinó papeles secos al partir; el revoloteo duró bastante, luego el tren se había ido. En mi mano sentía aún la pequeña mano de mi pequeño hijo, esa rara manito en la que el pulgar se deja doblar en contra de la articulación de manera tan peculiar. Miré el remolino de papeles y el corazón quiso partírseme. Lentamente van siendo las dos.

Germering, tabernas, chicos que toman la primera comunión; una orquesta de vientos, la moza lleva tortas y la mesa de los habitués intenta arrebatarle algo. Caminos romanos, fortificaciones celtas, la fantasía trabaja duro. Tarde de sábado, las madres con sus hijos. ¿Cómo se ven de verdad los chicos jugando? No así, como en las películas. Se necesitarían binoculares.

Todo esto es muy nuevo, un nuevo pedazo de vida. Hace un momento estaba parado sobre un puente, y abajo un tramo de la autopista de Augsburg. Desde el auto veo a veces a la gente parada sobre un puente mirando la autopista: ahora soy uno de ellos. La segunda cerveza me baja hasta las rodillas. Un joven extiende un cartel de cartón con un hilo entre dos mesas y sujeta las puntas de la cuerda con cinta adhesiva. La mesa de los habitúes grita “¡Desvío!”. “¿Ustedes quiénes se creen que son?”, dice la moza, luego arranca de nuevo la música muy fuerte. A la mesa de los habitués le gustaría ver que el joven le metiera la mano debajo de la pollera a la muchacha, pero él no se anima.

Sólo si fuera una película creería que todo esto es real.

Dónde voy a dormir es algo que no me preocupa...

...Cómo me asusté al forzar una capilla antes de llegar a Alling. Quería ver si podía dormir ahí adentro, pero me encontré con una señora que rezaba acompañada de un San Bernardo. Los dos cipreses que tenía adelante hicieron que mis temores me bajaran por los pies y se perdieran en lo insondable. En Alling ya no hay ningún restaurante abierto. Anduve husmeando alrededor del oscuro cementerio, luego junto a la cancha de fútbol, después al lado de un edificio nuevo que tiene las ventanas cubiertas con plásticos. Alguien nota mi presencia. Saliendo de Alling, un pantano, sospecho chozas de adobe. Espanto unos mirlos de un arbusto, una gran bandada asustada que se desvanece en la oscuridad. La curiosidad me lleva al lugar correcto, una casa de fin de semana, jardín cerrado, puentecito sobre el estanque; está bajo llave. Lo hago de la manera directa que aprendí de Joschi. Primero reventar una persiana, después hacer astillas un vidrio y ya estoy adentro. Hay un banco esquinero y gruesas velas decorativas, aunque prenden; cama no hay, pero sí alfombras mullidas, dos almohadones y una botella de cerveza todavía sin beber. Un sello rojo de cera en una esquina. Un mantel con un diseño moderno de principios de los años cincuenta. Arriba de eso, un crucigrama apenas resuelto en una décima parte, aunque los garabatos al margen revelan que ya habían probado todas las palabras. Resueltas están: ¿Cobertura de cabeza? Sombrero. ¿Vino espumoso? Champán. ¿Para comunicarse a distancia? Teléfono. Resuelvo el resto y lo dejo como souvenir sobre la mesa. Es un lugar magnífico, alejado de todo. Ah, sí, ahí dice ¿oblongo, redondo?, vertical, cuatro letras, termina con la L de teléfono, horizontal; no se halló la solución, pero la primera letra, la primera casilla, está remarcada varias veces con birome. Una mujer que caminaba con una jarra de leche por una calle nocturna del pueblo siguió ocupando mis pensamientos largo rato. Los pies están bien. ¿Habrá truchas en el estanque?

Lunes, 25/11

Pasé la noche cerca de Beuerbach, en un pajar que abajo sirve de cobertizo para vacas, con el suelo barroso y fuertemente pisoteado. Arriba estaba pasable, sólo me faltaba luz. La noche se hizo larga, pero con calor suficiente. Afuera corren nubes bajas, está tormentoso, todo gris. Los tractores tienen los faros encendidos, aun cuando la claridad alcanza. Después de cien pasos, un cruce de caminos con banquitos. Qué amanecer a mis espaldas. Una pequeña rendija se abrió en las nubes: un sol así de sangriento es el que sale el día de la batalla. Alamos flacos y deshojados, un cuervo vuela aunque le falta un cuarto de ala, eso anuncia lluvia. Pasto lindo y seco a mi alrededor, agitándose en la tormenta. Delante del banco, la huella de un tractor sobre el campo arado. Silencio sepulcral en el pueblo, da la impresión de haber cumplido con su trabajo y ya no querer despertar. Principio de ampollas en ambos talones, sobre todo el derecho; ponerse los zapatos requiere mucho cuidado. Debería llegar hasta Schwabmünchen para conseguir apósitos y dinero. Las nubes avanzan en mi dirección. Dios mío, qué pesados están los campos por la lluvia. Los pavos chillan alarmados desde una granja a mis espaldas.

Antes de Klosterlechfeld. Incluso sin puente, noto ahora, el Lech no habría sido un problema. El paisaje me recuerda a Canadá. Cuarteles, soldados en casas de chapa acanalada, bunkers de la Segunda Guerra Mundial. Un faisán alzó vuelo a sólo un metro de mí. Dentro de un tambor de metal arde un fuego. Una parada de ómnibus abandonada; los chicos la pintarrajearon con tizas de colores. Un pedazo de pared de plástico corrugado golpea en el viento. Acá hay pegado un anuncio de que mañana se cortará la electricidad pero en cien metros a la redonda no se ve nada eléctrico. Lluvia. Tractores. Los autos siguen con las luces encendidas.

Tormenta enfurecida y lluvia enfurecida desde el Lech hasta Schwabmünchen. No vi nada, salvo eso. Estuve parado infinitamente en la carnicería, con pensamientos asesinos. La moza en la taberna entendió todo de una sola mirada; eso me hizo bien, ahora me siento mejor. Afuera, un patrullero y policías, más tarde voy a dar un gran rodeo. Al cambiar mi billete grande en el banco tuve la decidida sensación de que la cajera iba a disparar la alarma en cualquier momento, y sé que yo habría salido corriendo. Toda la mañana anduve famélico de leche. A partir de este punto me quedo sin mapa. Lo que más me hace falta: una linterna chica y apósitos.

Al mirar por la ventana había un cuervo sobre el techo de enfrente, sin moverse y con la cabeza inclinada en la lluvia. Mucho más tarde seguía en el mismo lugar, inmóvil y congelándose, solitario y silencioso con sus pensamientos de cuervo. Me corrió por dentro un sentimiento fraternal y la soledad llenó mi pecho.

Granizo y tormenta, la primera ráfaga casi me alza en vilo. Se puso negro sobre el bosque y enseguida pensé que esto no iba por el buen camino. Ahora la cosa pasó a nieve. Veo mi reflejo sobre la calle mojada. Desde hace una hora, breves vómitos constantes, justo como para llenarme la boca; tomé la leche demasiado rápido. Las vacas acá se lanzan al galope de la manera más inesperada. Busco refugio bajo el techo de una parada de ómnibus de madera descascarada, pero como está abierta hacia el oeste, la nieve corre hasta mi rincón más alejado. Con la tormenta y la nieve y la lluvia se arrastran ahora también las hojas, que se me pegan firmemente y me cubren por completo. Fuera de acá, sigamos.

Breve descanso junto a un pequeño bosque. Puedo ver el valle, tomo un atajo sobre praderas mojadas que hacen ruido a masticación; acá la ruta da una amplia curva. Eso sí que fue una tormenta de nieve; ahora todo vuelve a tranquilizarse, de a poco me voy secando. Adelante, Mickenhausen, pero dónde demonios quedará. De los abetos aún caen gotas sobre el suelo cubierto de agujas de pino. Humeo desde los muslos como un caballo. Terreno con colinas, mucho bosque ahora; todo me resulta tan desconocido. Cuando me acerco, los poblados se hacen los muertos.

Jueves, 28/11

LOTTE EISNER Y WERNER HERZOG

Pasando Geisingen empiezan los remolinos de nieve y ando con ritmo acelerado, sin parar, porque estoy mojado hasta la piel y si me quedo quieto enseguida me congelo; así al menos mantengo el calor. Nevisca mojada tan intensa de frente y a veces también de costado que tengo que recostarme contra ella y enseguida quedo cubierto de ese lado, como un abeto. Ay, cómo celebro mi gorro. En viejas fotos marrones, los últimos navajos marchan, agazapados sobre sus caballos y envueltos en mantas en la tormenta de nieve, hacia la extinción; la imagen no se me va de la mente y aumenta mi resistencia. La ruta se borra en un instante bajo la nieve. En medio de la tormenta, un tractor queda varado sobre el campo pesado con los faros encendidos, ya no puede seguir avanzando; el campesino se ha dado por vencido y sólo atina a estar parado al lado, sin entender más nada. Nosotros dos, los fantasmas, no nos saludamos. Ay, es un camino tan duro, y el viento que pega con la nieve ardiente directo en la cara, completamente horizontal. En general es en subida, pero también en bajada duele todo...

...El tobillo derecho empeoró mucho. Si se sigue hinchando, no sé qué voy a hacer. Acorto las curvas en bajada hacia Gammertingen, son demasiado empinadas y duelen. Durante un giro cerrado, sé de pronto qué es un menisco, algo que hasta ese momento sólo conocía en teoría. Estoy tan dramáticamente empapado que frente a una fonda dudo largo rato si entrar o no. Pero la necesidad vence al peor espanto. Haile Selassie fue ejecutado. Su cadáver fue incinerado junto a un galgo ejecutado, un chancho ejecutado y un gallo ejecutado. Las cenizas mezcladas fueron esparcidas sobre los campos de un condado inglés. Qué tranquilizador puede ser eso.

Domingo, 1/12

Un gato casi desdentado maúlla en la ventana, afuera está cubierto y lluvioso. Es el primer domingo de Adviento y en apenas tres días podría llegar al Rin.

Por primera vez hay de nuevo un poco de sol; pensé que eso me haría bien, pero luego mi sombra acechaba a mi lado y como caminaba hacia el oeste también iba delante de mí. Al mediodía, la sombra se ovilló alrededor de mis piernas y eso me dio mucho miedo. La nieve había aplastado un auto: quedó chato como un libro. Buena parte de la nieve se derritió durante la noche, por acá hay grandes manchas, más arriba de las colinas la capa de nieve está completa. Campo muy abierto con colinas y algo de bosque en el medio; los campos recuperan cierto color amarrondo. Liebres, faisanes. Había un faisán que se comportaba como un desequilibrado mental: bailaba, daba vueltas, lanzaba sonidos extraños y no era para atraer a una hembra. Estaba como ciego y no me vio.

Lunes, 2/12

Sin previo aviso empiezan las granjas de la Selva Negra; también sin previo aviso empieza un nuevo dialecto. Seguramente tomé muchas decisiones erradas, una tras otra, respecto de la ruta, lo que en retrospectiva se fue sumando hasta llegar al rumbo correcto. Lo malo es que después de reconocer una decisión errada no tengo el temple como para regresar, prefiero corregirla mediante otra decisión errada. De todas formas sigo una línea recta teórica, sólo que no siempre puedo sostenerla, y por eso los desvíos no son realmente grandes... El bosque se abrió hacia un valle, después de la última granja vino una subida con empinada con nieve mojada hasta Gedächtnishaus, pasando la altura volví a la ruta. Una mujer mayor, rechoncha y pobre, que está juntando leña, me dirige la palabra, enumera a sus hijos, cuándo nacieron, cuándo murieron. Como siente que quiero seguir viaje, habla el triple de rápido, resume destinos enteros, saltea la muerte de tres chicos, pero después las recupera porque no quiere que queden ignoradas, y todo esto en un dialecto que me hace difícil seguirla. Tras el deceso de toda su generación de hijos sólo dijo sobre sí misma que ella junta leña, todas las mañanas; habría querido quedarme más tiempo con ella.

Durante el descenso sobrepasé, rengueando, a un hombre que rengueaba. La ruta baja empinada hacia Hornberg y siento las rodillas y el tendón de Aquiles. El tendón está bastante hinchado en la punta del talón y parece como si estuviera metido en una funda. En la oscuridad sacudí la puerta de un establo iluminado, había dos señoras mayores ordeñando, además de dos chicas, una de diez años y otra de cinco. La chica más grande se mostró al principio muy perturbada porque, como se supo después, estaba segura de que yo era un ladrón. Después tomó confianza y tuve que contarle sobre la selva, sobre las serpientes y los elefantes. Por medio de preguntas capciosas intentó sondear si era verdad eso que le contaba. La cocina es muy pobre y las condiciones opresivas, pero las dos señoras me cedieron sin pensarlo un rincón donde pasar la noche. Hay un pequeño gato negro azabache con una manchita blanca en la punta de la cola que trata de atrapar moscas contra una pared. La chica más grande está aprendiendo teoría de conjuntos. Por la noche le presto mi cuchillo, para que pueda defenderse de mí en caso de que al final resulte ser un ladrón.

Martes, 3/12

...Un montículo de desperdicios en la llanura no se me quiere ir de la cabeza. Lo vi de lejos y caminé cada vez más rápido, al final como atacado por un miedo mortal de que me sobrepasara un auto antes de alcanzarlo. Jadeando por la corrida, llegué a la montaña de basura y necesité largo rato para recuperarme, aunque el primer auto recién me pasó minutos después de mi llegada. Al lado había una zanja con agua sucia y fría y adentro un coche chocado con las puertas, el capó y el baúl completamente abiertos. El agua le llegaba hasta las ventanillas y le habían sacado el motor. Veo muchos ratones. Ya no tenemos idea de la cantidad de ratones que hay en el mundo, es inconcebible. Los ratones crujen muy silenciosamente en el césped aplastado. Sólo el que camina ve los ratones. Sobre los campos nevados abrieron pasillos entre la nieve y el pasto, y ahora que la nieve se fue quedan las huellas serpenteantes. Con los ratones es posible trabar amistad.

Miércoles, 4/12

Quiero comer en un parador de camioneros; una pareja de jóvenes entra en el local y sobre la dupla pende una extraña y sorda acechanza, como en un western. En la mesa de al lado hay un hombre dormido junto a su vino tinto. ¿O se hace el dormido y acecha él también? El pequeño bolso que suelo llevar sobre el hombro izquierdo y que se apoya sobre la cadera al caminar ya me hizo un agujero del tamaño de un puño en el pulóver, por debajo de la campera. Durante el día casi no comí, sólo mandarinas, algo de chocolate; agua bebo de los arroyos agachándome como los animales. La comida debería estar lista; hay liebre y sopa. Un alcalde fue decapitado por un helicóptero en el aeródromo cuando se quería bajar. Un camionero en pantuflas aplastadas en la parte de atrás saca ahora con la mirada acechante un Gauloises completamente torcido y se lo fuma sin enderezarlo. Por estar tan solo, la moza regordeta me obsequia unas palabras interrogativas por sobre el silencio acechante de los hombres. En un rincón de la sala, el filodendro, buscando una raíz aérea, encontró asidero en la caja del parlante de la radio. Hay también una pequeña estatua de porcelana de un indio con la mano derecha estirada apuntándole al sol mientras que la izquierda, doblada, sirve de apoyo al brazo que señala a lo alto. En Estrasburgo dan películas de Helvio Soto y Sanjinés con dos, tres años de atraso, pero algo es algo. Uno de la mesa junto a la barra se llama Kaspar. ¡Al fin una palabra, un nombre!

Debajo de Fouday busqué un lugar para pasar la noche, ya había oscurecido y estaba húmedo y frío. Mis pies tampoco daban más. Forcé una casa vacía, más con violencia que con astucia, aun cuando bien cerca hay una casa habitada. En ésta parecen estar haciendo reformas unos trabajadores. Afuera hace estragos la tormenta y yo acá quemado, cansado y vacío de sentido en la cocina, como un paria, pues sólo acá hay un postigo de madera y puedo encender algo de luz sin que el brillo trascienda enseguida hacia el exterior. Voy a dormir en la habitación de los chicos, porque desde ahí es más fácil huir en caso de que alguien viva acá y vuelva. Lo que es seguro es que mañana temprano van a venir obreros, en algunos cuartos están arreglando los pisos y las paredes y dejaron sus zapatos, herramientas y camperas. Me emborracho con un vino que compré en el parador de camioneros. De tan solo que estaba la voz no me salía bien, sino que era apenas un piar, no encontré el tono justo para hablar y me avergoncé. Entonces me fui a las apuradas. Oh, qué de aullidos y silbidos alrededor de la casa, los árboles braman. Mañana tengo que salir bien temprano, antes de que lleguen los hombres. A fin de despertarme a tiempo con la luz, tengo que dejar abierto el postigo de madera, lo cual es riesgoso porque se ve la ventana rota. Sacudí las esquirlas de vidrio de la colcha; al lado hay una cuna, también juguetes y una pelela. Todo esto es indescriptiblemente absurdo. Que me encuentren durmiendo, acá en la cama, esos albañiles imbéciles. Cómo revuelve el viento al bosque allá afuera.

A las tres de la mañana me levanté y salí a la pequeña galería. Afuera había tormentas y nubes bajas, una escenografía enigmática y artificial. Tras una elevación del terreno relucía muy extraño y pálido el brillo de Fouday. Sensación de sinsentido total. ¿Vive aún nuestra Eisner?

Martes, 10/12

Las casas y las personas acá son muy distintas, pero todos los pueblos han conocido tiempos mejores. Cruzando unas vías me encontré con un viejo guardabarreras que está jubilado pero que viene cada día con una gamuza a la casita del guardabarrera, habitada ahora por su sucesor, y limpia el interior del sistema de control automático. Lo dejan hacer. Lentamente volvieron las nubes, pero los pájaros cantaban lindo. En Piney compré leche y mandarinas, descansé en medio del pueblo. Al mirar mejor me di cuenta de que estaba sentado en la marcación de un punto trigonométrico.

El trayecto es recto; cuando sube por las colinas, va derecho hacia las nubes. Grandes campos vacíos; los autos andan por la ruta como succionados. Poco después de Piney me controlaron unos policías asombrados, que no me creían una sola palabra y ya me querían llevar con ellos en el patrullero. El entendimiento llegó recién por medio de la ciudad de Munich. Dije Oktoberfest y uno de los policías había estado ahí alguna vez y se acordaba de la palabra Glockenspiel y de la palabra Marienplatz, las sabía decir en alemán. Después me dejaron en paz. Desde muy lejos, desde una colina, vi Troyes. Luego unas grullas me pasaron volando por arriba en perfecta formación. Volaban en contra del fuerte viento, apenas un poco más rápido que yo a pie. Eran veinticuatro, grandes, grises y de vez en cuando una emitía un chillido ronco. Cuando una ráfaga de viento se les metía en la formación, algunas planeaban, mientras otras, las que habían sido arrancadas del conjunto, luchaban por volver a su posición; era maravilloso cómo se ensamblaban. Como el arco iris, las grullas son una metáfora para el caminante.

13/12

...A la mañana alcancé el borde de París, pero me llevó medio día más llegar hasta los Champs Elysées; caminé hasta ahí con pies tan cansados que ya no tenía conciencia de ellos. Un hombre quería atravesar el bosque y no volvía a aparecer. Un hombre paseaba solo en una playa lejana con su perro grande. Le agarraba un ataque al corazón y como la correa se enganchaba en su muñeca tenía que seguir avanzando porque el perro estaba desenfrenado y quería correr. Un hombre tenía un pato vivo en su bolsa de compras. Un mendigo ciego tocaba el acordeón, las piernas cubiertas desde las rodillas con una manta a rayas. La mujer que estaba con él sostenía la taza de aluminio para el dinero. A su lado tenían también una bolsa de compras, desde la que asomaba un perro enfermo. Un perro enfermo da más dinero.

Varios mozos empezaron a perseguir a un perro que se había escapado de un café. Una pequeña pendiente se le hizo demasiado empinada a un hombre mayor y arrastraba la bicicleta, andando pesadamente, rengueando y jadeante. Al final se detiene tosiendo, no puede más. Atrás, en el portaequipaje, lleva atado un pollo congelado del supermercado.

Buscar música peruana de arpa con cantante. Gallinas exaltadas, almas engrasadas...

Sábado, 14/12

A posteriori, lo siguiente: caminé a lo de nuestra Eisner, todavía estaba cansada y marcada por la enfermedad. Alguien le tiene que haber dicho por teléfono que yo había venido a pie, yo no quería mencionarlo. Estaba avergonzado y levanté mis doloridas piernas sobre una segunda silla que me alcanzó ella. En el desconcierto me cruzó la cabeza una palabra, y como la situación igual era extraña, se la dije. Juntos, le dije, vamos a cocinar fuego y a detener pescados. Ahí me miró, me sonrió muy delicadamente y, como sabía que yo estaba a pie y por eso desprotegido, me entendió. Por un breve y delicado momento algo dulce atravesó mi cuerpo muerto de cansancio. Entonces le dije: abra las ventanas, desde hace unos días que puedo volar.

MAPA DEL RECORRIDO QUE HIZO CAMINANDO WERNER HERZOG ENTRE EL 23 DE NOVIEMBRE Y EL 14 DE DICIEMBRE DE 1974

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