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Domingo, 22 de febrero de 2015

VIAJANDO SE CONOCE GENTE

LIBROS La saga Outlander (Forastera) ha tenido un notable éxito en su versión libros así como también en la serie de TV del canal Starz, aunque esta capacidad de llegada al público no le haya valido ni una nominación en los Globo de Oro. Combinando viajes en el tiempo con novela romántica, las aventuras imaginadas por Diana Gabaldon tienen en verdad su clave en un fenómeno para nada ajeno a 50 sombras de Grey: escenas de sexo que, aun con cierto candor para nuestra época –una mujer experimentada con un hombre rústico y virgen, por ejemplo–, logran captar el interés y por qué no el morbo de un público masivo. Y todo en un salvaje marco natural de romance, guerra, magia y brujería.

 Por Ariadna Castellarnau

En 1991 la norteamericana Diana Gabaldon publicó la primera entrega de la saga Outlander (Forastera), una serie de ocho novelas basadas en esta descabellada idea: tras la Segunda Guerra Mundial, una mujer llamada Claire Randall viaja a las Highlands escocesas con su marido. Un día, mientras recoge plantas junto a un crómlech (la palabra galesa para referirse a los monumentos megalíticos en forma circular) es transportada al pasado, al año 1743 para ser exactos. Ahí le toca enfrentarse a un mundo de costumbres bárbaras y violentas, pero –buena suerte la suya– también conoce a James Fraser, un héroe de las Guerras de Independencia con el que tiene un romance (tórrido, por supuesto).

George Martin daba como consejo a los aspirantes a escritor que no empezaran por una saga, sino con historias cortas, hasta aprender todos los trucos. Gabaldon, nacida en 1952 y que antes de escritora fue profesora en el Centro de Estudios Ambientales de la Universidad de Arizona, hizo exactamente lo contrario. Hace veintitrés años se sentó a escribir su primera novela, como para ir probando, y se entusiasmó tanto, que llenó setecientas páginas. El éxito del libro fue apabullante. Gabaldon, que no tenía demasiado oficio literario pero sí olfato, captó de entrada algunas de las reglas de la narración serial: hibridación de géneros y construcción de imaginarios potentes que duren varios libros. El primer requisito le salió de perlas. El affair con tipos rudos como James Fraser, que tras su apariencia esconde a un tierno pichón, debe ser una de las fantasías compensatorias más trilladas y funcionales del inconsciente femenino. Pero Gabaldon no se quedó aquí sino que inventó un género: el time travel romance. Aunque más que inventarlo, lo refundó, eliminó todos los precedentes hasta apropiárselo. Woody Allen filmó su propio time travel romance en Medianoche en París, aunque a nadie se le ocurrió llamarlo así, porque el meollo estaba en otra parte, en ese trasfondo falsamente pueril y flagrantemente neurótico que suelen tener las películas de Allen. Kate and Leopold, la película que rejunta una neoyorquina histérica interpretada por Meg Ryan y un duque inglés del siglo XIX encarnado en la fina estampa de Hugh Jackman, es otro producto de este subgénero de ficción. Pero ninguna de estas manifestaciones iguala en pretensiones y desfachatez a Outlander.

El imaginario de Gabaldon hunde sus raíces en la ficción especulativa, que abarca la ciencia ficción, fantasía, ficción extraña, ficción sobrenatural, ficción utópica y distópica, histórico-legendaria y todo cuanto se nos ocurra. Tolkien hablaba del concepto de subcreación (inferior a la creación, que era una cualidad exclusivamente divina) como aquella capacidad que tiene el narrador de crear mundos consistentes y completos. El tejido de huellas y filiaciones de Outlander es sin lugar a dudas tan denso, tan poblado, que la autora pudo darse el lujo de crear un spin off con uno de los secundarios de la saga: Lord John Grey (lo mismo hizo, por cierto, Stephenie Meyer con el vampiro Bree Tanner, que aparece en la saga Crepúsculo). Sagas como Outlander producen un fenómeno curioso: la resurrección de temáticas, de antiguos héroes y de paisajes en extinción. ¿Quién iba a decir que la Escocia del siglo XVIII se iba a poner tan de moda que hasta la oficina de turismo del gobierno arma tours por las locaciones de la serie? Las cosmologías de Tolkien y de George Martin, el saqueo descarado de la mitología griega perpetrada por videojuegos como God of War o la lectura libre de la historia que plantea Gabaldon responde a una sensibilidad contemporánea acostumbrada a la amalgama de lenguajes y medios.

Al crear realidades alternativas, la saga fantástica incita al público más entusiasta a participar de manera activa en el texto a través de los foros, de la fan-fiction o de las comunidades virtuales. Una de las consecuencias más lógicas de esta apropiación y personalización de las sagas es el deslizamiento de la ficción hacia los juegos o el formato televisivo (como ha sucedido con Outlander, que también ha sido adaptada a la televisión). Al público no le alcanza ya con leer un libro. Hay que formar parte de él. Hay que verlo y sentirlo en todos los formatos posibles. La experiencia de consumo se torna profunda y vivencial, cubriendo todas las formas de percepción. Por su parte, el lector ya no es un ser pasivo, sino un constructor de sueños azuzado por la fatiga. En este mundo cansado y cínico, las sagas son una forma probable de ilusión. Son las utopías del siglo XXI.

LA ESCENA DE SEXO PERFECTA

La serie de televisión basada en la saga de Gabaldon se estrenó el año pasado y, pese a haber pasado desapercibida en los Globos de Oro (ninguno de sus protagonistas fue nominado), fue cosechando éxitos por cuenta propia. Hace poco aparecía una tira publicada en un diario estadounidense donde se daban consejos a los maridos para evitar que sus mujeres miraran Outlander: no pagar el cable, sembrar injurias acerca de Sam Heughan (el actor que encarna a James Fraser) o disfrazarse de escocés. Bromas aparte, la serie cumple lo que promete. Creada por Ronald D. Morre (el mismo de Battlestar Galactica) es respetuosa con la ambientación histórica, y la trama política entre los clanes de las Highlands luchando contra los casacas rojas es atrapante, lo mismo que sucede en la novela. Game of Thrones puso la vara muy alta y terminó de una vez para siempre con los actores impúdicamente disfrazados de época: si una acción sucede en el pasado y en un entorno bélico, sanguinario y salvaje, los personajes tenían que estar sucios, magullados y sus ropas debían verse gastadas. Outlander es igual de cuidadosa con el vestuario y la recreación de ambiente. Sin embargo, el verdadero atractivo tanto de la saga como de la serie de televisión está en las escenas de sexo entre sus personajes.

El canal Starz suele caracterizarse por pasar series con un componente sexual muy elevado, como Spartacus, Black Sails o la misma Outlander. Ahora bien, ¿qué ofrece Outlander que no hayamos visto antes? Gabaldon, que de tonta no tiene ni un pelo, saca un magnífico provecho del capital emocional femenino porque intuye, sabe o le han contado que la feminidad sigue siendo un valor mercantil. Novelas como 50 sombras de Grey, las de la saga Crepúsculo o Outlander existen porque la sexualidad femenina ha entrado de lleno en el mainstream cultural y se ha convertido en parte de un estilo completo de vida que comprende la moda, el maquillaje y los manhattans que se trincaban las chicas de Sex and the City. Las mujeres somos consumidoras de sexo y ahí se abre todo un horizonte infinito de posibilidades. En este sentido nos encontramos ante obras que han sabido explotar un nicho combinando dos inefables: el amor romántico con la supuesta vivencia de una sexualidad femenina libre.

El capítulo séptimo de la primera temporada levantó una oleada de comentarios en Internet. En un blog lo bautizaron como “la escena de sexo perfecta”, porque mostraba una relación sexual consentida entre un hombre virgen y una mujer experimentada y consciente de su placer, lo que en realidad lleva a hacerse más de una pregunta sobre cuán emancipados estamos si todavía hoy nos asombramos de que los roles entre un hombre y una mujer puedan darse de esta manera. Por no hablar de lo espeluznante que resulta esa fanática restitución del valor de la virginidad que exhiben productos de consumo cultural como la saga Crepúsculo o los Jonas Brothers.

Outlander es partícipe a medias de esta moda. Si bien la virginidad de James Fraser no es un tema central (algo que hay que guardar y preservar, como en el caso de Bella Swan, porque ahí confluyen todas las lágrimas y deseos y suspiros de una horda de fans que aspiran a ser igual de puras), es cierto que también cae en la lógica de consumo del morbo femenino, se convierte en un valor comercial: ¿estaríamos hablando de un éxito de ventas si James Fraser no fuese virgen? A veces el éxito depende de cosas tan mínimas pero decisivas como esta.

LA MAGIA DE LOS BOSQUES

Claire Randall viaja al pasado a través de un círculo de piedras, un crómlech, luego de asistir de incógnito a un ritual druida. Los rituales mágicos ejercen una fascinación enorme sobre cualquiera de nosotros. Tal vez porque la magia encierra la posibilidad de que el hombre domine la naturaleza de modo directo, nada más atractivo y tentador que esto. En La rama dorada, ese gran código de magia primitiva, James G. Frazer recorre una asombrosa variedad de cultos mágicos y religiosos ideados por el hombre para estimular y controlar los cielos y la tierra. En todos ellos subyace la idea de que la religión primitiva está empapada de las fuerzas mismas de la vida salvaje, de su crudeza y su hermosura. Gabaldon, quien sin duda leyó a Frazer (y hasta podemos aventurar que el personaje de James Fraser, el escocés virgen, se llama así en honor al antropólogo), arma su propia receta para el éxito: romance, guerra, magia, brujería y, de vez en cuando, palabras en idioma gaélico, que es raro y sexy, casi tanto como la lengua de los elfos. La autora cosecha un poco de cada cosa y entrelaza historia con mito, medicina con botánica, religión con magia. Su intención dista de ser tan exhaustiva como la de Tolkien, quien buscaba en todas partes la verdad profunda del mito (lo irreductible, el concepto metafísico). Pero la poderosa máquina narrativa de esta clase de libros evoca la sugestión de las viejas leyendas de la tribu, de las historias de fogón que contaban nuestros ancestros y con las que embaucaban a los oyentes o conjuraban lluvias.

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