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Domingo, 17 de octubre de 2004

Cuéntame tu vida

Tres filósofos con bigotes.
Sentados en tres sillas negras, los profesores de filosofía Eduardo Osswald, Alfredo Tzveibel y Jaime Plager salmodian en un idioma extraño. El programa –una ficha inconfundiblemente universitaria– ayuda a adivinar que esa lengua grave, arcaica y musical es griego, y que lo que oímos son versos de Heráclito y Sófocles. Después, a lo largo de una hora, el trío de pensadores se trenzará en una contienda de arco y flecha, inflará globos, confrontará teorías, improvisará posturas de pensar y hasta intentará escenificar la famosa alegoría de la caverna de Platón, con sus esclavos, sus cadenas, sus fuegos y sombras, según las instrucciones que el filósofo ofrece en La República. Hay también números bailables (un hit de arpa paraguaya), lectura de documentos comprometedores (la carta de una alumna fogosa), análisis de bigotes filosóficos y competencia de cicatrices. Por momentos, conectando las altas cumbres del pensamiento con la cultura popular, la música los interpela: “Sale de noche, duerme de día/ dice que estudia filosofía”, cantan Los Náufragos. Y Nat King Cole agrega: “Estás perdiendo el tiempo/ pensando, pensando...”

Por Cecilia Sosa Es domingo, apenas de noche. Vivi Tellas recibe a sus invitados en el descanso de la escalera de metal que lleva a su estudio. Con una luz en la mano ilumina una foto que muestra a dos señoras en traje de baño de dos piezas, posando sonrientes una mañana de verano en Buenos Aires. Una es alta y rubia: “Esta es mi mamá y se llama Graciela”, dice Tellas. La otra mujer, más baja, compensa el desnivel con unas increíbles sandalias rojas con plataforma de corcho. “Y ésta es mi tía Luisa. La foto es de 1974”. Tellas abre la puerta del estudio y se hace a un lado para dejar pasar a los espectadores: “Lo que van a ver ahora es el primer caso de la serie Archivos. Se llama Mi mamá y mi tía. Pasen, por favor”.
El escalofrío que recorre la espalda de los invitados crece cuando trasponen la puerta del estudio y descubren a las mismas señoras de la foto sentadas a una mesa, jugando a la lotería como dos criaturas de Beckett. Las mismas señoras, treinta años después. “Dale, nena, que me falta uno para la línea”, apura la tía. “Va, va –dice Graciela–, siempre la misma impaciente, vos”, mientras sacude la bolsa con los números.
A lo largo de casi una hora, los espectadores asistirán al increíble espectáculo de Graciela y Luisa Ninio, dos judías sefaradíes entregadas a confesar lo más intenso, secreto y verdadero de sus historias personales y sus vidas familiares: infancias, casamientos, traiciones, nacimientos, viudeces, reminiscencias étnicas (hay una escena entera dedicada a los misterios del refranero ladino), viajes, torneos de belleza, tangos recitados como única explicación a lo inexplicable, fotos, vestidos míticos y hasta recetas infalibles de lemon pie. Broche de oro: una mujer (Luisa) que revela haber descubierto el amor y el placer sexual a los setenta años. Mientras tanto, Tellas entra y sale de escena para alcanzar cigarrillos, llenar copas de champagne o abrazar a alguna de sus ¿actrices? cuando sufren o lloran. Y todo concluye con una picada sefaradí (anís, pan ázimo, queso blanco, quinotos, pepinos con sal, jalvá) que el público comparte con la directora y las protagonistas. Hasta se ve por ahí a la tía Luisa untándole una tostadita a su amour fou otoñal, ataviado con una camperita de tenis.
El efecto es difícil de describir; la ausencia de ficción parece autorizar las identificaciones más brutales. El público (no más de 25 espectadores por función) ríe y llora como y con las protagonistas. En un momento de la obra, cuando Graciela lee en un viejo programa de club la lista de auspiciantes del concurso de belleza que una noche la consagró reina, alguien reconoce un apellido y no puede contenerse: “¡Ese era mi tío!”, grita, saltando de su silla. El teatro renuncia a la representación para recuperar una función comunitaria mítica: purgar y crear lazos. Todo resulta catártico y, a la vez, maravillosamente reconciliatorio. Dan ganas de salir corriendo a pedirle a la abuela que por favor cuente una vez más esa historia que una se había cansado de escuchar cada domingo.
¿Qué es Mi mamá y mi tía? ¿Qué clase de teatro es este trance que roza la obscenidad sin tocarla jamás? ¿Cómo llamar a este puñado de rodajas de vida cruda? ¿Happening familiar? ¿Neopsicodrama? ¿Autobiografía étnica? ¿Y qué estatuto darle? ¿Es arte? ¿Es un ritual privado? Y si fuera así, ¿por qué produce un efecto de comunión tan inapelable? ¿O se trata acaso de un reality teatral?
En rigor, Mi mamá y mi tía es el primer avatar de una nueva serie de experimentos escénicos de Vivi Tellas: los Archivos. El segundo, que se estrena el 23 de octubre, es Tres filósofos con bigotes, cuyos protagonistas son tres profesores de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires... con bigotes. Lejos del circuito oficial y los protocolos institucionales del teatro, ambos experimentos imponen sus propias condiciones de recepción. Para ver Mi mamá y mi tía, cuyas funciones son gratuitas, hay que hacerse invitar por teléfono. Para Tres filósofos con bigotes, en cambio, hay que reservar entradas por mail.
Mientras el hartazgo de la ficción multiplica sus síntomas (ver recuadro), Tellas propone una aventura inédita: un espacio donde la frontera entre lo público y lo privado se desdibuja y la biografía, sin perder su singularidad, muestra sus insospechadas resonancias colectivas. Los primeros Archivos presentan dos mundos que no podrían ser más distintos: por un lado, un teatro de familia descarnado; por otro, la lunática intimidad de un trío filosófico que confiesa en público cómo es vivir de pensar. ¡Alerta! Un nuevo formato que linda con la des-obra amenaza con reformular por completo los pactos escénicos tradicionales y descorrer por fin el telón que velaba la irresistible fragilidad de las vidas humanas.

Una cuestión de bigotes

Si en Mi mamá y mi tía Tellas se interna en los pliegues más recónditos de su propio mundo familiar, en Tres filósofos con bigotes arremete con un ghetto pequeño, relativamente hermético, para desnudar e interrogar una especie casi en extinción: el filósofo universitario. El experimento, cuenta Tellas, se gestó casi sin querer el año pasado en el estudio del filósofo Tomás Abraham, cuando se sumó al seminario de los jueves que el autor de Situaciones postales anima desde hace veinte años.
–Yo sólo voy a escuchar: no soy una persona de la filosofía, y los que van son profesores, estudiantes, psicoanalistas. Gente muy preparada. Y como yo no hablo ni expongo, pensé que quería devolverle algo al grupo. A fines del año pasado hubo una fiesta de cierre y les pregunté a ellos, los únicos tres señores del grupo que tienen bigotes, si no querían participar de una experiencia teatral. Casi no los conocía, así que tenía preparado un discurso para convencerlos. No sé si fue la fiesta o el vino, pero dijeron que sí inmediatamente.
Nueve meses después –oh, casualidad–, los bigotudos en cuestión, Jaime Plager, Alfredo Tzveibel y Eduardo Osswald, deambulan por el estudio de Tellas con manzanas sobre la cabeza, se dejan moldear la cara con cera para probar o refutar las más arraigadas convicciones filosóficas y, como avezados árbitros de la elegancia capilar, analizan sin piedad la galería de bigotes (Nietzsche, Bergson, Dewey) más célebre del pensamiento occidental. Todo parece posible en este mundo de ¿ficción? Incluso que uno de los filósofos, hoy consagrado a honrar la memoria de Parménides, reviva ante un público que se desternilla de risa el día en que de joven, militante de una minúscula agrupación maoísta llamada T.U.P.A.C., tuvo que tomarse un colectivo a Plaza de Mayo cargando en una bolsita de mandados el modesto arsenal de molos (cocteles molotov) que protegerían a sus camaradas de la policía de Lanusse. O (¡por Dios!) que otro saque del bolsillo un papel amarillento y arrugado y lea en voz alta la carta que una alumna particularmente enfática le escribió veinticinco años atrás: “Me arrojo contra el fondo de la nada... Puedo sentir el gusto ahogado de un orgasmo.... Me sale sangre. Hace algunas noches soñé con vos, Jaime, pero no se lo conté al analista”.

A cara lavada

Ficción cero, actuación cero, artificio cero: ese principio de ayuno teatral de la serie de los Archivos, Vivi Tellas lo entrevió cuando estaba en los antípodas, gozando en el corazón mismo de la institución Teatro: acababa de dirigir La casa de Bernarda Alba, el clásico de Federico García Lorca, en la Martín Coronado del Teatro San Martín, un proyecto que había rumiado durante años con Guillermo Kuitca. Fueron cuatro meses a sala llena. Entre el talento del elenco, el profesionalismo del equipo artístico y técnico y la majestuosidad de la sala, Tellas tuvo la impresión de que había alcanzado el colmo del esplendor del teatro.
–Cuando me bajé de esa estructura fabulosa, me sentí como cuando cumplís un deseo muy deseado y te quedás sin nada. Pensé que iba a dejar el teatro, o que me iba a morir. “¿Y ahora qué hago?”, pensé.
Y Tellas hizo lo que a cualquiera, de sólo imaginarlo, le pondría piel de gallina: subió a su mamá y su tía al escenario.
–Sentí la necesidad de buscar materiales más puros, más crudos. Sin maquillajes, sin nada que tape. Yo venía haciendo algunos intentos de teatro documental, y de pronto lo vi. Ahí estaban: mi mamá y mi tía, con las historias que contaban siempre. Los clásicos familiares. Y cuando vi que funcionaba, que eso que era tan íntimo podía tener un valor documental, todo empezó a tener una forma. Se me ocurrió que ahí había una especie de formato: Mi mamá y mi tía, Tres filósofos con bigotes... Obras-archivos que muestran cómo son esos mundos cerrados, compactos –una familia, el gremio de los filósofos universitarios–, que tienen reglas y códigos propios.
Mundos que son, en los dos casos, verdaderas formas de vida: el agasajo sefaradí por un lado, con su galería de reliquias (donde se exhiben para el público fotos, un vestido de casamiento, una malla dorada: las vidas ready made de Luisa y Graciela); el banquete filosófico por el otro, con higos, té de menta frío, uvas, pan de pita, aceitunas negras, queso de cabra, sardinas y vino. Ambos epílogos funden al público con los protagonistas y dan lugar a una suerte de desvergonzado back o poststage en el que alguien le confiesa a la tía Luisa lo mucho que le recuerda a una abuela, otro oye cómo los filósofos se torean –“¡Salí, heideggeriano!”; “¡Vos callate, nietzscheano de morondanga!”– y un tercero se entera de que la propuesta de Tellas los entusiasmó tanto que, para experimentar en carne propia la aporía de Zenón, que sostenía que una flecha lanzada por un arquero, en razón de la infinita divisibilidad del espacio, jamás debería alcanzar su blanco, aceptaron tomar clases de arquería. Esas sobremesas son el momento justo, entre otras cosas, para repasar con el profesor el modus operandi de una molo irreprochable. “Llenás una botella de nafta y, con una ganzúa, ponés un sobrecito con una mezcla de azufre y un poco de cloridrato de potasio”, dice el filósofo Alfredo, relamiéndose una miga de torta griega del bigote mientras repite que sí, que es cierto: que todavía conserva el boleto del colectivo 56 que se tomó ese día para ir a Plaza de Mayo.

El mínimo teatral

Aunque el formato, ahora, sólo parece deparar brillos inspirados, Tellas confiesa que los primeros pasos no podían haber sido más inquietantes.
–Lo que me decidió a hacer Mi mamá y mi tía fue el cambio radical de mi tía, que a los 71 años se enamoró y cambió totalmente de personalidad. Pero cuando empezamos a trabajar no sabía si iba a llegar a algo. Para mí también era algo nuevo, y sufrí bastante. El trabajo era muy psicótico: eran mi mamá y mi tía, no teníamos un idioma que compartir, no estaba hablando con actrices. Ellas no tenían idea de lo que era un ensayo, un horario, tener que estar atentas... Necesitaba un equipo que me ayudara a ponerme un poco afuera, a reconocer que estábamos trabajando y no ventilando viejos asuntos de familia. Sin Eliana Kopiloff (asistencia), Paolo Baseggio (escenografía) y María La Greca (producción) no hubiera podido hacerlo. Aun hoy, ya estrenada, la obra es muy frágil, entre violenta y emocionante, y todo está como en carne viva. Me da cierto pudor mostrarlo. Por eso decidí elegir e invitar yo misma al público, para sentirme más protegida y asegurarme el interés genuino de la gente. Nunca se sabe qué va a pasar en las funciones.
¿Cómo se elige el material entre todo lo que forma una vida?
–Primero veo con qué vienen las personas, qué es lo que traen, y después pienso dónde y cómo se cruza eso con lo teatral. Con los años de experiencia reconozco los síntomas de teatralidad en la vida de las personas. De todo lo que me contaban mi mamá y mi tía, por ejemplo, yo les pedía que repasáramos las muertes, las traiciones, las mentiras, y todas las historias familiares que vengo escuchando, contadas siempre de la misma manera, desde que tengo 6 años. Esas eran las condiciones que estaba buscando. En este caso, la repetición es lo que pone en marcha la teatralidad, y eso es lo que yo llamo el mínimo teatral. Y por otro lado también me interesaban ciertos momentos de teatralidad explícita: a los 14 años mi mamá y mi tía habían hecho teatro, unas escenas de En familia, así que recuperé el texto de Florencio Sánchez y en la obra hacemos un pedacito. Mi madre siempre llora cuando cuenta la historia de la muerte de mi padre. Lloró en el primer ensayo y llora cada vez que hacemos la obra. Me deja perpleja. A veces creo que ya llora con alegría, como si se estuviera curando, o saneando.
¿Y el caso de los filósofos? ¿Cómo quebrar el lenguaje universitario y encontrar un adentro de ese mundo?
–En este caso, el mínimo teatral es que los tres tienen experiencia en ser mirados (son profesores, están acostumbrados a dar clases para 200 personas) y saben lo que es tener un texto y repetirlo. Con esas condiciones podía empezar a trabajar. Y lo que me pareció muy teatral de la filosofía como disciplina es la cantidad de ejemplos que inventa para explicarse. Cada ejemplo (la caverna de Platón es uno) implica una pequeña puesta en escena. Ahí empezamos a elegir juntos los que nos parecían más significativos. Y después está la dimensión personal, cómo se cruzan sus vidas con la filosofía. Es un trabajo muy lento, muy delicado, completamente extrateatral. Tengo que pactar, pedir permiso, averiguar qué quieren compartir y qué no, y hasta dónde.

La hora de la inocencia

“Hermosa, hermosa”, se despide alguien en la puerta del estudio, arrojándole un beso a esa señora que fue, y es, La Tía. Pero ¿qué es exactamente eso que se califica de “hermoso”? ¿Una obra? ¿Una vida? ¿Esas vidas? ¿Qué es lo que se elogia en este teatro documental?
–Es inexplicable. Tal vez algo del ritual que se comparte... No sé. Esa resonancia como de fiesta familiar, que es una ceremonia que todos conocemos mucho. Porque la familia es el primer teatro: en la familia se aprende a actuar, a esconder cosas, a mentir, y eso es algo central del teatro. Aparentar, ocultar, ser otro. Dentro de la familia todos somos distintos a como somos afuera. Es como la ficción y la realidad. Y algo que me interesa mucho de los Archivos es la falta de solvencia actoral de las personas con las que trabajo: lo que se ve en escena es algo frágil, con muchos errores. Ves cómo las personas tratan de hacer algo, ves cómo fracasan, cómo vuelven a intentarlo de nuevo... Y a la vez hay como una inocencia: todo el tiempo se producen situaciones de azar, imprevistos que me hipnotizan. No son experiencias cerradas, como cuando hay una destreza o un oficio en escena. Y eso me atrae mucho.
Tellas está tan entusiasmada que ya adivina el futuro. “Empecé un curso para aprender a manejar –dice–, y se me ocurrió que mi tercer Archivo se va a llamar ACA. Escuela de conducción. Quizás hacer teatro, para mí, ahora, sea simplemente posar una mirada teatral sobre los mundos desconocidos que me despiertan curiosidad”.

Comentarios

Arturo Carrera
De los montajes de Vivi Tellas me atrae el trabajo en la dimensión poesía-vida, que ella jamás separa, que no conoce sino en esa potencia que Artaud le pedía al drama: que no se apartara de la vida. Eso es el biodrama: una apuesta a la vida como teatro, que no abandona su dolor, su escritura; pero también al drama, que no se olvida jamás del Teatro de la Sensación.

Germán García
Lo que me llamó la atención de Mi mamá y mi tía fue cómo, aun siendo la historia de una familia tan singular, los elementos se van componiendo de manera que parece la historia de cualquier familia. Es algo muy extraño y conmovedor. Al principio uno cree asistir a una escena absolutamente realista, una especie de Bacon familiar, pero con los minutos todo se va volviendo metafórico, y uno tiene la sensación de haber visto un espectro de época.

Daniel Link
“Teatro, lo tuyo es puro teatro”, canta la Lupe con sabiduría infinita. La vida, dice, es puro teatro. En esa línea se ubica Mi mamá y mi tía, la obrita de Vivi Tellas que, además de indagar en su propia biografía, es todo un ensayo sobre la estética teatral (y sobre el arte en general). ¿Para qué más “teatro” que el de la vida misma? Poniendo en crisis la teatralidad, nos obliga a cuestionarnos la “verdad” de lo que escuchamos.

Edgardo Cozarinsky
Tres filósofos con bigote es una experiencia indescriptible. El carácter único del espectáculo reside en el hecho de que no podrían interpretarlo otros filósofos: lo que lo alimenta y justifica es la presencia viva de cuerpos y voces que Vivi ha –literalmente– puesto en escena con su existencia propia. En todo lo que ella hace hay algo que sólo puedo llamar “la venganza de la verdad”.

Carlos Altamirano
Mi mamá y mi tía me encantó, sobre todo por el pasaje insensible que se da entre una escena en la que uno queda un poco extrañado por la “familiaridad” de la situación y otra en que uno, de pronto, es tomado por lo que se escenifica. El pasaje es insensible porque, contra cualquier convención, todos los signos externos que indican que vas a asistir a un espectáculo teatral están deliberadamente eliminados, y eso produce una extraña mezcla de inquietud y curiosidad.

Cecilia Roth
Mi mamá y mi tía es como una experiencia antropológica, una catarata emocional catártica que me permitió recuperar cosas de mi propia familia. Mi madre también canta canciones sefaradíes, así que el vínculo fue muy inmediato. Sin ninguna intención manipuladora, Tellas muestra cómo experiencias vividas por no actores se pueden convertir en una experiencia artística. Mi mamá y mi tía moviliza al espectador de una manera muy esencial, muy básica, y ésa para mí es la función del arte.

Roberto Jacoby
Vivi Tellas es capaz de convertir la guía de teléfono en teatro. En Mi mamá y mi tía invierte lo que se suele entender como público y como obra. Acá el público está convertido en obra. Normalmente tu mamá y tu tía están en el living mirando televisión, cocinando o charlando con las amigas. Tellas las saca de ahí y las convierte en obra. Es algo extraño, pero que a la vez todo el mundo podría hacer: buscar esas historias familiares que están en todas partes y convertirlas en una novela. Es un trabajo increíble, muy íntimo.

Federico León
Mi mamá y mi tía plantea una tensión entre ficción y realidad, qué puede ser ficcionalizado y qué no. De Proyecto Museos a Biodrama, Tellas intenta observar el teatro desde un lugar documental, en el que los elementos son inasibles y cuestionan la idea de repetición. En los últimos años hay una línea en las artes plásticas que trabaja con materiales documentales, y me parece interesante que algo de eso llegue también al teatro.

Para ser invitado a una función de Mi mamá y mi tía, llamar al 4832 -7836 (Estudio Costa Rica).
Para reservar entradas para Tres filósofos con
bigotes, escribir a [email protected]
Para Biodrama, Teatro Sarmiento o boleterías del Complejo Teatral de Buenos Aires.

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