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Domingo, 21 de marzo de 2004

NOTA DE TAPA

La última tentación con Cristo

La película prometía ser insoportable por partida doble: primero, por estar hablada en latín y arameo; segundo, por el detallismo lacerante con que prometía filmar el verdadero horror que sufrió Jesús durante la tortura previa a su muerte. Pero apenas se estrenó en Estados Unidos, la polémica fue aún más virulenta de lo esperado. El cargo fundamental es el de antisemitismo. Christopher Hitchens, uno de los polemistas más sagaces de este tiempo, va aún más lejos: para él, ni judíos ni cristianos se han enfrentado a absolutamente todas las implicaciones de la visión ilógica, ignorante y brutal del director.

“Mas por causa de nuestras iniquidades fue Él llagado, y despedazado por nuestras
maldades; el castigo de que debía nacer nuestra paz, descargó sobre Él y con sus cardenales fuimos nosotros curados.” Isaías 53:5.

“Pero no puedo pensar por vos. / Tendrás que decidir / Si Judas / tenía a Dios de su lado.” Bob Dylan, “With God on Our Side”.



Por Christopher Hithchens

Al menos una cosa debemos concederle a Mel Gibson, que invirtió 25 millones de dólares de su bolsillo para dirigir, producir y firmar en colaboración el guión de La Pasión de Cristo, una película (estrenada en Estados Unidos el pasado Miércoles de Ceniza, el 25 de febrero) que se propone mostrar cómo fueron en realidad las últimas 12 horas de la vida de Jesús. La mayoría de las representaciones de la crucifixión son devotas y sentimentales, y muestran a un hombre joven, paciente y con cara triste, en una posición altamente inconfortable. Una abrumadora mayoría (salvo el florentino Miguel Angel en una obra de juventud) siempre ha mostrado a Jesús cubierto allí donde importa por un pañal u una hoja de parra. Sólo el Políptico de Issenheim (1515), una serie de cuadros de Mathias Grünewald, nos muestra, sin ahorrarnos nada, cómo se ve un hombre al que se arrastra a la muerte a través de sucesivos estadios de tortura. Pero incluso aquí fue desatendido el texto bíblico que constata que Cristo fue expuesto desnudo en la Cruz: la imagen resultaba demasiado fuerte como para ofrecerla tal cual a los mortales.
Mel Gibson deja bien en su lugar el trapo de la decencia que cubre la entrepierna del Salvador para no dejarnos ver nada, pero en lo que se refiere al sufrimiento va más lejos de todo lo que se había intentado hasta ahora en la pintura, en la escultura y en el cine. Nos muestra a alguien flagelado, pateado, golpeado, vilipendiado y humillado, antes de que lo claven a martillazos en la viga de la cruz para hacerlo morir por la exposición a los elementos y una asfixia lenta. Ignoro qué fuentes consultó Gibson para este ejercicio gráfico: el libro Revolution in Judaea del historiador Hyam Maccoby contiene la mejor explicación que conozco sobre los detalles de la pena capital en el Imperio Romano. El tono desapasionado del libro lo vuelve, cuanto menos, difícil de leer. El horror y el terror de la crucifixión no estaban reservados en exclusiva a los fanáticos religiosos. Miles de los seguidores del gladiador tracio Espartaco murieron de la misma manera, y la novela Espartaco del norteamericano Howard Fast contiene la siguiente reflexión:

Una vez, tiempo después de estos acontecimientos, colocaron a un esclavo romano sobre la cruz, y después de que hubiera estado pendiendo ahí por veinticuatro horas, fue indultado por el emperador en persona. El esclavo escribió después un relato de lo que había sentido sobre la cruz, y lo más notable en este relato era lo que tenía para decir sobre la cuestión del tiempo. “Colgado en la cruz -dijo– hay sólo dos cosas, dolor y eternidad. Me dicen que estuve en la cruz sólo veinticuatro horas, pero estuve más tiempo del que tiene el mundo. Si no hay tiempo, entonces cada momento es para siempre.”

“Dolor y eternidad”. El film de Gibson, insistente y lascivo, muestra fascinación por lo primero, pero se inclina tendenciosamente hacia lo segundo. Para ilustrar lo que quiero decir, permítanme formular una pregunta. La reacción de un ser humano normal, al presenciar el avance de un episodio sádico, es intervenir para detenerlo. ¿Se propone Gibson que nosotros deseemos eso, cuando lleva nuestra angustia a sus últimos extremos? Por supuesto que no. Uno tiene que querer positivamente que esto continúe y continúe: cada tajo que produce el látigo y cada huella sangrienta y cada clavo oxidado, hasta el más amargo de los finales. Unotiene que desear esto si cree en la agenda política del film, que es una tentativa torpe y melodramática por vindicar el literalismo bíblico.
De acuerdo con el embanderamiento del film con el versículo de Isaías citado arriba –aunque ese versículo esté formulado en pasado– debemos satisfacer nuestra natural compasión en el hecho de que esta atrocidad fue anticipada. Fue profetizada, y la profecía debe cumplirse hasta el final. Desde los pasajes que abren el primer Evangelio del Nuevo Testamento (el Evangelio según San Mateo), la narración de la vida de Jesús está entrelazada con versículos como éste: “Todo lo cual se hizo en cumplimiento de lo que preanunció el Señor por el profeta” (San Mateo 1:22). En otras palabras, los que componían los Evangelios al mismo tiempo iban chequeando las condiciones necesarias para la manifestación de algo inevitable e inescapable. Y también sabían cómo debía terminar la historia, porque ese final había sido preordenado por la Divinidad. O para decirlo todavía de otro modo –si aceptamos el relato bíblico–, a este Hombre el único que lo mató fue su Padre. Fue a Jerusalén para morir, por la sola razón de cumplir con una cita que no podía posponer. Todos los actores de este drama interpretaban roles asignados previamente en el cielo: no se les puede atribuir ninguna “responsabilidad” en el sentido auténtico o habitual de la palabra.
Esta adecuada lectura de la leyenda quedó obscurecida durante muchos años por los versículos 10-11 del capítulo 19 del Evangelio según San Juan: “Por lo que Pilato le dice: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo potestad para crucificarte, y potestad para soltarte? Respondió Jesús: No tendría poder alguno sobre mí, si no te fuera dado de arriba. Por tanto, quien a ti me entregó, tiene mayor pecado”.
Utilizado de manera inescrupulosa, este último versículo altamente ambiguo –ambiguo porque no queda nada claro quién hizo el delivery– causó mucho daño. Durante siglos, los judíos que vivían en sociedades cristianas se quedaban durante Pascua en casa, porque entonces se predicaban violentos sermones que los estigmatizaban por deicidio, o les atribuían una responsabilidad colectiva por la muerte del “Cristo”. En griego, ésta es otra palabra para “el Mesías”, cuya primera venida, y no la segunda, aguardan todavía muchos judíos con ardiente obstinación. Durante la Pascua se incitaba a pogroms en nombre de la cristiandad, y espectáculos vulgares como el famoso drama de la Pasión escenificado en Oberammergau, Baviera, representaba a los judíos como conspiradores siniestros. En los tiempos del papa Juan XXIII y de las reformas del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica Romana repudió explícitamente toda acusación de “asesinos de Cristo” dirigida contra los judíos. Conviene recordar que la teología católica, como todos los versículos de los cuatro Evangelios (San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan), hacen de Dios Padre el verdadero autor y régisseur de la crucifixión.
Mel Gibson es una persona rara, que cada vez parece aún más rara. En Signs, que debe figurar en cualquier lista de los diez films más malos de la última década, interpretaba a un ex sacerdote que recuperaba la fe después de ver a unos hombrecitos verdes. Más recientemente, enardecido por la comezón de ser director, restringió las funciones previas de su película a grupos selectos de conservadores cristianos y judíos. Tanta prevención no lo inmunizó contra las críticas. Después de una exhibición en Washington, un conservador de la Iglesia Episcopal formuló una pregunta urticante. ¿Por qué –quiso saber ese hombre– el film le dio tanta importancia a las palabras de San Juan subrayadas arriba, mientras la cámara, para edificación de los ignorantes, queda fija sobre la cara del sumo sacerdote judío Caifás? Gibson saltó como un loco desde la primera fila y gritó: “¡Está en la Biblia! ¿Quién de los que están acá no sabe que está en la Biblia?”. Gibson parece creer, según se deduce de las entrevistas a que se prestó, que los Evangelios fueron redactados portestigos oculares y que no hace falta investigar nada más. Podría resultarle un shock insoportable enterarse de que los Evangelios fueron compuestos bastante tiempo después de los hechos, y que su literalismo bíblico podría significar que los discípulos de Jesús no eran estrictamente cristianos –porque, en primer lugar, no sabían leer, y en segundo, nunca podrían haber leído el Nuevo Testamento–. Y después tenemos cómo San Mateo describe la crucifixión: en el momento de la muerte hubo un terremoto terrible, se rompió el velo en el Templo judío de Jerusalén, “y se partieron las piedras, los sepulcros se abrieron y los cuerpos de muchos santos que habían muerto, resucitaron. Y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de Él, vinieron a la ciudad santa, y aparecieron a muchos” (San Mateo 27:52-53). Estos acontecimientos conspicuos, que entre otras cosas hacen que la resurrección parezca un lugar común, se los perdió San Juan. O por lo menos no los menciona para nada en su Evangelio. Y tampoco aparecen en el único informe historiográfico que tenemos del asunto, que fue escrito en griego por Flavio Josefo. Tampoco se los ve a todos en La Pasión de Cristo, aunque están “en la Biblia”.
Pero muchas cosas están “en la Biblia”, y uno también puede deducir muchas cosas de lo que la gente elige como relevante. En esta película, James Caviezel fue elegido porque resulta sexy y daba palpitaciones a Gibson. No hay pruebas de que Cristo fuera sexy, si no es en el antiguo texto de Jesucristo Superstar, que se atrevía a mostrarlo desnudo (de espaldas). Caviezel no aúlla ni implora ni defeca ni orina durante su martirio, lo que demuestra que a pesar de todo el regusto por latigazos y clavos el film es sólo pseudo-realista. En Rey de Reyes del judío Cecil B. DeMille, la visión de los judíos no era rosada. En la fluctuación entre mal gusto siniestro y buen gusto kitsch (del que La vida de Brian es la indubitable cumbre moral), ¿dónde se ubica Mel?
Aquí aparece la pregunta: ¿Sabía Gibson qué estaba haciendo con su evocación de San Juan 19:10-11? Su padre es un católico famoso por lo demente, que cree que el Papa actual es un hereje y un “lame coránicos”, pero la Biblia, por lo menos, nos enseña a no culpar a los niños por los pecados de sus papis. Sin embargo, el mismo Gibson es el ángel financiero de un grupo católico casi separatista que repudia al Concilio Vaticano II y sólo asiste a la misa celebrada en latín. Él mismo construyó una iglesia para esta secta, convenientemente situada, para que puedan acudir muchos pecadores, en Malibú, California. Y Gibson nos cuenta que las fuentes para su guión fueron el Nuevo Testamento (presumiblemente en inglés, un idioma al que fue traducido recién hace unos pocos cientos de años) y la obra posterior de dos monjas. La primera de estas mujeres, María de Agreda, fue una figura del siglo XVII español que escribió que la culpabilidad por la muerte de Jesús no se había terminado. La segunda es mejor conocida. Anne Catherine Emmerich era una alemana decimonónica, que se deleitó tanto y tan intensamente con el espectáculo de la cruz que decía haber recibido los estigmas, la sangre que brota de las manos y de los pies al ser penetrados por los clavos de la crucifixión y que para alguna gente son el signo de la verdadera devota. También tuvo una visión en la que salvaba a una anciana judía del Purgatorio. Esta mujer le había confesado que los judíos abusaban de niños cristianos y usaban su sangre para hacer más rico el pan ázimo de Pésaj. Esta historia de la sangre, más interesante que la más abstracta del deicidio, era una toxina de fuste en la Edad Media y fue usada después por los nazis. Hoy hay informaciones sobre ella en los websites de la Jihad. El ministro de Defensa sirio, Mustafá Tlas, escribió un libro sobre el tema.
El detallismo lacerante con el que se retrata la tortura de Jesús en el film, me parece, es una manera de distraer la atención de la propaganda reaccionaria. No es difícil ofender a los susceptibles judíos, como Gibsondebe haber sabido, e incluso se puede sospechar que haya querido hacerlo para ganar un clima de publicidad emocional. No sé si esto es peor que su adhesión a un crudo dogma teocrático. Algunas escenas de su film fueron suavizadas por la crítica de los judíos en las exhibiciones previas al lanzamiento comercial. Y éste podría ser el peor de los resultados posibles. Hay gente –y si no me creen, fíjense en el website de los fans de La Pasión de Cristo– a los que nada les gustaría más que decir que los judíos lo pudieron a Mel. El mismo Gibson insinuó algo parecido en un ataque bravucón contra Frank Rich del New York Times (“Me daban ganas de matarlo. De atravesar sus intestinos con un palo... Quiero matar a su perro”). Gibson también dijo que el “moderno judaísmo secular quiere culpar a la Iglesia Católica por el Holocausto”, y que por la escena de Caifás “van a estar viniendo a mi casa, van a estar viniendo para matarme”. La gente del equipo de Mel se jactó de que el mismísimo Papa había aprobado el film –una pretensión que el Vaticano desautorizó–. ¿Será que los judíos convencieron a Su Santidad el Papa? Quizás esta paranoia es la excusa de Gibson para proclamar que en realidad La Pasión fue dirigida por “el Espíritu Santo”: ¿qué mafia judía se va a atrever a organizar una vendetta contra una autoridad así?
El coro del judaísmo oficial norteamericano, que sabe cantar una sola nota, resultó otro aspecto deprimente de este affaire. Recuerden: el Vaticano está absolutamente de acuerdo en que la muerte de Jesús no se puede atribuir a los judíos de épocas posteriores. Esto no es más que sentido común, incluso si llevó siglos expresarlo en estos términos. Pero nadie puede negar que la jerarquía eclesiástica judía en la Judea de Cristo quería la muerte de ese revoltoso. En este punto, al menos, todos los supuestos relatos evangélicos coinciden. Y el mayor de los sabios semitas, Maimónides, escribió más tarde que los sumos sacerdotes judíos habían hecho lo correcto en defensa de su fe. Las acusaciones de Maimónides eran las siguientes: Jesús había plagiado mucho de la doctrina y las enseñanzas judías y había dicho que eran propias, había practicado la brujería y la magia pretendiendo que podía curar a los enfermos y con esos trucos como hacer que espíritus demoníacos entren en los cuerpos de los cerdos y había formulado la mayor pretensión de todas, la de que era el Mesías, o Hijo de Dios. Ninguna herejía más terrible podía imaginarse, y el castigo judío contra la herejía era tan absoluto como el de cualquier otra secta monoteísta. Sus autoridades religiosas, sin embargo, no tenían el poder de crucificar, por lo que tuvieron que dejarles esa tarea a los ocupantes romanos. De acuerdo con sus estándares mezquinos y fanatizados, el Sanhedrín tenía todo el derecho de hacer lo que hizo, así como las autoridades cristianas actuaban con coherencia cuando usaban el látigo y la pira contra no-cristianos y cristianos herejes en los años siguientes. Roma era misericordiosa en comparación con las Cruzadas y la Inquisición y los conquistadores españoles, aunque no me parece probable que Gibson filme ninguna de esas epopeyas. Él prefiere films antiingleses que gustan al populacho, como Gallipoli y Corazón valiente, y, en un peldaño más abajo, El Patriota. Si la ortodoxia cristiana es válida, entonces el judaísmo es inútil: una espera sin sentido de la llegada de un Mesías que ya llegó. ¿Por qué no admitir esto, en vez de aullar con Abe Forman de la Liga Antidifamación sobre estereotipos negativos y todo el resto del blabla autocompasivo? Si los líderes judíos tuvieran coraje, a todos los que los acusan de “asesinos de Cristo” les dirían: “Bueh, sí, es cierto, ya que ustedes lo mencionan. Les hicimos un favor. Judas también. ¿Dónde estaría esa fe de ustedes sin nosotros?”. Esto tendría el efecto, sin embargo, de revelar el secreto de que toda religión ha sido hecha por el hombre. Por alguna razón, se asume que necesitamos protección contra una revelación así. No hace ninguna diferencia que Jesús fuera étnicamente judío. En el film, de una manera un poco ridícula, a veces se lo llama rabí. Tampoco hace ninguna diferencia que hablara arameo en lugar de hebreo. La plegaria judía para los muertos, Kaddish, todavía se recita en arameo, como el Kol Nidre, la plegaria que se entona en la víspera de Yom Kippur. También oí el arameo hablado por católicos maronitas en Chipre y por musulmanes sirios en las afueras de Damasco. Es probable que los soldados romanos hablaran un dialecto griego antes que latín, así que el uso y abuso de las lenguas antiguas por parte de Gibson añade un estrato más de mistificación.
La “verdad” es que los cristianos y los judíos religiosos pueden estar, unos y otros, equivocados. Acaso Jerusalén no sea una “ciudad santa”, sino un área arqueológica que inspira mala conducta. Puede haber vida ultraterrena y no haber Dios, y puede haber Dios y no haber vida ultraterrena. Ni siquiera una resurrección prueba que las enseñanzas del Resucitado sean verdaderas. Los milagros no prueban nada por sí mismos; los magos del Faraón podían hacerlos con facilidad, o por lo menos eso dice la Biblia. A la Iglesia le llevó dos milenios antes de hacer explícito lo obvio: que gente que no estaba viva por entonces no puede ser cómplice de una ejecución en el siglo I. Si se tardó tanto tiempo había una razón. Si los judíos no estaban implicados, ¿por qué habría de estar alguien implicado? Si las sucesivas generaciones no quedan vinculadas por el relato casi mítico de una muerte ritual, entonces toda la empresa religiosa se rompe en pedazos. Esto lo entiende el fundamentalista Gibson. Las pequeñas revisiones llevan necesariamente a grandes revisiones: no existe alguien que sea “sólo un poco” hereje. Gracias a Dios. Al menos, por eso.

Traducción: Sergio Di Nucci.
Las citas bíblicas corresponden a la
versión castellana de Félix Torres Amat.

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