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Domingo, 30 de agosto de 2015

TELEVISIóN > AMERICAN CRIME

BLANCO SOBRE NEGRO

TELEVISION El viernes que viene se estrena en el cable local American Crime, la serie escrita por John Ridley, el guionista ganador del Oscar por 12 años de esclavitud. En once episodios, este policial atípico se propone, a través de un crimen, examinar el racismo y la intolerancia en la sociedad norteamericana sin sermones y sin mensaje, sencillamente exponiendo los problemas de integración y sin victimizar ni demonizar a sus diversos personajes.

 Por Mariano Kairuz

“Esta no es otra de esas series policiales centradas en la investigación forense y las muestras de ADN a lo CSI y esos programas que se apoderaron del género”, advirtieron buena parte de las reseñas de American Crime –muchas de ellas muy elogiosas–, cuando el programa creado por John Ridley llegó a la televisión abierta estadounidense en marzo pasado. Esto no es tampoco un whodunnit, un quién-es-el-culpable clásico. American Crime es otra cosa, se ha dicho: una serie sobre el racismo en la sociedad norteamericana, sobre la intolerancia, problemas de integración y otras taras que están lejos de haberse resuelto. En otras palabras, y como indica el nada modesto título, un corte transversal de los Estados Unidos hoy, escrito por el guionista que el año pasado ganó el Oscar por 12 años de esclavitud.

American Crime arranca con una llamada telefónica en medio de la madrugada. Mientras intenta abrir los ojos, Russ Skokie (el veterano Timothy Hutton) recibe la noticia del asesinato de su hijo y del ataque que sufrió la mujer de este, Gwen –que quedó gravemente herida–, en la casa de ambos, en lo que pudo o no haber sido un mero robo violento. Russ se compromete enseguida a volar de su residencia en Arizona a Modesto, California, para identificar el cadáver e iniciar los trámites que correspondan para la investigación policial. El encuentro con su ex mujer, Barb (Felicity Huffman, conocida principalmente por Amas de casa desesperadas), el otro hijo de ambos, Mark, y los padres de Gwen, no va a ser sencillo: numerosos recelos, resentimientos y ocultamientos atraviesan las relaciones dentro de este pequeño grupo familiar. Mientras tanto, y a poco de iniciada la investigación, los tres principales sospechosos reunidos por la policía son dos muchachos latinos y un afroamericano. La primera reacción de Barb cuando le mencionan a un mexicano involucrado en el caso es preguntar: “¿Qué, algún ilegal?”.

A lo largo de once episodios, la serie despliega el caso desde diversos puntos de vista destinados a cruzarse más tarde o más temprano. Están los de la familia Skokie, que tiene sus propias cuentas pendientes, el pasado como apostador compulsivo (y una condena por robos menores) de Russ, que dejó a Barb criando prácticamente sola y en la ruina a los dos hijos de ambos; el de los padres de Gwen, a quienes la posibilidad de que la chica salga con vida del hospital los ubica en una posición radicalmente distinta de la de sus consuegros; y los de los sospechosos: Héctor, un joven mexicano enredado en delitos comunes pero con un oscuro pasado que lo vincula a pandillas y carteles de Sinaloa; el tímido adolescente Tony, uno de los dos hijos de un inmigrante mexicano, viudo, instalado legalmente en EE.UU. pero atenazado por los prejuicios que acechan a los de su origen, y Carter, un hombre negro cuya relación con la rubia y reventada Aubry parece alimentarse tanto de la pasión como por las metaanfetaminas. El guión intenta desarrollar cada punto de vista casi a la par, de modo de no exculpar ni victimizar a la ligera a ninguno de los personajes –nadie está enteramente limpio–, y sí, en cambio, exponer los contextos de los que proviene cada uno para generar algún nivel de empatía, incluso con aquellos que cargan con las historias más oscuras. Todos tienen reproches, secretos y pequeñas miserias; cada uno incurre en alguna forma de mentira o negación, y la investigación pone de manifiesto las grietas en cada una de las familias involucradas; lo que saben o creen saber sobre aquellos a los que creían conocer muy bien, lo que están dispuestos a reconocer, lo que ocultan. La voz más fuerte es la de Barb, quien cree identificar en el asesinato de su hijo las marcas de un hate-crime, un crimen de odio racial “invertido”, la irracional ejecución de un muchacho blanco “ejemplar” a manos de un marginal de piel morena, que la Justicia, los medios y la comunidad se resisten a reconocer como tal por mera corrección política. El de ella es el punto de vista más incómodo, porque propicia la identificación a la vez que expone algunas formas contemporáneas del prejuicio racial, no del todo asumidas, que laten en personas educadas.

Que la historia transcurra en Modesto –una localidad de California mucho menos reconocible que Los Angeles o San Francisco– refuerza la idea de que “esto es América”: una ciudad cualquiera, ni pueblo chico (a lo Twin Peaks) ni gran urbe; lo que ocurre aquí podría haber ocurrido en muchos otros lugares. Modesto es, dice Ridley, un nombre tan desconocido como lo era hasta un año atrás Ferguson, la ciudad de Missouri que se convirtió en escenario de fuertes protestas disparadas por el asesinato de un chico negro por un policía.

American Crime es uno de esos proyectos “de prestigio” que parece estar buscando todo el tiempo la televisión de la llamada nueva edad de oro. Tal fue el encargo que le hizo la cadena ABC a Ridley unos meses antes del Oscar por 12 años de esclavitud. Hoy su nombre es uno de los más solicitados en la industria, pero lo cierto es que, a los 49 años, Ridley tiene una muy ecléctica carrera de más de dos décadas, a lo largo de las que ha publicado novelas e historietas, hizo stand up, escribió sitcoms como The Fresh Prince of Bel Air (la que hizo famoso a Will Smith), guionó films tan disímiles como la parodia blaxploitation Undercover Brother y el thriller de Oliver Stone U-Turn (1997), Tres reyes (de David O’Russell), la historia de los aviadores de guerra negros Red Tails (producida por George Lucas) y, más recientemente, el biopic sobre Hendrix Jimi: All Is by My Side, con André Benjamin. Aunque no toda su producción está ligada a la situación del negro en Estados Unidos, ese es definitivamente uno de sus temas dominantes, con más complejidad que nunca, acaso, en American Crime.

“Buscamos que el programa refleje un poco lo que está pasando hoy en el país”, dijo Ridley, quien actualmente trabaja en una remake/relectura de Ben-Hur y en una segunda temporada de American Crime con otra historia y otros personajes, aunque repitiendo reparto. “La triste realidad es que eventos como el de Ferguson siguen siendo cíclicos en EE.UU. No pretendemos explotarlos, sino reexaminar el mundo que nos rodea. Desde el principio supimos que queríamos que aparecieran representados blancos, negros, latinos, musulmanes, cristianos y todos estos elementos que normalmente uno no ve en televisión. A la gente le gusta usar la palabra diversidad, pero creo que la de ‘diversidad’ es una idea muy de los años ’70: hoy es una realidad. Queríamos escribir algo que hablara de quiénes somos y en qué lugar nos encontramos en este momento. Que hablara de raza, de fe, de comunidades, y que lo hicieran contando una historia, sin sermones. Y que de ninguna manera fuera percibido como una de esas ficciones ‘de mensaje’.”

American Crime empieza el próximo viernes 4 de septiembre a las 22 por AXN. A partir del viernes 11 se repetirá el capítulo anterior a las 22, con estrenos a partir de las 23.

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