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Domingo, 4 de octubre de 2015

CINE > LOS HONGOS

NO ME ESCRIBAS LA PARED

El próximo jueves se estrena Los hongos, la segunda película del colombiano Óscar Ruiz Navia, protagonizada por dos jóvenes no-actores y grafiteros reales que interpretan a un obrero y a un estudiante que recorren la ciudad de Cali buscando el muro ideal para expresarse. Las cuarenta y ocho horas en la vida de los artistas urbanos están cruzadas por las relaciones familiares y la política, en una historia urbana y generacional.

 Por Mercedes Halfon

Ras y Calvin tienen una doble vida. De día son albañil y estudiante de Bellas Artes respectivamente, pero cuando cae el sol, como precoces Batmans, recorren la ciudad buscando frontones donde despuntar su verdadera pasión: el grafiti. Es que la verdadera identidad de estos chicos es una fachada, una pared vacía donde ir dejando su huella, su expresión, su protesta. De eso va la nueva película de Oscar Ruiz Navia, uno de las más jóvenes promesas del cine colombiano que con su ópera prima, El vuelco del cangrejo se alzó con el Premio FIPRESCI de la Berlinale en 2010. Los hongos, su segundo largometraje, también viene cosechando elogios en cuanto festival se presenta, entre ellos el Premio Especial del Jurado Cineastas del Presente en la última edición de Locarno, entre muchas otras menciones.

Calvin y Ras son, entonces dos chicos jóvenes de hogares humildes de la ciudad de Cali. Intentan seguir las directivas de sus familias, a la vez que despliegan sus deseos al margen de esos mandatos, al margen de la luz del día y al margen de la ley. Ruiz Navia parece ser un especialista en estos personajes. Por eso, porque le interesa retratar con rigor esas voluntades que no tienen espacio en el cine a gran escala, en las grandes narrativas, trabaja con no actores, en este caso grafiteros reales a los que llegó después de una búsqueda que duró dos años.

Algo de esa búsqueda, de la idea de peripecia aristotélica está en Los hongos. Todo transcurre en apenas 48 horas. Dos días en los que estos chicos han dejado de dormir, de comer y prácticamente no se separan nunca. Todo comienza cuando Ras pierde su trabajo por robar algunos tarros de pintura con los que venía haciendo un mural al lado de su casa. Busca entonces a Calvin, que vive unos días difíciles ocupándose de su dulce abuelita convaleciente de sesiones de quimioterapia. Juntos van a intentar conseguir dinero a la vez que se les aparecerá la posibilidad de participar en la pintura de un gran mural en colaboración con grafiteros de fuste.

Paralelo a los sucesos de sus vidas –la abuelita de Calvin que les cuenta la historia de los peligros que pasó en su infancia en una Colombia salvaje; la mamá de Ras, una sufrida mulata emigrada de la selva del pacífico que intenta ayudar a su hijo conectándolo con evangelistas– ocurre el diseño y realización de ese gran mural. Calvin y Ras se informan a través de youtube –como buena parte de los chicos de su generación a escala global– acerca de sucesos políticos de gran importancia que están ocurriendo. Inspirados por imágenes de la primavera árabe, particularmente de unas mujeres egipcias que con megáfonos cantan consignas, deciden qué mostrará su dibujo. Chicas con hiyab y megáfonos en mano, que pronunciarán una frase que también los representa a ellos mismos: nunca más guardaremos silencio.

Hay evidentemente un malestar que viene rebotando en su entorno y ya no quieren callar. El punto en que Los hongos se convierte en una historia que contiene los reflejos de su época es este. Mostrar cómo Calvin y Ras van recorriendo distintos espacios sin encajar en ninguno, como si fueran testigos de modos que quedaron en desuso: los discursos del sermón religioso, los de políticos en campaña, los de vacíos líderes de bandas punk, los de maestros de pintura, los idealistas que se contradicen flagrantemente en la práctica. En la pintura del mural, un arte efímero y contravencional por naturaleza, es que ellos encuentran su lugar de manifestación e identidad. En la grafiteada en tiempo real del muro, es que se da el nudo emocional donde ellos hacen pie y logran darle un sentido a todo lo que les pasa.

Desde aquellos caballos hermosos en carbonilla dibujados en la oscuridad de una caverna hace miles de años a hoy, siempre se ha escrito en paredes. Podría haber una continuidad entre la carbonilla, el marcador y el aerosol, aunque las connotaciones de cada material sean muy distintas. Todas actividades pictóricas, vandálicas, juveniles y callejeras, que si siguen estando en auge y expansión, es porque hay algo que no encuentra otro modo de expresarse. Por eso, ver a los protagonistas de esta historia pintar, moviendo sus cuerpos como bailarines de hip hop, es participar de un momento poderoso y colectivo. Casi un ritual, una ceremonia de hermandad, en la que cada uno toma un fragmento de pared y la hace suya mientras suena una música que parece provenir de sus mentes. Por supuesto que los encargados de impartir la ley no van a compartir esta mirada positiva, y los van a ir a buscar una y otra vez. Y ellos, claro, van a resistir.

Como un gran fresco salvaje de pintura y cultura subterránea, con dos chicos como centro del dibujo y alrededor una serie de adorables personajes secundarios, Los hongos se despliega. Un relato compacto que no se detiene nunca y logra imágenes –como la final, con un gran árbol edénico desde donde ellos miran hacia el futuro– que seguro durarán algo más que los grafitis que dibujan cada noche.

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