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Domingo, 12 de abril de 2015

CINE. LLEGó SAINT LAURENT, LA BIOGRAFíA DEL ICóNICO DISEñADOR DIRIGIDA POR BERTRAND BONELLO

EL CORTE FRANCES

 Por Paula Vázquez Prieto

La silueta de Gaspard Ulliel se recorta en la fría imagen del lobby de un hotel. Lo vemos de espaldas, enfundado en un sobretodo negro que le da un aire misterioso, tal vez excéntrico. El garbo de esa figura se completa con su presentación, con su acento ligero, la elusión de su mirada y el perfil que lentamente emerge en un movimiento de cabeza. Nada parece quedar de aquel adolescente de la Segunda Guerra que enamoraba a la viuda Emmanuelle Béart ávida de perderse en la promesa de olvido y deseo en Lejos del mundo (2003), de André Techine. Allí el jovencísimo Ulliel seducía con su silencio y su tierna ingenuidad, sugiriendo un apetito voraz que solo se consumaba de a ratos, en esos encuentros fugaces y fortuitos. Ahora la oscuridad que emana de su vestimenta se condensa en sus obsesiones; la primera de ellas ya se intuye en su simbólica llegada al hotel: “Tengo una reserva a nombre del Sr. Swann”. El personaje emblemático de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido es la puerta de entrada para el mundo creado por Bertrand Bonello en su nueva película Saint Laurent, sobre la vida y la gloria del diseñador argelino, del discípulo de Dior, de la envidia de Lagerfeld. Es Ulliel quien lo interpreta y lo recuerda, en ese perfil aguileño, en sus ojos cristalinos ocultos tras los anteojos de sol, en la fuerza que da vida a sus fetiches y manías, a sus amores perdidos, a sus mayores logros y sus grandes decepciones.

“Yves Saint Laurent estaba realmente obsesionado con Proust”, recuerda Bonello en una entrevista de Fotogramas de España, y su película realmente es sobre esa y otras obsesiones: sobre el pasado en Argelia, su París neblinosa, sus musas y sus adicciones, sus colecciones sobre Mondrian o Rusia, su vida orgásmica de fiestas y discotecas, de mundos cerrados sin salidas ni escapatorias. Ulliel transita ese torbellino de colores y estridencias que Bonello le diseña a fuerza de planos fijos y claustrofóbicos que recuerdan la vida del diseñador en el apogeo de su única elegía. Estamos en 1974, pero el vaivén temporal nos transporta entre décadas, entre los ’60 y los ’70, entre Marlene Dietrich y la Callas, entre su internación durante la guerra de Argelia y su departamento en la Rue de Babylone, entre amantes y rivalidades. La figura apolínea y chic de Louis Garrel, bigote fino y cigarrillo en mano, alterna con la seriedad de Jérémie Renier, con mente de empresario y atuendo de oficinista. Jacques de Bascher y Pierre Bergé, respectivamente, se disputaron el alma y la cama de Saint Laurent; uno se quedó con su legado, el otro con jugosos chismes de sobremesa. Garrel y Renier cierran el círculo erótico del aislamiento en el que Bonello atenaza a sus personajes, como lo hiciera hace algunos años en el burdel parisino de L’Apollonide. En aquella fábula de muerte y perversión a finales del siglo XIX, habitaban unidos la belleza y el horror, como el mismo Bonello asegura cuando piensa sus películas como hermanas, herederas de un mismo sentimiento siniestro que cobra vida bajo la más bella de las pieles.

Y si Bonello tiene chicos lindos, tiene además a Léa Seydoux sin el pelo azul, al resucitado Helmut Berger –amante trágico si los hay, viudo declarado de Luchino Visconti, descastado del cine y de la belleza, preso de fantasmas y de excesos–, y diez millones de euros de presupuesto para este biopic que se parece más a la Ludwig (1972) de Visconti que al telefilm con el que compartió personaje. Porque, aunque parezca irreal, casi al mismo tiempo que la de Bonello se estrenó otra versión de esta historia, más amplia y más convencional, dirigida por el debutante Jalil Lespert (el protagonista de Recursos humanos) y con el beneplácito de Bergé que parece que se sintió más contento con su versión edulcorada. Es que si Bonello no dejó demasiado bien parado a nadie en esta oda autodestructiva, y menos al custodio de la fortuna Saint Laurent, tampoco tuvo el campo de operaciones demasiado allanado. No tuvo acceso a los archivos de la Fundación Yves Saint Laurent-Pierre Bergé, tuvo que recrear los 45 vestidos de una de las colecciones que aparecen en la película, y hacer una réplica del departamento de la calle Babilonia, como le contó a la revista Vogue. “Para mí todo tuvo sentido cuando dejé de perseguir un sueño imposible –explicar cómo Saint Laurent se convirtió en quien era– y decidí mostrar lo que le costaba ser Yves Saint Laurent, mantener ese personaje a toda costa, a lo largo de toda una vida (...) Y me ayudó que la película de Jalil Lespert asumiera un enfoque biográfico más oficial, así yo no tenía que contar cómo se creó la marca.”

Con guión de Thomas Bidegain (colaborador del director Jacques Audiard en Un profeta y De óxido y hueso) y del propio Bonello, Saint Laurent es tan íntima como una confesión, tan apócrifa como una leyenda, tan inclasificable como los diseños de su artista de la tela. La visión intuitiva y personal de Bonello se reivindica ausente de toda clausura, con una cámara precisa que gira en torno de percepciones y remembranzas, y escapa al relato tradicional con pantallas partidas y fragmentos documentales. Su barroquismo ornamental se concentra en colores chillones y ambientes recargados, con una estética hedonista que compensa su desequilibrio con el carisma idealizado de sus actores. Ulliel, Garrel, Renier, todos ellos surgen de esos sueños neuróticos de artificios y traiciones, que son propios y ajenos, de ellos, de Bonello, del mismo Saint Laurent tal vez. Lo cierto es que el mundo de los artistas es caótico para Bonello, hagan vestidos o películas, lleven el fino bigotito chic o los anteojos de carey.

Saint Laurent se puede ver el martes que viene a las 22.20 en el ciclo Les Avants-Premières que se presenta en el Cinemark Palermo. Más información www.cine-frances.com

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