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Domingo, 4 de octubre de 2015

EL MAQUINISTA IMAGINARIO

 Por Martín Pérez

“Mirá las marcas del renacimiento”. Un par de semanas atrás, Jorge Pistocchi exhibía orgulloso su pecho quemado por el desfibrilador ante quien lo visitase en el Hospital Argerich. Una oportuna intervención médica había alcanzado a salvarle la vida, aunque tanto el paciente como sus conocidos sabían desde hacía tiempo que su condición cardíaca era irreversible. Su salud mejoraba cuando estaba internado, porque –bajo cuidados médicos– comía regularmente y también descansaba. Pero en cuanto le daban el alta y regresaba al viejo conventillo de La Boca que había transformado en su hogar, volvía a relajar sus costumbres, a vivir la vida de siempre. El fin de semana pasado, justamente, hubo fiesta en el conventillo, celebrando su enésima salida del hospital. Los tambores sonaron el sábado durante toda la noche, aunque el anfitrión no se sintió del todo bien y se acostó temprano. Fue recién al anochecer del día siguiente, justo cuando –según quienes lo acompañaron hasta el final– la luna empezó a teñirse de rojo por el eclipse, que el periodista, agitador cultural y maquinista de más de un expreso imaginario murió su muerte anunciada, a la edad de 75 años.

Es verdad que cuando se habla de Pistocchi en lo primero que se piensa es en El Expreso Imaginario, aquella mítica revista de la que fue fundador, que funcionó como una suerte de Arca de Noé de la cultura rock local durante la dictadura. Pero su nombre aparece también como mecenas del grupo Almendra, pionero de la Galería Bond Street en los 80 o miembro de la cooperativa Amat en Monte Grande, una de las primeras fábricas recuperadas por sus obreros en la segunda mitad de los 90. Donde hubo imaginación y rebeldía, ahí siempre se lo pudo encontrar a Pistocchi, extraño duende contracultural, “un gran abridor de puertas” o “un imán de personalidades atraídas por su actitud inocente y despojada”, como lo solían evocar quienes atravesaron la experiencia de trabajar con él. Aun en los últimos años, pese a su deteriorada salud, se las había ingeniado para hacer funcionar lo que llamaba el Centro Cultural Expreso Imaginario, una casa de puertas abiertas en Olavarría 664, en La Boca, desde donde hacía un programa de radio y se vinculaba directamente con los vecinos del barrio.

Nacido en Jujuy y Rivadavia, en pleno barro de Once, siempre recordaba que se había criado en los inquilinatos de la calle Lezica. Hijo de padre italiano y madre de sangre galesa, fue rebelde desde muy chico. “Tuve una vida con muy pocas barreras”, decía Pistocchi, que en sus comienzos quiso ser escultor y esgrimía como una medalla que lo hubiesen echado del Otto Krause antes de terminar sus estudios. “Entonces me zambullí de lleno en la calle, con una tremenda pasión por el descubrimiento”, evocaba, subrayando que su primer contacto con un sentimiento de libertad profundo fue con la aparición del rock, algo que sucedió en la banda de sonido de la película Semilla de maldad. “Se corrió la voz entre los pibes, que íbamos a verla una y otra vez para volver a escuchar eso que alborotó a una ciudad tan reprimida como era Buenos Aires, donde para entrar en los cines y en los bares la gente tenía que vestirse de saco y corbata”, explicaba. “Fue asombroso el estallido que eso produjo.” Pero también señalaba que lo habían marcado profundamente otros estallidos, los de las bombas sobre la Plaza de Mayo en 1955. “Recuerdo haber pasado por la Plaza al día siguiente del bombardeo”. contaba. “Aquel espectáculo del futuro me marcó para siempre, porque vi con mis propios ojos que ya no había límites.”

Sin embargo, su vida cambió realmente recién a comienzos de los setenta, cuando cobró una cuantiosa herencia que tardó apenas cinco años en dilapidar. “Dicen que la plata hace la felicidad, y por las dudas probé a ver si tenían razón”, contó alguna vez Pistocchi, que con parte de ese dinero le llegó a pagar un viaje a los Almendra para que fuesen a Estados Unidos a comprar los equipos necesarios para armar aquella ópera que nunca se llegó a concretar. Para cuando llegó el momento de la Expreso, no quedaba nada de ese dinero, y el mecenas que solventó los gastos fue Alberto Ohanián, empresario textil y abogado vinculado con Luis Alberto Spinetta, que se convertiría luego en uno de los productores históricos del rock nacional, y por eso Pistocchi terminó abandonando su propia revista. Zaff y Pan Caliente fueron las otras publicaciones que fundó antes de desencantarse del periodismo y del rock, e intentar otras experiencias, desprendido y generoso, y siempre viviendo al día.

“Creo decididamente que hoy ganaron los 60, pero parte de nuestra misión era evitar que todo eso se transformase en un elemento más del mercado”, intentaba explicar Pistocchi más una década atrás, cuando recuperó los derechos sobre el nombre de la revista y preparaba una muestra. “Siempre fui de un lado al otro, siempre fui un caminante”, se definió, recordando que desde muy chico le habían fascinado los bares, las barras de amigos y la alegre vitalidad de emborracharse en medio de situaciones que evocaba como fascinantes. “En el transcurso de mi vida he conocido gente muy inverosímil, personajes que me deslumbraron durante mi búsqueda de maestros”, recordaba entonces, celebrando que la búsqueda continuaba. Y los encuentros también. Pero es difícil saber si, justo al momento de decirlo, Pistocchi alcanzó a darse cuenta que, a esa altura de su larga caminata, ya se había convertido en uno de aquellos personajes deslumbrantes que no dejó nunca de buscar, escuchar y convocar hasta el fin de sus días.

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