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Domingo, 26 de julio de 2015

TEMPORADA DE FANTASMAS

 Por Ana María Shua

No vienen a buscar pareja, ni para desovar. No necesitan reproducirse. Tampoco es posible cazarlos. No tienen entidad suficiente para caer en las redes de la lógica, los atraviesan las balas de la razón. Breves, esenciales, despojados de su carne, vienen aquí a mostrarse, vienen para agitar ante los observadores sus húmedos su-darios. Y sin embargo no se exhiben ante los ojos de cualquiera. El experto observador de fantasmas sabe que debe optar por una mirada indiferente, nunca directa, aceptar esa percepción imprecisa, de costado, sin tratar de apropiarse de un significado evanescente que se deshace entre los dedos: textos translúcidos, medusas del sentido.

Se abre la Temporada de Fantasmas.

NO TENGAS PUDOR

No tengas pudor de quitarte las vestiduras ante este pobre lémur de mirada extraviada, no vivirá mucho, hace días que no come, la huella de tu cuerpo desnudo se extinguirá con su pequeña mente condenada, la huella de tu cuerpo desnudo no es más inmortal, mi vida, que tu cuerpo, tu recuerdo también morirá, también el mío, para qué, entonces, qué diferencia, entonces, entre el desenfreno voraz de nuestra carne y el ascetismo de un lémur inapetente.

EL NIÑO TERCO

En un apartado de su obra dedicado a las leyendas infantiles, los hermanos Grimm refieren un cuento popular alemán que la sensibilidad de la época consideraba particularmente adecuado para los niños. Un niño terco fue castigado por el Señor con la enfermedad y la muerte. Pero ni aun así logró enmendarse. Su bracito pálido, con la mano como una flor abierta, insistía en asomar fuera de la tumba. Solo cuando su madre le dio una buena tunda con una vara de avellano, el bracito se retiró otra vez bajo tierra y fue la prueba de que el niño había alcanzado la paz.

Los que hemos pasado por ese cementerio, sabemos, sin embargo, que se sigue asomando cuando cree que nadie lo ve. Ahora es el brazo recio y peludo de un hombre adulto, con los dedos agrietados y las uñas sucias de tierra por el trabajo de abrirse paso hacia abajo y hacia arriba. A veces hace gestos obscenos, curiosamente modernos, que los filólogos consideran dirigidos a los hermanos Grimm.

TARZAN I

Avanzando en oleadas malignas, las hormigas carnívoras no han dejado más que esqueletos blanqueados a su paso. Horrorizado, Tarzán sostiene en su mano temblorosa la calavera pelada de un primate. ¿Se trata de su amada mona Chita? Condenado al infinitivo, el rey de la selva se pregunta ¿ser tú, Chita, mi buena amiga mona? ¿La compañera que alegrar mis largos días en esta selva contumaz? ¿Ser o no ser?

TARZAN II

Ecologista precursor a su manera, Tarzán ha sido siempre un gran defensor de los animales. Pero aun así le parece excesivo el estilo de ese hombre blanco, que se llama Francisco, que viene de Italia, de la ciudad de Asís, y que insiste en llamarlos Hermano Tantor, Hermana Chita.

ACTUAR LA MUERTE

Un hombre se tiró por el balcón delante de un grupo de amigos. Uno de ellos alcanzó a sujetarlo de una mano. Haciendo un esfuerzo descomunal, el suicida se izó lo suficiente como para morder la mano que lo sostenía y deslizarse definitivamente hacia el vacío. Esto no es un cuento. Este hombre, que era actor, tuvo el valor de luchar por su propia muerte, pero no el de matarse sin espectadores.

OTRO PACTO CON EL DIABLO

El exceso de oferta hace bajar los precios. Almas excelentes se venden por favores minúsculos (un departamento de dos ambientes, seis meses de juventud, los favores de una dama de cierta edad, garantía contra los cortes de luz). Sobre todo hay que tener paciencia. El Señor del Mal es ubicuo pero no se prodiga: por no malbaratar su imagen, se reserva para los grandes contribuyentes. En el departamento de compras, su equipo hace lo que puede. Hay almas que están en el Paraíso sólo porque sus dueños se pasaron toda la vida esperando inútilmente una propuesta tentadora.

Estos microrrelatos pertenecen a Temporada de fantasmas, el libro de Ana María Shua que acaba de publicar Páginas de Espuma.

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