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Domingo, 5 de diciembre de 2004

No contaban con mi astucia

Acaba de aparecer una voluminosa biografía sobre Schindler. Y parece que las cosas no son como dice Spielberg.

En 1999 apareció en Stuttgart una valija con papeles pertenecientes a Oskar Schindler. Para entonces, Spielberg ya había asociado ese nombre a cierta lista salvadora, por lo que el mundo se preparó para al fin conocer su original. Podría haber sido un escándalo de proporciones: por primera vez en la historia se comprobaría que Hollywood hizo una película respetando la verdad y nada más que la verdad. El historiador norteamericano y especialista en el Holocausto, David M. Crowe, que por esa época preparaba la primera biografía académica de Schindler, revolvió y revolvió la valija, pero no encontró rastros de la lista en cuestión. Ahora que acaba de aparecer su libro, Hollywood vuelve a respirar: su reputación de cuenteros ha quedado intacta.
“La lista de Schindler nunca existió”, aseguró hace una semana el New York Times en su reseña de Oskar Schindler: La historia no contada de su vida, sus actividades durante la guerra y la historia verdadera detrás de la lista (Westview Press). El libro no es menos abultado que su título: 628 páginas de texto más 130 entre índices y notas al pie. También inflado está el número de listas, que de una pasan a ser nueve, y nunca se dice que la de Schindler no haya existido (es un tanto difícil comprobar que algo no existe, y no son pocos los que han sacado provecho de esta dificultad, Dios entre ellos). En compensación por la falta de una lista (Schindler estaba en la cárcel cuando supuestamente la redactó, y la persona que en la película la recibe ni trabajaba para él), Crowe anota que lo que sí hizo Schindler, además producir dos hijos no bendecidos por el lazo del matrimonio y sufrir una notoria inclinación por las bebidas alcohólicas, fue trabajar como espía de la contrainteligencia alemana a fines de los años ‘30, facilitarles información a los nazis para que invadieran Polonia y Checoslovaquia con mayor comodidad, aceptar en un principio la ayuda de judíos esclavos en sus empresas en Cracovia y Brünnlitz, y sacar rédito económico de sus amistades judías luego de la guerra, cuando entre otras cosas fracasó en el intento de criar nutrias en la Argentina. “Spielberg es un hombre maravilloso y tierno –declaró Crowe–, pero La lista de Schindler (y por extensión la novela del australiano Thomas Keneally en la que se basa la película), es teatro.” Todo lo cual no quita que Schindler haya ayudado activamente en la salvación de más de un millar de condenados a muerte. Aunque no puede precisar el momento de quiebre, Crowe asume que “la guerra y el creciente horror frente a la Shoá obligaron a Schindler a repensar su relación con el régimen nazi y con sus trabajadores judíos”. El libro finaliza con la voz de los así llamados “Schindler-Juden”, quienes poco perturbados por estas revelaciones recuerdan con cariño al hombre que les salvó la vida.
Las reacciones fueron unánimes: no importa qué es lo que haya hecho Schindler; el acto por el que lo recordamos es heroico. En todo caso, lo que Crowe nos enseña, una vez más, es que la vida suele ser un poco más complicada que una película de Hollywood. O tal vez no. En alemán, list significa artimaña, astucia. Un hombre listig es un hombre inteligente, listo. Schindler’s List significa literalmente La astucia de Schindler.

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