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Domingo, 24 de abril de 2016

EL SIGNO DE LOS TIEMPOS

 Por Martín Pérez

Alguna vez Prince fue el futuro. De la misma manera en que nos prometieron autos voladores y trajes papel de alfajor para el nuevo siglo que estaba por llegar, de pronto supimos todos que el porvenir de la música debía pertenecer al artista que mejor supo cómo cantarle al signo de los tiempos. Pero, se sabe, ese tiempo que tan de pronto es de todos siempre sigue su camino demasiado rápido. Y Prince decidió seguirle el juego y también pareció apurar sus pasos: cambió su nombre por un símbolo, se escribió “esclavo” en la cara, dio por muerta a la industria discográfica antes de que su cadáver comenzase a enfriarse –e incluso ni siquiera fuese cadáver aunque estuviese muerta–, abrazó antes que nadie internet y de la misma manera abandonó las redes, y marcó el camino dedicándose a tocar y tocar en vivo, pero ya dejando de sonar desde el futuro, salvo cuando su música nos volvía a golpear en el mismo lugar que lo supo hacer en el pasado.

Y esta semana Prince se terminó convirtiendo en presente, el mas banal de todos, ése que es apenas noticia. Hay que decir a su favor que tardó en dar el brazo a torcer, en dejarse llevar. Durante el fin de semana pasado la noticia fue que su avión había aterrizado de emergencia para que pudiesen atenderlo, pero al día siguiente ya estaba arriba de un escenario, compadreando al anunciar que había que aguardar algunos días antes de malgastar las plegarias. Nunca debió llegar a saber cuánta razón tuvo. Sus fans lejanos, los de estos pagos, que hasta entonces no lo habían incluido en la lista de las posibles víctimas de un presente que parece ensañarse particularmente con todo pasado que fue mejor, se descubrieron googleando edad y salud de su ídolo, que de pronto parecía vulnerable. ¿Enfermo? ¿Prince? ¿Cuándo había sucedido? Descubrieron, por ejemplo, que el rocker más caliente se había vuelto adicto a los calmantes, por un problema con sus caderas. ¿Justo él, el rocker que más le cantó al movimiento de esas caderas, sean propias o ajenas, con o sin música?

“Prince ha muerto joven. Ha muerto el primer esteta afroamericano, y un esteta no puede hacerse octogenario. Con él se marcha el mejor intento hasta la fecha de crear una alternativa afroamericana al dandi de origen anglosajón y europeo. Parece casi un destino pactado que Bowie y Prince se hayan ido al mismo tiempo”, lo despide el escritor y poeta español Manuel Vilas en el diario ABC y da justo en el blanco. Desafiantes y revolucionarios, así fueron el duque blanco y el príncipe negro, y no es justo que el mundo casi al mismo tiempo se haya tenido que dar cuenta que debe seguir adelante sin ellos. Pero mientras Bowie llegó a planear cuidadosamente su salida de escena, la sorpresa es que el meticuloso y controlador Prince haya encontrado su destino en el ascensor de Paisley Pask, su hogar, donde la policía de Minneapolis descubrió su cuerpo sin vida. La única ironía acorde con su estilo en semejante final inesperado, es que –por la guerra que El Artista mantenía con YouTube– quienes se apuran a llorarlo en las redes en un rito ya casi mecánico, con tanta muerte estelar reciente, no les sea tan fácil encontrar videos para reproducir a modo de despedida.

Lo que mas aparece en una rápida búsqueda por las redes, obvio, son los shows en vivo, donde Prince siempre se robó la escena. El del Super Bowl, por ejemplo. O sino homenajeando a George Harrison en el Salón de la Fama del Rock’n’roll, encargándose del solo de guitarra de “While My guitar Gently Weeps” ante la mirada sorprendida de todos los presentes. Pero hay un show que siempre se recuerda en la historia de Prince, y que no es posible encontrar en internet. Fue cuando el público de los Rolling Stones lo bajó a botellazos del escenario, porque su sensibilidad –por decirlo de alguna manera– WASP no se bancó al negrito de sexualidad dudosa, refregándoles el futuro en la cara. Algo que sucedió no una, sino dos veces, porque Mick Jagger y Keith Richards estaban tan entusiasmados con su música que lo llamaron para que volviese y lo intentase otra vez al día siguiente. No hubo caso. Lo recuerda Greil Marcus en su libro En el baño del fascismo, que compila notas escritas entre 1972 y 1992. Corría el año 1981, y el futuro seguía lejos. ¿Qué futuro? Lo describe entusiasta Marcus en la misma nota, donde habla del público de los shows de Prince en su ciudad, Minneapolis, que presenta –a diferencia del de los Stones– como “el más excitado y diverso (blanco y negro, punk y funk, hetero y gay, joven y viejo, rico y pobre) del que he formado parte en mucho tiempo”. Y ese siempre ha resultado ser el futuro de la música de Prince, esa que nos seguirá hablando, y sacando a bailar. Y que hace tiempo se llama presente, mal que le pese a ese demonio que últimamente insiste en llevarse todos nuestros recuerdos.

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