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Domingo, 30 de agosto de 2015

ENEMIGOS ÍNTIMOS

Cuando en 1963 los Beatles se lanzaron al mundo como una fuerza imparable, los Rolling Stones asomaban la cabeza con un tema compuesto por Lennon y McCartney. Y sin embargo, a lo largo de las siguientes dos décadas, se convertirían en uno de los clásicos pares del enfrentamiento de estilos, modos de ver el mundo y, por supuesto, de formas de ser jóvenes del siglo XX. A pesar de todo, nadie había indagado en profundidad en esta relación entre bandas y personas, hasta que el historiador norteamericano John McMillian decidió tomar el asunto más en serio como deriva de una investigación sobre izquierda, hippismo y contracultura. ¿Fueron realmente rivales Mick Jagger, John Lennon, Keith Richards y Paul McCartney? ¿Absorbieron los rasgos del otro para darlos vuelta? ¿Se comunicaban las fechas de los recitales para no superponerse? En esta entrevista, el autor de Beatles vs. Stones cuenta acerca de los entretelones de esta relación. Además, una lectura de 100 veces Stones, el libro de José Bellas y Fernando García que indaga en la inagotable pasión argentina por Sus Majestades Satánicas y la rivalidad local entre ambas bandas.

 Por Sergio Marchi

“No envidio a esos Beatles”, dijo Mick Jagger, completamente relajado sobre la cubierta de un yate llamado “Princess”, que surcaba en absoluta calma las aguas del río Hudson en Nueva York. “Miren cuánta libertad tenemos nosotros –prosiguió con su monserga–, y ellos están encerrados en la habitación de un hotel, sin poder siquiera subirse a un auto, y mucho menos hacer algo como esto.” El 15 de agosto de 1965, los Beatles lidiaban con el concierto más estresante de sus carreras en el Shea Stadium, con un aforo de 55.600 personas (record durante mucho tiempo), absolutamente desbordado de chicas con las hormonas en completa vibración en los tiempos de la popularización de la píldora anticonceptiva. El griterío era aterrador, y los Beatles no escucharon casi nada de lo que tocaron, pero aun así, ese show fue todo un éxito desde que las aspas del helicóptero que los transportaba comenzaron a escucharse en el estadio. Fue una locura que los Rolling Stones presenciaron de primera mano, sentados en el banquito de los visitantes. Luego se compadecieron de sus amigos. ¿O envidiaban a sus enemigos?

Desde que en 1963 los Beatles provocaron un sismo artístico y los Rolling Stones tuvieron su primer éxito con un tema compuesto por Lennon y McCartney, la rivalidad, la amistad y la fluctuante relación entre ambas bandas fue una de las tantas especias con las que la historia del rock quedó sazonada para siempre. Históricamente, se bajaron dos líneas. La primera fue la que fogoneó el inefable Andrew Loog Oldman, manager de los Stones, ex publicista de los Beatles, y quien produjo el increíble encuentro que derivó en esa colaboración espontánea que salvó a los Stones de la debacle de no tener temas propios. Casi delante de sus narices, John y Paul sacaron de su galera “I Wanna Be Your Man”, que interpretada por los Stones llegó al número dos del ranking inglés, catapultando su carrera.

Asimismo, Oldham fue el que le echó carbón a la máquina de la confrontación, presentando a los Rolling Stones como la contracara depravada de unos pulcros Beatles. Acuñó el slogan: “¿Usted dejaría que su hija se casara con un Rolling Stone?” De esa manera, su grupo se colocaba como rival antagónico de los de Liverpool y además crecía unos cuantos centímetros en la difícil puja por la atención de la opinión pública. La prensa comprendió el juego rápidamente y tituló: “Los Beatles quieren tomar su mano, pero los Stones desean el cuerpo entero”.

Cuando los ‘60 corrieron el telón de su historia, apareció la segunda corriente, que aseguraba que toda rivalidad entre ambos era una farsa, un producto promocional que sirvió a ambos grupos, cordiales camaradas que hasta solían llamarse para verificar fechas de ediciones de simples y álbumes, a fin de no superponerse.

Mick Jagger: “Cuando los Beatles hacían sus primeras grabaciones, Inglaterra era una tierra desolada (...) En ese punto, los Rolling Stones tocábamos en pequeños clubes de Londres, haciendo temas de Chuck Berry, blues y cosas así. Nos encantaba, éramos bastante desprolijos y nos creíamos únicos, auténticos animales. Y de repente... escuchamos que había un grupito de Liverpool (frunce la nariz), y en esa época Liverpool era algo muy lejano. No importa, este grupo... usaban pelos largos, ropa descuidada, pero además tenían un contrato de grabación (se ríe), y un disco en los rankings con una armónica blusera llamado ‘Love Me Do’. Cuando me enteré de todas estas cosas, me sentí enfermo”.

El speech de Jagger, además de ser simpáticamente honesto, muestra que al menos a casi treinta años de la debacle beatle, todavía recordaba muy bien aquella vieja rivalidad. Y es probable que por siempre sea así. Después de todo, aunque el mundo haya comprobado que se puede disfrutar de ambas bandas sin remordimiento, a la gente le gustaba esa polémica. Era clara y definida: hoy es histórica. Si se es del campamento “beatle”, predomina la forma y la estética por sobre los atributos stones de sangre y degeneración. Es el viejo duelo de apolíneos y dionisíacos pero dirimido con guitarras eléctricas. Jagger concluyó su discurso diciendo: “Vivimos tiempos muy extraños. Tuvimos una suerte de rivalidad en los primeros años y también un poco de fricción, pero terminamos siempre amigos. Y me gusta pensar que todavía lo somos. Porque aquéllos fueron algunos de los mejores años de nuestras vidas”.

Una idea cantada

Terminamos siempre amigos. Y es verdad; Keith Richards escribió en Life, su autobiografía, que “éramos una sociedad de mutua admiración; Mick y yo admirábamos sus armonías, su capacidad compositiva, y ellos envidiaban nuestra libertad de movimientos y nuestra imagen”. Esta segunda interpretación de la historia es la que terminó por ser la definitiva. Pero cada tanto hay alguien dispuesto a revolver el avispero, y el revisionismo histórico siempre se alimentó de eso, a menudo con argumentos traídos de los pelos y corriendo a toda velocidad si las avispas se colocaban en posición de ataque. John McMillian tuvo una idea que de tan obvia a nadie se le había ocurrido. Escribir un libro sobre la confrontación entre las dos bandas más importantes de la historia. Nació cuando los Beatles se separaban y los Stones soportaban las secuelas del desastre del festival de Altamont, donde uno de sus fans fue apuñalado por un Hell Angel, supuestamente encargado de la seguridad. “Nunca nadie –le explica a Radar McMillian– había hecho un libro sobre la competencia y la camaradería entre Beatles y Stones.”

McMillian es profesor asistente de la Universidad de Georgia y tiene un doctorado en Historia. Su primer libro se llamó Smoking Typewriters: The Sixties Underground Press and the Rise of Alternative Media in America, un estudio sobre la prensa underground de fines de los años ‘60, “una vasta red de periódicos de izquierda que fueron leídos por hippies y activistas en los tiempos de Vietnam”, aclara el autor. “En el transcurso de esa investigación, encontré algunos artículos de esos periódicos que versaban sobre las supuestas ideologías políticas de Beatles y Stones durante el verano de 1968, que es cuando los Beatles lanzaron Revolution y los Stones publicaron Street Fightin’ Man. Y mucho de ese material nunca apareció en ningún libro sobre alguna de las dos bandas. Presumí que no había mucho más que decir sobre la rivalidad entre Beatles y Stones, pero estaba equivocado.”

Beatles Vs. Stones es un texto muy riguroso e interesante que consigna cómo a lo largo del tiempo, la relación entre los dos grupos transitó por una franja gris donde la amistad y la cooperación a menudo daban paso a los celos y la competencia sin cuartel. Muchos de aquellos hechos ya forman parte del canon de la historia del rock, y son harto conocidos. Pero otros han sido pasados por alto, y es allí donde McMillian hace valer su oficio de historiador y se interna en la arqueología para sopesar evidencias, cuestionar algunos supuestos hechos, y tratar de encontrar la verdad. “Intenté ser lo más meticuloso posible y llegar a la versión más exacta de los hechos”, responde desde Atlanta, Georgia, donde reside y ejerce la docencia.

¿Pensás que esta rivalidad entre los dos grupos todavía es importante?

–¡Por supuesto! ¡A la gente todavía le importa! El libro pronto va a estar disponible en siete idiomas: holandés, alemán, italiano, búlgaro, noruego, japonés, y por supuesto, castellano. Y frecuentemente converso con gente que todavía se identifica apasionadamente con un grupo o con el otro. Pero supongo que la rivalidad era mucho más intensa en los ‘60, sobre todo en Inglaterra.

¿Y donde está tu corazoncito? ¿Beatles o Stones?

–No quisiera revelar mi gusto personal, pero lo tengo. No desearía ser descortés, pero me prometí a mí mismo con este libro no identificar la banda de mi preferencia. Principalmente, porque no soy un crítico de rock, soy un historiador. En cambio, traté de yuxtaponer las carreras de los Beatles y los Stones; examiné sus interrelaciones y mostré cómo esa rivalidad estuvo construida por los fans, por los medios y, en menor medida, por los propios grupos.

El haber estudiado en detenimiento los movimientos políticos radicales estadounidenses a fines de los ‘60, te da una gran ventaja a la hora de analizar las posiciones políticas de ambas bandas.

–Me parece que lo interesante sobre el tema es que ni Beatles ni Stones eran políticamente astutos o comprometidos. A través de la mayor parte de los años 60, los Beatles trataron de evitar hacer cualquier declaración política por miedo a alienar a su público. Y aunque John Lennon era una persona fascinante, realmente no comenzó a identificarse con la izquierda hasta el final de la carrera de los Beatles, cuando se encontraba bajo la fuerte influencia de Yoko Ono. Y tampoco estaba muy bien informado. Queda abierto al debate, pero la única canción verdaderamente de protesta que los Beatles hicieron fue “Taxman”, por la gran cantidad de divisas que se vieron forzados a pagar de impuestos. Y el radicalismo de los Stones fue, en restrospectiva, sólo una fase pasajera. Ellos tuvieron un breve lapso a fines de 1968 y a comienzos de 1969, donde dieron la impresión de identificarse con la Nueva Izquierda, pero realmente nunca se comprometieron a ningún tipo de meta política.

Para comenzar a calentar guantes, John McMillian eligió una anécdota memorable que aconteció en ese período tan político de ambos grupos, que coincidía con la guerra de Vietnam, el Mayo Francés, el protagonismo de la Nueva Izquierda americana, la aparición del hippie como sujeto social y, hay que decirlo, la cantidad de droga circulante que operaba como santo y seña entre los entendidos. No por nada, esa anécdota la contó Tony Sánchez, que fue el abastecedor de químicos de Richards, en su libro Up and down with the Rolling Stones.

Fue durante el inolvidable verano inglés de 1968, en un club llamado Vesubio y regenteado por el mismo Sánchez, que Mick Jagger compartió con todos los presentes (la crema y nata del ambiente artístico londinense) la primera escucha de Beggars Banquet, el álbum con el que los Rolling Stones regresaron a las raíces, tras su fallida excursión psicodélica. Pocas canciones más tarde, Paul McCartney ingresó al local con una copia del simple Hey Jude/ Revolution, y se robó la fiesta. Sánchez recordó lo molesto que se mostró Mick: el beatle le había quitado el protagonismo.

Sin ánimo de agregar pimienta a un platillo que de por sí es picante, McMillian trata estos asuntos de manera casi clínica, y agrega pies de página para explicar de dónde sale cada relato, lo que le agrega veracidad al suyo, y no siempre le resta épica, porque los acontecimientos de por sí fueron lo suficientemente impresionantes. A veces, el no conocer bien el terreno del rock lo lleva a pasos en falso, como la narración del desastre de Altamont: los Hell’s Angels no portaban tacos de billar; a lo sumo, habrán utilizado un bate de béisbol, aunque todos los libros de historia aseguran que a esa patota agresiva los unía el amor por el filo de sus navajas y puñales.

Salvando ese tipo de detalles, John McMillian sale airoso de la prueba de cotejar ambas carreras, superponerlas, y detallar los puntos de conflictos y coincidencias. “Es difícil decir cuánto tiempo me llevó este proyecto porque publiqué un ensayo sobre Beatles y Stones en 2007, pero me demoré un par de años en presentar una propuesta formal para un libro. Creo que firmé contrato en el 2009, pero no arranqué a escribir hasta pasado un buen tiempo; para hacerla corta, escribí bajo presión y me sumergí en la materia por completo, que es uno de los aspectos más gratificantes de mi trabajo”.

¿Cómo hiciste para dirimir las controversias históricas? Es decir, cuando dos o tres autores sostienen una versión de los hechos, y otra cantidad de autores similares dicen que las cosas sucedieron de otra manera.

–Uno de los inconvenientes de escribir sobre la historia del rock es que muchas biografías muy populares y los artículos también, a veces son sensacionalistas. O ciertos mitos y leyendas son contados una y otra vez, y esos hechos nunca fueron verificados. Es algo con lo que los historiadores tenemos que estar permanentemente en guardia. Ejemplos: conocidos escritores de rock parecen haber inventado algunos detalles como para darles vivacidad a sus relatos, o para que parezcan más verosímiles. No tengo paciencia para esas cosas.

¿De qué tipo de detalles estamos hablando?

–A veces encuentro detalles que simplemente no parecen existir en las fuentes primarias de los relatos. Un ejemplo concreto es la biografía de Stephen Davis sobre los Rolling Stone, Old Gods Almost Dead. Allí cuenta que, mientras observaba a los Beatles alistándose para salir a escena, Mick Jagger se sorprendió al ver que usaban maquillaje. Mick era muy nuevito en ese tiempo, entonces la conclusión era que para él el hecho de que un hombre usara maquillaje lo volvía algo afeminado. De acuerdo con Davis: “McCartney dice que la siguiente vez que (Los Beatles) vieron a los Stones, Mick parecía decorado como un pastel”. Eso suena como algo que pudo haber sucedido, pero Davis no entrevistó a ninguno de los miembros de Beatles o Stones; no dice dónde escuchó la historia, ni esos hechos aparecen en alguna de las fuentes primarias que yo examiné. Hay muchos ejemplos. Tan solo enfatizo que como historiador profesional, aprendí que conviene ser escéptico cuando uno se adentra a través de la evidencia.

¿Fue ésa la mayor dificultad al escribir Beatles Vs. Stones?

–Lo más difícil, siempre, es sentarse y escribirlo. Como dijo Dorothy Parker: “No me gusta escribir; prefiero ser escrita”, y me identifico con eso. Pero la investigación también implicó un gran desafío. Traté de usar muchas fuentes que otros investigadores pasaron por alto, especialmente periódicos underground o revistas para adolescentes de comienzos de los años 60. Especialmente ésas, fueron muy difíciles de conseguir; no se encuentran ni en bibliotecas ni en archivos de universidades. Así es que terminé gastando mucho dinero en comprar revistas viejas o diarios que encontré en Internet.

Hombres que pelean en la calle

Quizás el punto más urticante y polémico del libro de McMillian sea el menos discutible de acuerdo con la información que él y otros autores suministran sobre la procedencia social y la reputación inicial tanto de los Beatles como de los Rolling Stones. Sin retorcer la historia y con buena muñeca para extraer información de fuentes conocidas, McMillian lo contó así: “Los Beatles siguieron el juego a Brian en cuando a adecentar su imagen pública, no porque quisieran ponerse unos trajes estupendos, sino porque gradualmente se fueron convenciendo de que tenía razón. ‘Debíamos elegir entre salir adelante o seguir comiendo pollo en el escenario’, comentó Lennon. En cualquier caso, la matemorfosis no fue instantánea: primero desaparecieron las chaquetas de cuero, y más adelante los vaqueros fueron sustituidos por pantalones elegantes.

En cuanto a los Rolling Stones, el autor escribió: “En todo caso, cuando los Stones demostraron posteriormente que tener mucho éxito y comportarse como auténticos gamberros era compatible, Lennon se mostró basatante molesto. ‘Siempre creyó que los Stones habían robado la imagen ‘original’ de los Beatles’, comenta Chris Hutchins, que era amigo de ambas bandas. Sin los Beatles, razonaba Lennon, los Stones nunca habrían podido llegar tan lejos.”

En el epílogo del libro, McMillian parece revelar esa preferencia que durante todo el tiempo se esforzó en ocultar, cuando arranca con la frase: “Por lo menos los Beatles no se separaron porque empezaran a ser una mierda”. En ese texto, cita al último Lennon, el que le dio una de sus entrevistas finales a Playboy, y desmenuza brevemente el recorrido de los Stones, y no se resiste al chiste fácil de la gira Steel Wheels (Chair) Tour (gira de Sillas de Ruedas de Acero). Aunque, como él mismo escribe: “Y todo esto pasó, hace veinticinco años ya”. ¿Y qué opina ahora que Ringo a los 75 años puede arrastrar a una multitud en Buenos Aires?

“¿Ringo tocó frente a ochenta mil personas? Me resulta sorprendente. Pero debo ser honesto: aunque soy un gran fan de los dos grupos, no me interesa mucho ver hoy sus shows en vivo. Me parece que tengo un poco de prejuicio: creo que el rock and roll es esencialmente música joven. Hoy en día los Stones son como una broma; no están sacando nuevo material, y sólo tocan las viejas canciones de treinta y cuarenta años atrás, para un público de viejos forrados en plata. Estoy seguro de que disfrutan tocar, pero también tratan de ganar el máximo dinero posible. Aquí, en Estados Unidos, los tickets salen cientos de dólares como mínimo. Y a veces me pregunto: ¿No hicieron suficiente? ¿Es realmente necesario? Tampoco me gustan los grupos de pop o de rock en grandes estadios; prefiero descubrir bandas que todavía tocan en lugares más chicos. Ví a los Stones una vez, en 1994, y todo el mundo la pasó muy bien, pero ellos estaban en un escenario enorme y distante. Parecían hormigas.”

La lectura de Beatles Vs. Stones revela algo más. Pese a que todos los protagonistas son septuagenarios y noticias del “diario de ayer” (como el tema que alguna vez Mick Jagger compuso despreciando a una novia), este club de ancianos ruidosos siguen manteniéndose en el centro del ring. Es cuestión de leer algunas de las batallas que libraron (o simularon librar), y resulta inevitable tomar partido por alguno de los bandos en pugna. Incluso hoy, Paul McCartney sigue siendo noticia en todo lugar que pisa, y la gira Zip Code de los Rolling Stones, agota todas las entradas y genera atención que se les ocurra tocar todo Sticky Fingers, álbum que publicaron en... 1971. ¿Será así por siempre? ¿Qué pasará dentro de un siglo?

John McMillian responde: “Sí, la humanidad seguirá hablando de ellos dentro de cien años. Los Beatles fueron la fuerza creativa más poderosa del siglo XX”.

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