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Domingo, 21 de marzo de 2004

DANZA

Criollo rojo shocking

En Vientos rojos, el cuerpo de la bailarina Mabel Dai Chee Chang delega el protagonismo en un sombrero, un poncho y unos versos de Yupanqui.

 Por Analía Melgar

En estos tiempos de desmesura técnica es raro encontrar una obra de danza como Vientos rojos, un solo de cuarenta minutos realizado con apenas dos elementos. Su creadora e intérprete, Mabel Dai Chee Chang (argentina, hija de padre chino, por si su apellido produce curiosidad), explota todas las posibilidades de movimiento que puede generar un poncho de lana. En el vacío del escenario, cuerpo y objeto se fusionan, se modelan, “se derriten, se sueldan, se calcinan”... Y de la síntesis surge una sucesión de figuras que sorprenden al ojo del espectador y estimulan sin parar su imaginación a la hora de descubrir qué esconde ese paño gris mágicamente animado. El montaje de las escenas, por su parte, describe con claridad las criaturas que pueblan el mundo de la obra: un mundo de caballos y pájaros, monstruitos y gigantes, víctimas crucificadas y mujeres plenas de vitalidad.
Mabel Dai Chee Chang dirige el grupo Arnica. Sí, arnica: como la flor bella, frágil y generosa que la disciplina homeopática utiliza para curar golpes y torceduras musculares. Sus miembros investigan en danza, coreografía, teatro, música y artes plásticas, y sus trabajos –Aguantando la respiración (1991), La pisada (1992), De los huesos de pájaro (1994), El instante ceniza, no diamante (1995), Suerte humana (1997), Katacombe (1999)– ya recorrieron América y Europa. En el caso de Vientos rojos, es la misma directora la que dramatiza con una enfática expresividad fragmentos de Atahualpa Yupanqui y textos indígenas, entre otros materiales. Su voz potente brota del sombrero rojo y colma la sala Batato Berea del Centro Cultural Rojas con aires de Latinoamérica. ¿Toques de costumbrismo folklórico? ¿Revoleada de poncho al estilo de la Sole? En lo absoluto: nada más lejos de la mítica figura gauchesca o de la remanida nostalgia por las labores rurales que esta coreografía de movimientos sutiles y calculados. Si los versos del payador son convocados para iniciar la danza es por lo que tienen de universal. El cuerpo de la bailarina, apenas mostrado, es el material por donde transitan todos los estados que contempla la vida: dolor, regocijo, nacimiento, muerte, amor, picardía, soledad.
En Vientos rojos, la efectividad de la danza sólo se concreta cuando interactúa con dos elementos fundamentales: música e iluminación. La primera está a cargo de Lucas Rousseaux, que se vale en vivo de cuerdas y percusión y también incorpora un sintetizador con el que modela los gorjeos, vibraciones y suspiros de la voz femenina. La realización de la música acompaña con precisión los tiempos de Dai Chee Chang, quien, a su vez, permanece alerta al estímulo sonoro. Por su parte, la iluminación de Víctor Acosta propone tonos cálidos, y la disposición de los focos envuelve a la intérprete en un espacio cerrado y aislado. En esa soledad desértica –¿el campo, la sierra, el altiplano, un jardín interior, la Tierra?–, los cambios de combinaciones son el correlato de los cambios en las emociones de la dramaturgia.
La formación de Dai Chee Chang es de lo más heterogénea: danza contemporánea con maestros de la talla de Ana Itelman y Renatte Schottelius, yoga, tai chi chuan, contact-improvisation, eutonía. Su producción es una mixtura de toda esa experiencia acumulada. Difícil adivinar qué escuela, qué técnica, qué estilo animan sus pasos. Pero intentar adivinarlo sería una tarea improductiva. Dai Chee Chang recorre el espacio con sus propios movimientos, respondiendo a sus impulsos y a sus motivaciones. Sólo una caminata, una contracción o una apertura proyectan, a través de sus brazos y sus pies, sensibilidad y significación. Y cuando deja ver su amplia sonrisa y sus ojos rasgados, lanza un rojo pasión, un rojo frutilla, un rojo rubí.
Vientos rojos recibió subsidios de Prodanza (Instituto de Fomento a la Danza no oficial) y del Instituto del Teatro. Desde su estreno, en diciembre de 2002, ha pasado por diversos teatros y festivales en BuenosAires, en ciudades del interior de nuestro país y en Brasil. Actualmente participa del Brazil Festival en Miami, y la función despedida en Buenos Aires tendrá lugar a fines de marzo. A no perderse los últimos destellos de un espectáculo que exprime una simple prenda de vestir para sacarle gotas rojas.

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