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Domingo, 21 de marzo de 2004

PLASTICA

El dibujante errante

A pesar del culto que le profesan otros artistas y la silenciosa dedicación con que coleccionan su obra, son pocos los que saben quién fue Rodolfo Azaro. La tilinguería vernácula apenas registra su paso por el equipo de ilustración de The Wall, la película de Pink Floyd. Pero ahora la retrospectiva del Mamba permite recorrer su universo de dibujos obsesivos y objetos delirantes: desde el pop de mercado de pulgas hasta los prendedores con escenas de películas hollywoodenses que llegó a colgarse Elton John en la tapa de un disco.

 Por María Gainza

Esta es la historia de un dentista que un buen día abandonó los tratamientos de conducto y las emplomaduras para dedicarse al dibujo. No es una historia feliz –en términos de éxito comercial o lluvia de laureles–, es más bien lo que queda, el repaso somero, un paseo arbitrario y saltarín, un recorte irreparable por la vida de un hombre insólito que terminó no muy lejos de donde empezó aquel día en que largó todo convencido de que el dibujo era su destino. Y que después nada importaba demasiado.
Porque Rodolfo Azaro es un ejemplo de lo que cuesta insertarse en el mundo artístico. De los tejes y manejes, de los dedos índices todopoderosos y legitimizadores y de lo que supone manejar bien una carrera artística, o simplemente de lo que es tener –o apurar– la suerte en el momento justo, que en su caso parece haber estado siempre revoloteando cerca pero nunca lo suficiente. Porque resulta incomprensible leer su cronología, constatar su inserción en un círculo, su reverencia como artista de culto, el coleccionismo silencioso de sus obras entre amigos y aun así el desconocimiento total en que se mantuvo durante todos estos años para el público en general. Un ejemplo concreto: en Internet, hasta hace un mes sólo aparecía una referencia lejana al artista. El único dato que se repetía es quizás el menos importante (pero tan argentino por lo tilingo): la observación que decía que Azaro había participado en el equipo de animación de la película The Wall de Pink Floyd. Que si bien es cierto, también es verdad que su trabajo se limitó al de fondista en un equipo numeroso guiado por el ojo más sombrío de Gerald Scarfe y donde su mano se diluyó hasta volverse imposible de reconocer. El Azaro-azaro, el que más nos dice sobre el creador, es más bien una nebulosa de dibujos obsesivos y objetos delirantes, siempre con ese tomarse a la ligera que le da tanta gracia y que ahora finalmente –porque alguien se acordó de él– se puede conocer en una muestra en el Museo de Arte Moderno que nos lleva de viaje por la galaxia Azaro, por todas las estrellas y agujeros negros incluidos. Y que augura que mañana ya todos estarán hablando de Azaro como si fuera el último grito de la moda.


I
La agenda de un adolescente aburrido en clase de Instrucción Cívica. Es así como a primera vista se podría sintetizar la producción de Rodolfo Azaro. Desde ya, un adolescente talentoso con una cabeza inquieta. Hojas y hojas abarrotadas de dibujos –desprolijos, extrovertidos, conglomerados, que saltan de los márgenes e invaden las páginas (un poco como ese video de Molotov donde los dibujitos de colores se desbordan de un cuaderno por las paredes y el pizarrón de un aula gris). Azaro, atento –no a MTV pero sí al bombardeo publicitario de esos años–, toma ciertos detalles, una boca (que recuerda que hubo un tiempo en que los labios eran sensuales como los de Grace Kelly y no los churrascos colagenados a los que hoy nos hemos acostumbrado), un zapato de dibujo animado, unos tacos agujas asesinos (esos que de tan altos arquean el empeine como una banana) y unos ojos en pánico, objetos que se fragmentan y se repiten mientras conviven en la página en estado caótico. Hay en estas imágenes un culto obsesivo, una fijación fetichista que abreva en la cultura popular, como si Azaro estuviera diciendo: todos los días la industria moderna lanza a la calle información visual que tiene un incuestionable valor plástico. Y ahí estoy yo para rescatarla. Este gesto pop, que además tiene sus antecedentes en el surrealismo, en la idea de aislar objetos para poder verlos de nuevo, e incluso un poco más atrás, en Léger, que en su película Ballet Mécanique (1922) sugiere “...separar un objeto o el fragmento de un objeto y presentarlo en la pantalla, otorgándole así una nueva personalidad”, se da absolutamente natural en Azaro. Porque se nota que dibuja como quien respira y que ésa es su iconografía, y que no podría ser otra.


Il
Parece que este Troll, de pelada amplia y traje de gangster a rayas, este “delicioso ciruja de la obsesión” –como lo llamó Arturo Carrera– o “Patoruzú delirante” –según Alfredo Prior– nació el 24 de diciembre de 1938 en San Fernando y a los veinticuatro años se recibió de Odontólogo. Para después largar todo. Hacia mediados de los 60 realizó unos grandes paneles de madera pintada, unas estructuras que alternaban entre blandas y duras un poco en el espíritu de Claes Oldenburg: “Me interesa la organización de un cierto tipo de espacio desconcertado por estos objetos que se oponen y dentro del cual se moverá el espectador”, reflexionó el artista. Ese espacio desconcertado y desconcertante sería una constante en su trabajo pero fue su Trayectoria de una pelota, unas cintas de aluminio que congelaban el movimiento de una pelota rebotando contra el piso y que, al condensar un recurso típico del comic que introducía la variable temporal, marcaría el rumbo futuro. Presentó esta obra en el Premio Ver y Estimar 68 y una segunda versión en Experiencias 68 en el Di Tella donde ganó el primer premio. En su momento la revista Análisis escribió: “Azaro, al igual que Lamelas y Trotta, insiste en sutilizar investigaciones de por sí bizantinas, cuya esterilización es previsible”. Pero siempre es bueno tener enemigos y Azaro persistió con sus búsquedas porque, como decía William Blake, “si un loco insiste con sus ideas pronto se volverá un sabio”.
Pero el manejo de una carrera artística parecía agobiarlo; había en él, según la curadora de la muestra Clelia Taricco, “una escasa voluntad de inscripción en los círculos institucionalizados”, que mantuvo al artista siempre con un pie afuera del mainstream. Pero no del todo: a comienzos del 70 marchó con una beca del British Council hacia Inglaterra donde permaneció durante toda la década, en un Londres duro, donde el sueño de los Beatles era reemplazado por los cueros, tachas y cadenas de los Sex Pistols. De esos años quedan unas tintas eróticas, zarpadas, de mucho látigo y antifaz, inspiradas en los avisos porno que encontraba en el interior de las coquetas cabinas de teléfono inglesas. Se ve que la beca se le acabó pronto y tuvo que salir a buscar trabajo: Azaro se ganó la vida entonces dando clases de español (“lo que considero una verdadera obra de arte”) hasta que Oscar Grillo lo introdujo en el mundo de la animación. Un día se puso a realizar prendedores con escenas de películas hollywoodenses: un Johnny Weissmuller de pelos al viento y slip de leopardo por sobre el ombligo colgado entre las lianas, un King Kong sorprendido en la punta del Empire State, un Drácula con murciélagos revoloteando cual aureola sobre su cabeza. Parece que los “brooches” –con esa uuuuuu larga y afectada que tanto les gusta pronunciar a los ingleses– hicieron furor entre la farándula y a Elton John se lo puede ver en la tapa de su disco Greatest Hits con un prendedor de Marlon Brando by Azaro. “Las piezas son happenings, momentos de la vida captados por el ojo de Azaro como si fueran fotogramas”, escribió la crítica londinense. Por su parte Azaro se quejaba: “Me encantaría hacer hablar a los personajes, que pudieran exclamar ‘Siga a ese auto’ o ‘¿Qué hace una chica linda como usted en un lugar como éste?’”
A su vuelta definitiva a Buenos Aires en 1984 se vinculó con artistas jóvenes como Cambre, Rafael Bueno y Alfredo Prior e incluso exhibió con ellos. Por esos años hizo unas esculturas hiperrealistas a lo Duane Hanson –pero en miniatura– de algunos de sus amigos y en la muestra Rodolfo Azaro. Bop bop be bop realizó un objeto gigante, articulado: una boca, un zapatón, unos senos, colgando en el aire como un gato de Cheshire al que le ha desaparecido el cuerpo. Pendiendo de hilos, esta iconografía llevaba al espacio –como a una gran tela en blanco– un típico dibujito Azaro.


Ill
El pop de Azaro es el de una subcultura, pertenece a los mercados de pulga más que a las grandes tiendas. Juntaba pavadas, muchas, y el husmear en su colección es como revisar el cajón de una vieja mesa de luz: boletos, pistolitas de agua, chascos, calcomanías, chapitas, figuritas con brillantina, postales vintage y etiquetas que no transportaba directamente al papel pero que formaban parte central de su imaginario. Al haber trabajado en publicidad, como sus antecesores pop –Warhol era un exitoso diseñador de zapatos, Rosenquist pintaba carteles, Oldenburg era diseñador gráfico para revistas– Azaro conocía bien todos los niveles en los que estos objetos podían funcionar. Y lo aprovechaba, creando una obra que no admite lecturas cerradas.
En Azaro uno siempre ve más de lo que él dibuja. Porque hay en nosotros una persistente capacidad o más bien incapacidad para evitar terminar las imágenes incompletas –lo que la Gestalt denomina ley de cierre– que es un recurso que por supuesto Azaro aprendió del comic y utilizó a su favor. Es en ese espacio que no se dibuja, en lo que queda entre fragmento y fragmento, entre zapato y boca o entre viñeta y viñeta, y que los aficionadas a las historietas llaman “the gutter” (la canaleta) donde se juega mucho del arte de Azaro. La canaleta, a pesar de ese nombre tan poco ceremonioso, es un limbo casi metafísico: esa brecha que queda sin expresar, donde la imaginación humana toma dos objetos o imágenes separadas y completa la idea, el movimiento, y hasta le pone sonido.
Azaro aviador, Azaro soldado, Azaro enfermo, Azaro haciendo jogging, un enanito pelado –su alter ego– que aparece en los ‘80 a modo de historieta ironizando sobre su “farcaso” –sí, así lo escribía él. Y este mismo enanito sonriendo desde la tapa de la revista Time acompañado del título “Azaro, a Wasted Life” (“Azaro, una vida desperdiciada”). “Un artista de un talento que sobrepasaba su capacidad para organizarlo y se derramaba, excesivo, sobre cada momento en que permanecía despierto y padecía de insomnio, escuchando radio, sobreinformándose, tomando nota, cuidadosamente, de la estupidez humana”, escribió Américo Castilla en la muestra homenaje que sus amigos organizaron después de su muerte el 11 de junio de 1987. Dejó detrás los fragmentos de una vida que fue acumulándose en miles de dibujos y diseños para plazas, para camas, para corbatas, para puentes, para ciudades. Debajo de uno de sus tantos proyectos escribió: “Nosotros soñando boludeces mientras en el mundo real.... Esta muestra es el sueño recurrente de Azaro, un sueño largo y agitado, de visiones amontonadas, por momentos sin sentido y por otros de una coherencia abrumadora, y del que obviamente no le interesaba despertar.

Rodolfo Azaro. Retrospectiva.
Marzo-Mayo 2004.
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Avda. San Juan 350).
De martes a domingo de 11 a 19.30 hs.

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