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Domingo, 4 de octubre de 2015

MúSICA > LOSAVIO-HERRERA-GIL SOLá

TÉ PARA TRES

Van despacio, dicen, relajados, sin dejar que el peso de los míticos tríos argentinos resulte agotador. Tito Losavio, Federico Gil Solá y Gringui Herrera son veteranos de muchas batallas del rock local –tocaron con Divididos, Los Abuelos de la Nada, Los Twist y Man Ray por sólo nombrar el puñado más famoso– y ahora, juntos y como banda, tienen un disco, Ella y la botella, que van presentando con sus tiempos y según las ganas. Con cierto aire de improvisación, una elaboración casera pero precisa, y climas que van de la calma al vendaval Losavio-Herrera-Gil Solá se muestran expertos en un rock con aires progresivos pero de corazón mugriento.

 Por Sergio Marchi

Desde el inicio de los tiempos del rock en Argentina, el número tres tiene connotaciones históricas. Los tríos siempre han jugado un papel importante en la construcción del imaginario rockero nacional: con tres ya basta para que las cosas suenen. Tríos como Manal, Color Humano, el primer Pescado Rabioso, buena parte de la larga vida de Vox Dei, el Polifemo inicial, Pappo’s Blues, Soda Stereo, Los Socios del Desierto, han creado un sonido que es reconocible auditivamente como argentino. Claro, no ha sido la cantidad de integrantes sino su calidad. Y si es por eso, el trío que formaron Tito Losavio, Gringui Herrera y Federico Gil Solá merece atención especial.

Ella o la botella es el disco con el que estos tres gladiadores del rock esperan dar inicio a lo que Tito Losavio llama “un carreteo suave”. Su lema es no apresurarse, dar pasos lentos, y jugar fútbol Tai-Chi. Gringui Herrera explica que “antes jugábamos fútbol de verdad, pero con los años nos inclinamos por la variante Tai-Chi, que es un juego de movimientos lentos, casi imperceptibles; se juega con globos y en cámara lenta”. El chiste tiene que ver con sus años (todos pasaron hace rato la barrera de los cincuenta), pero también con una anécdota que contaron cuando se los pudo juntar a los tres en otro lugar que no fuera la sala de ensayo. Un día, Tito se encontró con Bobby Flores que había ido a la casa de Pappo y lo encontró en el patio con un amigo jugando a la pelota... con un pollo listo para ser rostizado.

La idea de la lentitud contrasta con la premura de estos tiempos, donde los grupos buscan resultados inmediatos a través de la instalación digital con saturación de redes, o cadenas masivas de mails comunicando fechas, progresos y avances. En ese tono, Losavio, Herrera y Gil Solá, se convierten en la antítesis de la velocidad. Son producto de caminos que se entrecruzaron intensamente durante los últimos años; los músicos de rock de su categoría están acostumbrados a tocar en distintos grupos, respaldando a solistas ocasional o habitualmente, y básicamente están fogueados en la solidaridad: si hace falta uno más, allí están, siempre con ganas de colgarse el instrumento y ver qué pasa.

Lo que no es tan común es que estos músicos, veteranos de un sinfín de pequeñas batallas amistosas (y no tanto), decidan juntarse. Y que no tengan apuro, y que banquen los tiempos del otro, aun cuando estos requieran años. Estos tres se conocen de distintas etapas de su vida como músicos. Tito Losavio y Gringui Herrera coincidieron en la gran banda que tuvo Andrés Calamaro a fines de los años ’80. El guitarrista titular era Ariel Rot, y Tito lo suplantó en algunos shows. “Siempre tuvimos una afinidad musical muy marcada –cuenta Gringui–, Tito es un tipo muy musical y coincidíamos armónicamente”. En ese entonces, Tito ya había tenido su primer trío, Biorsi, “que cuando iba a grabar el primer disco se encontró con que la compañía, Interdisc, se había fundido”. Después de eso formó Man Ray con Hilda Lizarazu. En la larga trayectoria del dúo, se encontró con Federico Gil Solá.

“Una noche me llama Guillermo Piccolini y me pregunta si tengo ganas de grabar un disco. Le digo que sí, y me dice que al otro día en la mañana esté en el estudio. ¡No me dio tiempo para nada!”, recuerda Federico Gil Solá, que de buenas a primeras se convirtió en el baterista de Man Ray para su disco Piropo de 1995. No hacía mucho que Gil Solá se había desvinculado de Divididos, y tampoco muchos años que había retornado a la Argentina, después de haber vivido unas décadas exiliado junto a su familia en Berkeley, pegadito a San Francisco. Allí supo ser baterista del grupo Wire Train, donde comenzó a desarrollar su estilo explosivo. Tito estaba en aquel momento en que Gil Solá se sumó a Man Ray (aunque ya eran viejos conocidos), con una banda paralela llamada El Ombú (con Fernando Lupano y Fernando Cartier), que alcanzó a publicar un álbum; algunos de los riffs que no llegó a usar ese efímero grupo, fueron reciclados para este trío actual.

Gringui Herrera y Federico Gil Solá también se habían encontrado en diversos escenarios, en los tiempos de la “Patria Zapadora” de los años ’90. “Nos conocíamos con Fede de la zona oeste, de Ramos Mejía, deambulando por ahí. Hay mucho rock and roll, nnennnnnn”, interviene Gringui, notable guitarrista que en este trío es bajista por voluntad propia. Y también un imitador muy preciso de Fito Páez y Pomelo, entre otras gracias. Aquí ocupa el lugar del bajista, que no es su puesto natural, pero en el que dice sentirse cómodo. “Como bajista tengo que estar atento para no perder, porque los temas de Tito tienen sus vueltas, sus truquitos, y para empezar a disfrutar primero tenés que conocerlos bien. Es divertido, no es algo cuadrado; cualquier Jack Daniels de más puede jugar un papel incómodo para cualquiera de los integrantes.”

Su nombre civil es Augusto Elpidio Herrera, el mismo que tuvo su padre, al que no llegó a conocer, porque murió en un accidente cuando su madre estaba embarazada de él. “Le decían El Gringo –explica–, porque era rubio y de ojos verdes, pero yo salí a mi vieja, que es morocha, y fui El Gringuito, de ahí mi apodo”. Gringui Herrera tuvo una carrera solista efímera que consistió en un álbum titulado Tu imagen sigue allí, editado en en 1985. “Tenía temas de la saga de cosas que compusimos con Andrés Calamaro, y varias de las cuales fueron a parar a Los Abuelos de la Nada: ‘Tristeza de la ciudad’, ‘Así es el calor’, ‘En línea’”. Curiosamente, fue con Andrés con quien aprendió a tocar el bajo a fines de los ’70. “La cosa es así: con Andrés nos conocíamos del secundario. Yo iba a su casa con mi guitarra y él tenía un pianito en el dormitorio. Con eso escribíamos canciones, y cuando teníamos armadas algunas, nos tomábamos el colectivo 59 y nos íbamos a Santa Fe y Talcahuano, a los estudios Del Jardín a grabarlas. Y en el estudio, Andrés tocaba la batería y los teclados, y yo la guitarra y el bajo. Eso era la Elmer Band”. Gringui Herrera siempre fue el arma secreta de músicos que querían contar en sus bandas con un guitarrista de lujo, que combina en sus solos la elegancia y la sapiencia rockera con el barrio y el barro. Hoy toca también con Alejandro Lerner y Titanic, una banda de covers donde canta el desopilante Miguel Zavaleta.

EL HERVOR

Querían tocar en un lugar chico, como el living de una casa, y Losavio, Herrera y Gil Solá, se afincaron en lo que se llama “una residencia”; es decir, un pequeño ciclo de cuatro martes hace unos meses –en agosto pasado– en el bar La Viola del Bebe Contepomi. El lugar se llenaba con pocas personas, en un efecto paradojal. Y resultó ser el medio ambiente ideal para un show de rock a la vieja usanza. Es que este trío recupera elementos muy simples que no son tan frecuentes en el presente: el fluir de la música en un contexto mínimo sin una música minimalista. Temas como “Ella o la botella”, “Kali-yuga, rhajá”, “En el tuco” o “El linyera”, ofrecen dinámicas de subidas y bajadas, cierto aire de improvisación orejera, una elaboración casera pero precisa, y un espacio para escuchar a un Tito Losavio en su faceta más hendrixiana. Pero relajado: toca sentado, se toma su tiempo para apoyar su hermosa Gibson frente al amplificador, y desatar un vendaval de efectos meteorológicos manipulando pedales. Detrás, Federico Gil Solá y Gringui Herrera lo sostienen conjurando una tormenta perfecta, que puede ser garúa o vendaval.

Más allá de los años que tiene cada uno de tocar, ellos mismos como trío ya tienen un buen tiempo juntos. Aunque se conocieran de otras vidas, los tres recién coincidieron en la banda de Cuino Scornik, letrista de Andrés Calamaro y otros artistas (escribió la de “Tu disfraz”, de Losavio-Herrera–Gil Solá) y luego se perdieron por ahí. Tito Losavio se fue a vivir un tiempo a España y “cuando volví tenía ganas de tocar, como siempre, y se me ocurrió llamarlos a ellos. Nos juntamos en una sala de ensayo que tenía en la calle Humboldt a zapar un rato”. “Eran zapadas organizadas en torno a la bolsa de riffs que Tito siempre tiene a mano –se ríe Gil Solá–, y ahí comenzó a perfilarse la cosa”. La cosa, o sea este trío, lleva como nombre el apellido de los tres músicos, como si fueran una delantera temible. “Yo quería ponerle Plantito –se ríe Gil Solá–, pero no me dieron bola”.

Todo esto sucedió a fines de los 2000. Primero comenzaron a tocar mucho, todas las semanas; luego se les hizo cuesta arriba y pensaron que era mejor grabar un disco en el estudio de Federico y después salir a tocar. Finalmente, registraron el álbum y lo dejaron reposar. Unos cinco años... “Lo que pasa es que yo me fui a vivir a Córdoba –explica Losavio–, y eso hizo que el disco quedara estacionado como un vino”. La letra de “Planetario”, uno de los temas del álbum apunta: “La gente llega y pregunta si acaso habrá que esperar/ unos siglos si es que el cosmos/ la llamada va a contestar”. En este caso, solo fueron cinco años.

EL AIRE ENTRE LAS NOTAS

El sonido de este trío tiene mugre; no aquella que se acumula por falta de higiene, sino esa que tiene que ver con las texturas, con el aire entre las notas, con la interrelación que se genera entre tres que se conocen todas las mañas y saben jugar. Tienen un poco de rock psicodélico rabioso (“El linyera”), un touch de fusión (“Ave de vuelo”, que según Gringui es un “candombe–rock”), y riffs entreverados con letras que en su mayoría son de Gil Solá, las que combinan reflexión con un toque de humor. Salvo en “Ella o la botella”, que de acuerdo con el baterista “es lo que estaba pasando en el momento en que la escribí con Laura (Ros, cantante y compositora), que me ayudó. Ganó ella. Por ahora estamos pasando nuestro segundo Mundial y sigue ganando ella, que dice que es lo más cercano a una canción de amor que yo le pueda llegar a hacer”.

A Gringui le gusta la idea de que el trío esté haciendo “música progresiva, pero no azota”, utilizando términos que los músicos argentinos fatigaron a fines de los ’70. Una traducción aproximada sería: música elaborada pero no mental (azota remite a “la azotea, el bocho”). “Hicimos un ciclo en Libario en el 2010, y una monada que venía a vernos se juntaba. Eran refumones, como que les gustaba la progresiva. Se empezó a armar un grupo de fans que estaba buenísimo: cada vez que tocábamos, esta gente iba seguro.”. Al haber estado en bandas que tuvieron, cada una en su escala, muchísima exposición como Divididos, Los Abuelos de la Nada y Man Ray, cuando tocan esta música nueva ante pocas personas verdaderamente interesadas, la situación que se da es de intenso relax para los músicos, y máximo disfrute para los parroquianos.

Tito Losavio, cantante y guitarrista que se ubica en la misma línea de sus compañeros, tiene en vivo la posibilidad de mostrarse como el gran violero eléctrico que es y que el público quizás no conozca, porque su función en otras bandas no era la de hacer solos. “Es algo que nunca hice ni en Man Ray ni en Los Twist. Soy conciente de que aquel que me conoce por Man Ray, se va a sorprender. Pero ese es otro aspecto de la realidad, a mí me gusta toda la música: es un problema. Me gusta todo: me gustaría tocar el bajo en una banda de reggae, me gusta tocar con acústicas, tocar eléctrico con el trío. Esto es algo sencillo donde los tres fluímos, y la paso bárbaro: cada vez que tocamos le agradezco a los muchachos porque se genera algo muy lindo cuando trabajamos juntos”.

Lo que unifica el criterio ya no musical sino grupal de Losavio-Herrera-Gil Solá, es la experiencia de entender que si caminan sin prisa, pueden darse grandes cosas. “Estamos cómodos –se sincera Gringui–, los tres somos respetuosos, no hay problemas de egos ni boludeces. Buena predisposición, respeto y buena onda. Así es más fácil”. Es curioso, pero la irregularidad de la situación de haber detenido un proyecto por años y no haber desarrollado ansiedad, es lo que parece haber jugado a favor de este proyecto que está para grandes cosas. “El último show antes de estos fue hace cinco años –dice Gil Solá–, el disco también tiene cinco años. Es algo que a mí nunca me pasó: es como la famosa burbuja en el tiempo. Pero a esta altura, ninguno de nosotros está apurado”.

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Imagen: Nora Lezano
 
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