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Domingo, 12 de abril de 2015

BRAMLEY, EL OTRO

 Por Guillermo Saccomanno

Después de atravesar la oscuridad tenebrosa de un barrio del conurbano, Vincent Bramley se confiesa agradecido de encontrarse a salvo en la casa del hombre a quien había intentado matar doce años atrás: un soldado argentino. El escenario: las Malvinas –si se las mira desde este lado– o las Falklands –si se las considera desde el lado “enemigo”–. En estos días en que Gran Bretaña amenaza con fortalecer su política armamentista con el pretexto de que las islas y sus habitantes están desprotegidos ante un eventual ataque argentino, me tentó releer Los dos lados del infierno del paracaidista Bramley (1957). Dejó el estudio a los quince y pasó los años siguientes de trabajo en trabajo. En esa época de callejeo no paraba de meterse en problemas con la policía. Hasta que en 1978 se alistó en el Regimiento de Paracaidistas de la Corona. Tuvo como destinos Canadá, Alemania, Omán, Irlanda del Norte y finalmente participó en la guerra de Malvinas. En 1987 dejó el ejército para meterse nuevamente en problemas, pero esta vez de índole literaria y no sólo. Escribió su primer libro, la crónica Viaje al infierno y contó lo que nadie había contado de una guerra que había sido censurada al presentarse como una guerra “prolija”. Ni los historiadores, ni los periodistas, ni los políticos ni los altos comandantes que escriben sus memorias saben de qué se trata una batalla. “No era la clase de libro que hubiera escrito un oficial superior, alguien adoctrinado por el ministerio. Pero lo cierto es que no pasó inadvertido a los ojos del oficialismo. Quince meses después lo investigaba Scotland Yard.”

Pero Bramley no era un tipo de quedarse quieto. En 1993 tuvo una idea que incomodaría aún más al establishment. Se preguntaba quiénes habían sido los verdaderos triunfadores de esa guerra. No le cabía duda de que el Partido Conservador había conquistado un segundo período de gobierno gracias al éxito militar y el patriotismo y un efímero sentimiento de unidad nacional que escamoteó transitoriamente los profundos desajustes sociales y su malestar. Su idea fue simple: reunirse con los soldados enemigos, los derrotados, en su propia tierra y entablar una conversación franca sobre la batalla de monte Longdon, una de las más cruentas. De estos encuentros surgiría la reconstrucción cruda de la guerra y sus consecuencias. No era el momento más propicio para llevar adelante su proyecto: en Gran Bretaña se habían denunciado y comenzaban a juzgarse casos de asesinatos de prisioneros en el frente. Casi “clandestinamente”, asistido por una productora de tevé y algunos cronistas argentinos cuya simpatía se había ganado, Bramley vino al país y empezó sus encuentros. Temía encontrarse con recelo, desconfianza y un sinfín de dificultades. Pero tenía una convicción: no había un libro como éste, donde dos ex enemigos se sientan a reconstruir pasado. “En los suburbios pude ver la extrema pobreza en la que vive buena parte de la población de la ciudad –anota Bramley–. Era frecuente ver vendedores de seis años de edad parados en las esquinas o deambulando entre los autos detenidos en los semáforos. La pobreza que vi me llevó a preguntarme hasta qué punto la gente en Gran Bretaña está en mejores condiciones materiales.” No obstante, Bramley es recibido por sus anteriores contrincantes y entre cervezas y asados, en mesas familiares, entablan una relación entre la amistad y cofradía de los veteranos. El panorama lo impulsa, en la reconstrucción de las historias de vida de sus compañeros y las de sus enemigos a encontrar afinidad en rasgos de clase. Sus enemigos provenían de los sectores más golpeados de la sociedad, de la misma forma que los paracaidistas procedían de familias destruidas y se alistaban intentando tapar con un espíritu de cuerpo las tragedias de hogares arrasados por la inestabilidad, el alcohol y la violencia doméstica. Todo esto es en buena medida Los dos lados del infierno, la segunda crónica Bramley. Pero además está el trabajo sucio de los soldados, la pérdida de control que genera el furor de la batalla, el trato inhumano que recibieron los soldados argentinos por parte de sus propios superiores.

La literatura argentina se jacta de incluir las crónicas de los viajeros ingleses del siglo XIX, naturalistas, clérigos, colonos. Hay antecedentes ilustres como Willian Henry Hudson, quien se carteaba con Joseph Conrad. ¿Hudson es un escritor “argentino”? De ser así, qué define la nacionalidad de una escritura, suponiendo que el nacionalismo sea tan importante. Las clasificaciones suelen ser, por ortodoxia, a veces esquemáticas. Por otro lado –o en el mismo– la literatura patagónica se plantea como un área particular dentro de esta historia literaria, una zona donde predomina la crónica y el testimonio. Pero sería miope acotarla al continente si se tiene en cuenta que Malvinas, parte de la Patagonia, también tiene su propia literatura. Desde la guerra, Malvinas ha generado en escritores argentinos toda una literatura que comprende, además de crónicas, las últimas producciones: Fogwill, Fresán, Gamerro y Pron entre otros. En resumidas cuentas –y asumiendo el riesgo de la generalización–, el armado de una historia literaria y su identidad no siempre se compone de manera lisa. En sus tramos intervienen tanto los documentos –con su potencia reveladora cifrada en la fuerza de los hechos– como las ficciones –donde muchas veces la imaginación se aproxima más a la verdad–. Con elementos del mejor periodismo, Bramley puede leerse, si se quiere, en un sentido naif, como ficción, pero también como realismo impiadoso. Creo que esta segunda actitud es la que corresponde ahora, cuando nuevamente en Gran Bretaña sus políticos de derecha se empacan en hacernos escuchar falsos tambores de guerra.

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